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H E R R E R A BARQUILLO, 18, MADRID 474 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL P A S T E L E R O D E MADRIGAL? 1 473 ¿Quién os ha dicho que ese hombre sea el Rey don Sebastián? -dijo desesperado el alcalde. -Os lo dice vuestra conciencia- -exclamó AbenShariar. ¡No, mi conciencia, no! -dijo Santillana- H a confesado en el tormento que. era un hombre bajo, 7 que, fingiéndose el Rey don Sebastián, había i n tentado quitar su corona de Portugal al Rey don Felipe; su declaración ha estado conteste con la de fray Miguel de los Santos. -Porque les habéis preguntado una misma cosa tú y ese clérigo Llanos de V a l d é s pero aunque leyes bárbaras determinen que se tenga por prueba lo dicho por un hombre en el tormento, ¿qué fuerza puede tener para la conciencia del juez una confesión arrancada por insoportables dolores? N o si para ti, como juez, es una prueba la declaración arrancada por. el tormento al Rey don Sebastián, como hombre, tu conciencia no la admite; como hombre, tiemblas y te horrorizas de ti mismo, y en tu trente aparece ya la arruga que señala a los reprobos, esa arruga que no se borra jamás, que responde a una señal negra en el alma, que llevarás ante Dios cuando Dios te llame a juicio. ¡A h! ¡P o r piedad -exclamó Santillana, extendiendo los brazos y dejándose caer sobre el sillón. -Mira- -le dijo Aben- Shariar, acercándose a él y apartando de su semblante las manos, con que se lo había cubierto- mira mi frente, mírala; en ella no está marcada la horrenda señal que e: oy viendo sobre la tuya. Don Rodrigo miraba con una expresión de insensatez a Aben- Shariar. María lloraba. -M i r a mira mi frente; en ella resplandece la tranquilidad de la conciencia; yo también he sido juez; aún soy juez, porque te estoy juzgando a t i yo, uno de los diez del Supremo Consejo de Venecia, he. arrojado al verdugo muchas cabezas ilustres; pero. no le he arrojado ninguna cabeza inocente. E n la noche del mismo día en que ha muerto un traidor que he sentenciado yo, he dormido tranquilo, porque no podía aparecer en mi sueño un espectro sangriento que me llamase asesino. ¡Monseñor! ¡Monseñor! -exclamó, ya con acento de demencia, don Rodrigo- Y o he tenido la des- gracia de no ver claro; yo he dudado; yo íu adiado; dudo a ú n parecíame, cuando interroga. 1. a Gabriel de Espinosa, que el Rey don Sebastián me respondía desde la eternidad; otras veces, que el infierno había arrojado delante de mí a un impostor maldito, a quien nunca podía coger en un descuido, que me aturdía, que me embrollaba, que me volvÍR loco. Y el Rey, en una y otra carta, me decía: Apresurad, acabad cuanto antes ese proceso, que está siendo el escándalo de Europa; sentenciad, que ya hay prueba bastante para que arrojéis al verdugo a ese impostor. Y yo temblaba, vacilaba, dudaba. -Pero no habéis vacilado para firmar una sentencia de muerte que vuestra conciencia resistía. ¡E l R e y! ¡E l R e y! ¡Ella! -exclamó D R o drigo, extendiendo las manos, como rechazando la responsabilidad de la sentencia- Este no ha sido un proceso común, ha sido un proceso de Estado, que versaba sobre la posesión de una corona; si yo hubiera declarado en mi sentencia lo que mi conciencia me ha dicho, me hubieran tenido. por traidor; y yo no he temido a la muerte, he temido a la i n famia; no he tenido valor para envilecer mi nombre; porque lo mismo, monseñor, lo mismo que no aparece clara la prueba de que Gabriel de Espinosa sea un impostor, de la misma manera no aparece la prueba clara de que Gabriel de Espinosa es el Rey don Sebastián; porque todo el mundo no ha hablado con é l porque todo el mundo no ha estado durante ocho meses, como yo, pasando horas y horas a su lado luchando con él, esforzándome por ver la verdad, sin conseguirlo nunca, asombrándome, aterrándome m á s cada d í a porque si Gabriel de Espinosa no es el Rey don Sebastián, tiene a Satanás en e l cuerpo para volverme loco. r ¿E s decir, que vos creéis que Gabriel de E s p i nosa es el Rey don Sebastián? -Y o no sé lo que creo; lo que siento es que estoy üoco, y que este proceso me va a quitar la vida. -Sed valiente- -dijo Aben- Shariar- romped esa sentencia que habéis firmado, y declarad al mundo vuestra incompetencia y vuestra perplejidad en un asunto tan grave; que una declaración así, de un juez como vos, se escuchará con profunda atención; por todo el mundo, y el Rey se verá obligado a obraif
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