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ABC. J U E V E S 10 D E A B R I L D E 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 6 general del Zarato Lesnobrodzky, hoy p á rroco en la diócesis Wilense, quien confia que el infortunio de su Patria lia de terminar con la fusión de ia iglesia cismáticogriega a la católica. SOFÍA CAS ANO. VA -No puedo, señor general... Vaya al cementerio y vea... M i s oficiales, muy disciplinados, no podían permitirse tal conducta. Los tiempos eran muy malos y pensé que el influjo bolchevique quizá desmoralizaba al alférez, que seria castigado severamente. Con dos ayudaníes me dirigí al cementerio. Era muy de mar a ñ a y la lluvia nocturna había purificado el aire con olor de acacias y sin polvo. Una zanja, como foso de fortaleza, recortaba el cementerio. L a pasamos v comprendí la emoción de Lielayeíí. Clavadas en tierra y tiradas entre e las hallábanse toscas cruces, y en cada una colgaba un crucificado. Distendidos los miembros, secas en las heridas la sangre, en manchas negras. E r a un Gólgota inmenso, de ciento cuarenta y siete crucificados, y en el centro de ellos vimos os popes, con sus vestiduras desgarradas, junto a un joven sacerdote católico Omito la descripción v los comentarios del general ante aquel bosque de crucifixiones en e! cementerio de la villa Aleszek, en niopr. Esta afirmación basta DeFdc el K) i4 no dejé mi caballo... GaJitzya, los K á r p a t o s y luego las estepas de Nueva Rusia Crimea Cáucaso) con los horrores de la guerra, miles de heridos y muertos, ataques nocturnos y crueldades, todo ello era nada comparado a lo que v i y sentí vn el cementerio de los ciento cuarenta y siete crucificados. Y o no creo que Lenin, Trotski, Zinov. ief y los demás jefes comunistas integren su programa con suplicios de ese género, pero las masas sin Dios y sanguinarias, cnm, o lo son todas las revolucionarias, los realizan impunemente. Así lo demuestra, en sus conferencias y en sus folletos, el ruso Inowroclaw, marzo, 1930. LA VIDA EN NUEVA YORK Organización mesocrática E l New York Times publica en primera plana, y con grandes titulares, que traducen su perplejidad, una pintoresca noticia de Londres. Según parece, las mecanógrafas yanquis que acompañan a los delegados de Washington en la Conferencia naval han despertado en la City una expectación que supera al interés por las negociaciones mismas. Los ingleses han quedado muy sorprendidos, no ya sc- lo por la belleza y desenvoltura de ¡as sino, particularmente, por el lujo con que arropan esa belleza y el descaro con que extreman su desenvoltura. Todas tienen, por la menos, un abrigo de ricas pieles, un sombrero original y costoso, unos zapatos o snoiv- boots- -calzado invernal de las yanquis- -elegantísimos, en forma de polainas rusas, trajes de buena seda, actitudes cinematográficas y extravagantes... Todas parecen millonarias o artistas de H o llywood. ¿Cómo pueden vivir de ese modo las sencillas mecanógrafas- de Washington o de Nueva Y o r k se preguntan los i n gleses. Y resulta, en efecto, chocante, para un extranjero en Nueva Y o r k como para un i n- formador londinense de la Conferencia nava! ese lujo característico de las chicas del comercio y de las oficinas de Manhattan. Porque es un lujo auténtico, sin engaño ni afeites. U n lujo, al parecer, necesario, supuesto que no se emplea al servicio de la coquetería. (E n ninguna parte coquetea la mujer menos que en Nueva York. Muchas de ellas dejan a las cinco de la tarde, el mandil ele fregar platos o de servir comidas en un restaurante o cafetería, y se colocan sus pieles para ir. dos horas- a un cine, a un paríy o a un dancing, recorriendo con paso acelerado un trozo de Broadway, o aplastándose entre la inmensa y arrolladora muchedumbre que se introduce, en mesnada, a codazos, por los vagones del subway. L a razón de ese lujo que, tanto admira hoy a los periodistas de Londres se oculta en la organización mesocrática de la vida de Nueva York. Todo está aquí concebido y prevenido para recreo y comodidad de una mesocracia laboriosa, que vive del crédito, alargándolo cuanto, es posible. L a colocación en un comercio u oficina, por modesta que sea, constituye garantía suficiente para adquirir, automáticamente, a plazos, todos esos artículos de lujo que en Europa se ofrecen, tentadores, a la codicia impotente del paseante, y que en ¡Nueva York se hallan al alcance de cualquier mano trabajadora. Incluyendo el automómil, claro está. En Nueva Y o r k í s e es primero propietario, y luego, si a mano viene, capitalista. No existe el ahorro ni la vida de hogar. Se gasta cuanto se gana, y aun lo que no se gana ni se puede ganar. A la puerta de un cinematógrafo he visto un letrero anunciando sesiones, de nueve y media a doce de la mañana, para los s i n trabajo E n Nueva Y o r k no se concibe al hombre sin el dinero indispensable para satisfacer necesidades tan ser i b a r e c i b í ra hoy mismo y en s e g u i d a e l n u e v o l i b r o de r e c e t a s una muestra j Q O R P R E N D A hoy a tos su 1 y sirviéndoles uno de los platos que trae el nuevo libro de recetas Quaker! ¡Qué deliciosas sopas, fritos, moldes de verduras, pescados o carnes; qué ricos postres puede usted encontrar en él! El grato sabor y la fuerza nutritiva de cualquiera de ellcs aumenta añadiéndole Quaker. Ahora no estará obligada a preparar e! Quaker sólo para desayuno. El libro de recetas le da la explicación de cómo añadirlo a los platos más conocidos de la cocina española. Cada día puede ofrecerlo a los suyos en forma distinta, OS en tiendas de comestibles y rasa tequerías. 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