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Santillana extendió el recibo, le firmó y le entregó al alférez. -Que Dios dé a vuestra señoría muy buenas no ¡ches- -dijo el alférez, y salió. -i Que Dios me de muy buenas noches! -dijo fcon ronca voz el alcalde- Ese hombre no puede ni aun adivinar lo que ha traído en ese pliego. ¡D i o s ¡perdone al Rey! ¡Dios me perdone a m í! Y después de un momento de silencio, en que tpasó un. infierno, por la cabeza y por el corazón del alcalde, éste agitó fuertemente la campanilla que ¡estaba sobre su mesa, a cuyo sonido se presentó el ¡alguacil Tribaldos. -Id al aposento del señor Pedralva, despertadle y que venga al instante- -dijo don Rodrigo. Tribaldos fué a cumplir el mandato, y don Ro ¡irigo se quedó paseándose a lo largo del aposento, Heü mismo modo que una fiera se pasea a lo largo tíe su jaula. Y para que don R o d r i g ó l e pareciese más y más a una fiera enjaulada, continuo y sordo salía de su pecho un hondo rugido. En la mano tferecha, crispada y trémula, tenía la sentencia de muerte en horca de Gabriel de Espinosa. Veamos al texto de aquella sentencia: En el negocio y causa criminal que ante nos ha pendido y pende por comisión del Rey nuestro señor, entre partes, de la una Lucas Pacheco, promotor fiscal, actor acusante, y de la otra Gabriel tíe Espinosa, reo acusado en los autos y méritos tíe este proceso, y lo demás que en esta parte ver convenía: Fallamos que el dicho Lucas Pachec promotor fiscal susodicho, probó su acusación con- tra el dicho Gabriel de Espinosa como probarla convenía acerca de. los delitos de que fuá acúsale, damos por bien probada y pronunciárnosla por tal, de que habiendo sido convencido el dicho Gabriel de Espinosa de traición al Rey nuestro señor, porque siendo hombre vil y bajo quiso alzarse a la dignidad de persona real, con usurpación de los legítimos derechos del Rey nuestro señor, fingiendo ser el Rey don Sebastián de Portugal, que santa gloria haya, concitando personas en estos reinos de Castilla y en los de Portugal, para que por tal Rey don Sebastián le tuviesen y aclamasen, y de sacrilegio por la seducción de la señora doña Ana de Austria, monja profesa en el monasterio de Nuestra Señora de Gracia la Real de Madrigal, con la cual se dice de pública fama, aunque no está probado, se había casado secretamente, probándose, así, por las declaraciones de la dicha señora doña Ana de Austria, que ésta, por sus engaños, le había creído su primo el Rey don Sebastián de Portugal, difunto, ayudándole con dinero y dé otros varios modos en su traición, persuadiendo a la dicha religiosa de que él era el Rey don Sebastián, que había andado peregrinando por el mundo, cumpliendo cierto voto; que había de casarse con la dicha monja, fingiendo para ello muchas mentiras, hasta tanto que la dicha monja y otras que lo sabían lo creyeron, haciendo asimismo prevenciones con personas que venían de Portugal, para que si la dicha monja les preguntase si el Rey don Sebastián era vivo dijesen que sí; y siguiendo en su maraña, siendo nombre vil y bajo, echado a la puerta de una iglesia en Toledo, se fingió, como se ha dicho, el Rey don Sebastián, haciéndose tratar y servir y respetar como a tal, y haciendo que la dicha monja le escribiese cartas, estando ausente, como ¡si fuera verdaderamente su Rey, y diciendo y manifestando secretos del señor Rey don Sebastián, que le había revelado su partidario fray Miguel Üe los Santos, religioso de San Agustín en ¡Portugal, que fué confesor, primero del Rey don Sebastián, y después de don Antonio, de cuyos secretos se valió para engañar a la dicha monja, por Ser persona de importancia, que le servía para su intento de ser tenido por Rey de Portugal, bacien-