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A C 47 S FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO D E MADRIGAL 479 Yi hay que tener en cuenta que este alcalde era don Rodrigo de Santillana, cuya nombradla como hombre duro y terrible ha llegado hasta nosotros, sin que, tratándose de jueces, pueda comparársele, dentro del siglo x v i y de la Cnancillería de V a l l a dolid, sino con aquel otro tremendísimo alcalde R o n uillo, de quien hay tradición que se le llevó e l iablo de su sepultura, a pesar de que, según la costumbre de aquellos tiempos, estaba enterrado en la iglesia. Ronquillo y Santillana son dos alcaldes cuya memoria puede decirse que aún mete miedo. Don Rodrigo vacilaba, pues, porque de continuo hacía para sí el razonamiento siguiente; -S i este hombre no tiene al diablo en el cuerpo, no es menos que Rey, y gran Rey, con todas las señales en cuerpo y en alma de ser el Rey don Sebastián; y si no es Rey, es que está poseído del diablo, y el diablo le ayudaba para decir y hacer como si fuera el Rey don Sebastián; ahora bien, si es el Rey don Sebastián, con lo mucho y largamente que acerca de él, y de l o que secretamente ha hablado conmigo, una y otra y cien veces he escrito yo largamente al R e y don Felipe, el R e y don Felipe debía irse más a la mano en este asunto; porque si es el Rey don Sebastián, y después de ahorcado se descubre de una manera indudable que lo era, gran mancha caerá sobre el Rey don F e lipe, porque dirán, y con razón, que le ahorcó por no restituirle su reino, y gran mancha caerá sobre mí, porque sentencié sin prueba bastante; porque ese hombre ha deshecho siempre con sus misteriosas preñeces todas sus confesiones, aun l a que hizo en el tormento; ignominia caerá sobre l a cabeza del Rey y vergüenza sobre la mía, porque no bastará para disculparme el que obedecí al Rey como v a sallo, porque un juez, cuando sentencia, no es vasallo de nadie más que de Dios y de la justicia; si ese hombre es el Rey don Sebastián, remordimientos tendremos el Rev v y o el Rey, porque me mandó fulminar l a sentencia, y yo porque la fulminé; y si ese hombre no es el Rey, si es que el diablo está apoderado de él y le hace decir y hacer cosas espantosas, ¿quién asegura que el diablo no haga con e 1 Rey y conmigo una de las suyas, como hizo con el alcalde Ronquillo el diablo que estaba metido en el cuerpo del obispo Antonio de Acuña? (1) Esto traía al alcalde sin sueño, sin apetito, con continuo dolor de estómago, con continuo dolor de cabeza, y podía decirse que el juez se encontraba en un estado infinitamente más lamentable que el reo. Y no era esto sólo. María atormentaba de una manera horrible a Santillana, sin quererlo; porque l a pobre joven suplicaba a su padre, pero no le reconvenía; lloraba, pero no se irritaba; empalidecía, enflaquecía, enfermaba de momento en momento, y Santillana veía en María la mano de l a P r o videncia. S u seducción sobre Gabriela Prósperi, seducción indigna, porque cuando Santillana la ejerció era casado, había producido terribles consecuencias. Pietro Prósperi había muerto de vergüenza por l a deshonra de su hija. María, robada del regazo materno, había dado en tales manos, que la pobre niña había llegado a ser una de esas despreciables m u jeres que constituyen la gran parte del lodo infecto del mundo; y, ¡cosa terrible! María, enamorándose, de Gabriel de Espinosa, acusándole celosa e irritada de robo, yendo a llevar aquella acusación ante Santillana, produciendo de esta manera el descubrimiento de una conspiración de Estado, Santillana no podía menos de reconocer en María un instrumento de l a Providencia, que le castigaba, valiéndose para ello de su propia hija, dándosela a conocer por el tremendo parecido con su madre. Santillana, pues, tenía atormentada la conciencia como hombre, como juez y como padre. La expiación de su falta o, mejor dicho, de su crimen sobre (1) E l obispo Acuña e r a uno de los comuneros más terribles que más hizo en aquella desastrosa revolución que se llamS g u e r r a de l a s Comunidades, en los primeros afios del reinado de Carlos V y que costó l a cabeza a J u a n P a d i l l a J u a n B r a v o Pedro Maldonado y tantos otros: el alcalde Ronquillo, que por u n a singular c o i n cidencia sa l l a m a b a Rodrigo, como Santijlana, fué el que instruyó el proceso del obispo Antonio Acuña y le. sentenció. Aún se enseña, en el viejo castillo de S i m a n cas, l a almena donde Acuña fué engarrotado, y en l a Iglesia de San Pablo, de Valla doüd. un agujero por donde dicen se lievñ el diablo, de su sepultura, el cuerpo del alcalde RonauUlo,
 // Cambio Nodo4-Sevilla