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Para niños, ana golosina. y rae 4 SS- F E R A D E Z ¡Y GOMZALE. 2. E L PASTELERO DE MADRIGAL 1 r 4 s ¡Te encerraré! -Me tiraré por la ventana de mi aposento. -Eso no puede ser; Gabriel de Espinosa tiene guardias de vista. -Sí, sí- -dijo María- ya sé que le tenéis rodeado de arcabuceros y de alguaciles para que no pueda escapar; ya sé que los cuadrilleros de la Santa Hermandad andan sin cesar de día y de noche por los caminos alrededor de Madrigal, espesos como los dedos de las manos, y que no dejan pasar a nadie sin reconocerle, para que si, por un milagro, escapa de la cárcel, no pueda escaparse isfin ser cogido a poca distancia de la villa. Lo sé todo esto; pero como yo no trato de hacer que se escape Gabriel de Espinosa, sino de pedirle un perdon que necesitamos vos y yo, y sin el cual no podernos vivir tranquilos, es necesario que yo vaya a verle, e iré, o no me tendréis más por hija, y volveré a ser lo que era, y perderéis mi alma. ¿Lo quieres... ¿Estás tan loca que todas mis razones no pueden persuadirte? -Si. ¡Me juras por la salvación de tu alma que no tienes otro móvíl al ir a ver a Gabriel de Espinosa que él de que te perdone? -Sí, lo juro; yo no haré más que lo que sea necesario para que me perdone Gabriel. -Pues bien; ve con tu dueña y con una ordea que voy a escribir. -No; iré sola, y encubierta con un antifaz. Sola! -Sí, sola; no quiero que nadie sepa que la hija 3 el alcalde don Rodrigo de Santillana ha ido a ver en su prisión a Gabriel de Espinosa. Escribid, escribid que se deje penetrar en la prisión de Gabriel de Espinosa a una mujer encubierta, y que los c a r dias de vista se retiren a ira lugar desde el cual puedan ver. pero no oír. Don Rodrigo escribió, y cuando hubo escrito entregó el papel a María. -Consiento en esto- -dijo severamente- -porque temo, si me opongo, que me obligues a hacer algo terrible; tú estás loca, y es fuerza temerlo todo de ti. -Cuando ese hombre haya muerto- -dijo tristemente María- habré dejado de afligiros, que esta nuestra sentencia sea llevada a pura y debida ejecución con efecto, por cuanto así conviene al servicio de Dios Nuestro Señor y de Su Majestad y aumento de la justicia. Por esta nuestra sentencia definitiva, juzgando así, lo pronuntiamos y mandamos. El licenciado don Rodrigo de SantUlana. Hemos insertado íntegra este sentencia, para que Ise vea lo que eran las leyes de aquellos tiempos, que no se satisfacían con que un hombre fuese muerto, ni aunque se le descuartizase y se pusiese su cabeza en un camino, sino que llegaban hasta ña confiscación, pena absurda, porque alcanzaba a Sos inocentes; esto es, a los hijos, a los herederos del sentenciado. Estas leyes han llegado hasta nosotros, porque hasta nosotros han llegado los Reyes absolutos, y ¡sólo un sombrío fanatismo podía mantener en ejercicio tales leyes. Tenemos, aún la pena de muerte; ¡pero confiamos en que pronto esta pena será aboílida, porque los pueblos y. los Gobiernos se convenicerán de que la conveniencia, única razón que la ¡sostiene, no es razón: porque no se puede llamar Tazón a lo que es ilusorio. La pena ele muerte es un resabio de los tiempos bárbaros. Como que se 3 a llama vindicta pública. Hoy a la venganza no se puede sostener como derecho ni ante la religión ni ante la civilización. Y hoy, todo lo que no puede vivir con la vida del derecho está herido de muer! te, y no tardará en morir. Antes de que apareciese Pedralva, apareció en la jpuerta del aposento del alcalde una forma negra. Era María de Santillana, que estaba completamente vestida de luto. Traía sobre el vestido un manto, como preparada para salir a la calle. Adelantó lentamente hacia don Rodrigo, sin oue don Rodrigo reparase en ella. Fué necesario que María le hablase. -Acaba de llegar- -dijo- -un jinete: yo sentí la barrera de su caballo, y, como no duermo, me asomé a la ventana; he oído decir a ese jinete que Venía de orden del Rey a traeros un pliego; yo sé Do que ese pliego. es: es la sentencia de muerte dé Gabriel de Espinosa, aprobada por el Rey. -Sí- -dijo Santillana, que no había dejado. te aa fsearse, con voz ronca y, lúgubre,
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