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Nidos de antaño. E V O C A C I O N E S DE TRUJILLO pasado jaraicejo y cruzado el Almotite, se avanza camino de H e r i da y Sevilla, aparecen a lo lejos las murallas de la fortaleza ruinosa que corona la colina, a cuyo amparo se alza e! caserío de T r u j i l l o M á s de una vez he pasado en automóvil por la ciudad, ilustre entre las de Extremadura. Sorprende a l viajero que, no obstante hallarse apartada de toda línea férrea, dé una impresión de animación y de vida populosa. A diferencia de otras villas de España, en las que el pasado agobia y ahoga ai presente, dando a los habitantes ese carácter, u n poco funerario, de guardadores de cementerio o de museo, en T r u j i l l o la vida actual vale por si misma. H a y una deliciosa plaza que, al atardecer de los días primaverales; está llena de gente. Abundan las muchachas bonitas hasta entre las de esa clase popular procedente de la campiña comarcana, en la que el capitán Gonzalo P i zarro encontró el amor de que había de nacer u n héroe de epopeya. E n el cielo de oro trazan suntuosos triángulos las cigüeñas y ios vencejos dibujan arabescos efímeros en torno a las viejas torres. Y se requiere poca conciencia histórica para no sentirse emocionado en aquel rincón de España, cuyos cuatro punios cardinales señalan rutas donde el alma nacional parece como que alzó sus santuarios: a Poniente, Alcántara, camifio de P o r t u g a l Guadalupe, a L e v a n t e Yuste Y Mérida. a Norte y Sur, con aureolas de distintos prestigios imperiales. E n torno a este paisaje se diría desenvuelta l a parte más saliente de la H i s t o r i a de España. P o r allí anduvieron las legiones de César, las tribus góticas de que se jactan de descender los viejos linajes dt la ciudad, las mesnadas UANDO EL R O L I U SÍMBOLO D E L A J U S T I C I A REAL C que combatían por Fernando el Santo y, más tarde, las huestes de aquellos precursores de los caciques actuales que se llamaban el mar qués de V i l l e n a D A l v a r o de Zúñiga, don Gome de Cáceres y otros gerifaltes de parecida envergadura. Doña Isabel la Católica comenzó allí su labor unificadora. P o r primera vez, en efecto, fué en T r u j i l l o don ella y su esposo idearon titularse Reyes de España. E n T r u j i l l o no sé por qué, me parece hallar un vago parecido con una antigua ciu dad italiana, l a Veroña de Romeo y Julieta. 1- a semejanza, no arquitectónica, nace del recuerdo de las contiendas entre linajes r i vales: allá. Mónteseos y Capuletos: aquí, Altamiranos, Añascos y Bejaranos, que tienen en el docto D O o d o a l d o N a r a n j o su historiador benemérito. E x t i n g u i d o o amortiguado el rencor- -que ahora, si acaso, revive con formas distintas en las luchas electorales- han quedado los vestigios de la ostentación con que cada estirpe trató de humillar a l a adversaria. Capillas eclesiásticas, palacios con monumentales balconajes y escudos murales gigantescos, o con aire de fortalezas, por cuyas salas anduvieron reyes, príncipes, secretarios de despacho, arzobispos capaces de trocar la mitra y ía dalmática de las procesiones por el yelmo y la coraza de guerra, capitanes que hablarde i r- -c o m o García de Paredes- -a Ñapóles y al Milanesado en pos de Gonzalo de CÓT doha, teólogos, poetas, todo el pintoresco séquito de aquella Corte de una España grande cuando Dios quería. P ero, como er ¡Verona, la vida no se apagó y el pasado parece incorporado, desleído en el presente. Las viejas piedras lo que hacen es dar más PASARÍA B A J O L A A L M E N A D A PUERTA D E SAN ANDRÉS, D E S D E LA Q U E SE AVIZORA LA ROJIZA GLEBA
 // Cambio Nodo4-Sevilla