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VISTA D E L PUERTO D E SANTA ISABEL. CON EL i S L A D E P A N A Y (RECIENTEMENTE PERDIDO) FGNDEADO E N E L LA CUESTA D E LA MARINA Y A L FINAL, LA PLAZA D E ESPAÑA. LA EXUBERANTE V F GETACION, QUE LLEGA H A S TA LA MISMA ORILLA DES. MAR. DA UNA LIGERA IDEA D E LA BELLÍSIMA CAPITAL D E FERNANDO POO E L viajero que embarca para las colonias españolas del golfo de Guinea no ha podido, generalmente, substraerse a l prejuicio que e n España existe sobre los gravísimos peligros que encierra el c l i ma de los trópicos; pero estos prejuicios, que muchas veces son tan grandes que se sobreponen a l a cultura del futuro tropical se desvanecen como por encanto cuando, dando vista a Fernando Peo, se presenta ante nosotros el maravilloso cuadro dé luz y colorido que nos ofrece aquella isla casi mitológica, llamada por quienes bien la conocían L a Perla del G o l f o de B i a f r a H a anclado el barco, estamos a pocos metros del muelle, y por todas partes nos r o dean ligeras y blancas lanchas, desde las que se agitan cientos de pañuelos, que, trémulos de afegria, saludan a los qué traen los aires de España. Y mientras se llenan las formalidades reglamentarias para el desembarco, allá en los altos la música de l a G u a r d i a colonial toca alegres pasodobles, que se mez: clan c o n las sirenas de los barcos y con las bocinas y los claxons de los autos que, veloces, bajan a l puerto por la cuesta de Ja M a rina. T o d o Santa Isabel está en el puerto, como si todos quisieran disputarse e l honor de enseñar a l novel tropical una de las poblaciones más bellas de la costa occidental africana, y que por su situación y urbanismo constituye el orgullo de todos los españoles que en ella viven. Hermosos edificios, calles admirablemente pavimentadas y todo él confort que pueda apetecer el habitante más exigente del viejo mundo se encuentra en la bonita Santa Isabel; en tal grado, que, pisando sus calles, nos olvidamos que estamos en el África virgen y misteriosa... Hemos bajado por l a cuesta de la M a r i na, y henos otra vez a bordo de u n pequeño barco de m i l toneladas, que e n poco más de quince horas n o s llevará a otra colonia española, de d o m i n a ción más reciente, pero inás; africana, más salvaje y más hermosa. Y a no a t r a c a e l barco cérea del muel l e -u n a vez enfiladas las dos ceibas que s i r v e n de- referencia, a n clamos a prudente d i s tancia de la costa por temor a los m u c h o s bajos que ésta tiene; Jas lanchas se b o t a n al agua, y a los pocos minutos h a n tocado fondo, encontrándonós, sin darnos cuenta, sobre los h o m bros de un moreno pan úe o bujeba, que con todo cuidado nos deja en tierra. E s t a mos en Bata, l a capital de la Guinea española, pequeña colonia de 2.500.000 h e c t á reas, que si España 110 hubiese vivido s i e m pre de e s p a l d a s a l Continente africano y hubiera sabido s a c a r partido de su H i s t o r i a y del esfuerzo de sus hijos, hoy tendría cerca de 90 millones de hectáreas, q u e c o m prenderían el Came rara, parte del Gabón francés y parte d é l a N i g e r i a inglesa. S i n e l confort de Santa Isabel, es B a t a PUENTE COLGANTE D E 6 o u n a población a f r i c a- E N ASOK (FRONTERA E na que nos hace r e v i UNA BELLA Y ATREVÍ UN ALTO PARA COMER E N UNA PLAYA DE LA PARTE ALTA D E L MISTERIOSO BENITO I I I I I I H I I I I I I I 1 I I I I l i l i l í lililí i n i n m i l l l l mi i n i n i
 // Cambio Nodo4-Sevilla