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A B C. SÁBADO 5 DE ABRIL DE 1930. EDICIÓN DE ANDALUCÍA. PAG. 4 ¿Y ustedV ¿Por qué se excluye... ¿Me permite usted que le diga con toda lealtad que le sobran a usted méritos para entrar en esa combinación... E l ex ministro sonríe afectuosamente. -M i r e usted... H a y dos hombresque ya no deben pensar en gobernar a su país; uno, yo, porque estoy, enfermo, y otro el marqués de Alhucemas, porque era el bombero de guardia el 13 de septiembre de 1923, cuando se incendió el teatro de la Constitución... N i yo debo salir de mi casa, n i él de su bufete de abogado... De pronto el rostro del ilustre ex ministro se anima con la aproximación de unos niños, a quienes acompaña una bella dama. Son sus nietos. M e despido y me acerco lentamente a mi amigo para seguir disfrutando de la gracia primaveral de un jardín en el que fui dichoso hace veinte años, unas veces porque me sonreía dulcemente una mujer que va no existe y otras porque me regocijaban las paradojas de un amigo que perdí para S Í E M P R E MANUEL BUENO ABC EN FRONTERAS ESLAVAS De una vida E l general Lesnobrodzky logró entrar en Polonia por el Sur, al iniciarse la invasión bolchevique el 1920, y fué aquí, después de la derrota de los rojos, cuando sus bríos de guerrero abrieron paso a una convicción moral. Sólo la religión puede salvar al pueblo, al que le arrebatan sus creencias, y hay que levantarlo, sostenerlo en contacto con él por medio de organizaciones que, de fuera al interior de los campos rusos, lleve a las almas la esperanza y el consuelo de que no se hayan. abandonado a sus indecibles, des ventaras las comunidades agrícolas. Existen situaciones que reclaman de nosotros el sacrificio total: la entrega de nuestra vida a la muerte o en obra redentora. Puede ocurrir que una plegaria de renunciación sea más eficaz al ideal perseguido que el blandir glorioso de las espadas, y colgué la mía en los altares. Por la fe quiere buscar la salvación de su Patria el aristócrata ruso, y cuando al lado del patriarca Jorge era capellán del cismático griego, un fanático- -ni revolucionario ni rojo- -asesinó en Varsovia al patriarca Jorge. Testimoniaba ese delito las disidencias y la crisis hondísima de la Iglesia griega cismática. Debió ser atroz el choque moral del neófito- Otra vez, y en las gradas de las basílicas, sangre y crímenes. L a Iglesia que los Zares convirtieron en instrumento gubernamental, con perjuicio de la doctrina y de la ética religiosas, se descomponía con la persecución, y su antoquefalia en Polonia convertía a los fieles en asesinos... N o se explaya el ex general en su quebrantamiento de tales días. Hombre de sacrificio y de acción, para él los dolores son estímulo de perfección. Y entonces acentúase en su alma el recuerdo de su madre católica. E r a católica mi madre: pero la severidad familiar y la obediencia a las leyes no permitían más culto que el nacional en la sociedad rusa. M i madre, sumisa y dulce, con una mirada que iluminaba el corazón, arregló en escondido cuarto de nuestro palacio un diminuto oratorio, pero nunca nos llevó a é Debia sufrir mi madre; no se quejó nunca, y su apacible sonrisa, su voz y sus ojos eran encanto de mi niñez. A l salir para estudiar yo sentía cerca- -tan vivó era mi recuerdo- -a mi amada madre ausente. L a perdí pronto al ser oficial, pero ni en las locuras de la juventud ni en las peripecias de la campaña se amenguó mi impresión extraña de la presencia de mi madre en momentos críticos. E r a la exaltación de los combates- -creía yo- -y la fiebre de mis heridas lo que avivaba el recuerdo de mi infancia al lado de mi madre. U n día- -el más inolvidable- -en cuadro las tropas mías y las del general Korniloff, nos hicieron prisioneros los rojos. Encerrados en alquería de campos ucranianos, íbamos a ser muertos horas después. A l entrar en la baja habitación donde nos encerraron, hallamos otro condenado: un viejo sacerdote en oración. E r a tal mi depresión de ánimo y mi fatiga física, que deseé la muerte para descansar. E l fin de todo pensé; pero me volví al cura, pidiéndole que me confesara. M i primera confesión desde la niñez. N o pertenecía a mi religión el sacerdote, pero era cristiano. Me confesé, siguieron mi ejemplo mis compañeros y, cuando me recogí a rezar, entraron dos hombres vociferando, yendo hacia el cura: ¿Qué hablabas con esos? -L o s confesaba- -contestó, humilde, el anciano. ¡Mentira! Conspiráis... Pues confiésate a ti, confiésate... PERFUMERÍA