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antiguos fariseos que la ciudad recuerda como grandes propietarios de casas, indianos antes, magistrados, políticos, señores titulados de después de la Revolución. E n este collado fueron construyendo, cerca de la ciudad, estas casas o palacios de campo con persianas verdes, donde se celebraron tantas bodas y desposorios, tantos convites y saraos, tantas noches de iluminaciones y de fuegos artificiales en los antiguos veraneos. Desde la verja se veían los salones iluminados de arañas de cristal, los balcones abiertos al aire caluroso, las parejas en las vueltas del baile, los violines, la sonrisa de las mujeres ¿escotadas en leves crinolinas, los fracs azules de 1 a época de Luis Felipe. Todas las tardes, seis o siete de estos fariseos daban su acostumbrado paseó por estos caminos entre tapias y subían a la pequeña altura desde donde se divisa a lo lejos el mar. Se les veía subir esa cuesta con sus bastones, sus sombreros de copa, sus altos cue- llos, sus autorizantes levitas. Se preocupaban, sobre todo, de los tributos y se fingían escrupulosamente religiosos y guardadores de la ley. E n estos caminos entre tapias debieron encontrar un día a Jesús y le mostraron un. escudo de plata. MIÉRCOLES SANTO Se ha levantado seco y polvoriento el huracanado viento del Sur. Viehe de un confín de celajes de cálido y enrojecido plomo, que amenazan al ya rescaldado azul del cielo. Es todo lo contrario de aquella fresca brisa de triunfo que soplaba el domingo y alegraba los corazones como vivos ramos de la primavera. Este viento del Sur nos abate y hace arenosa, árida y resquebrajada nuestra alma. En vano quisiéramos buscar al Señor victorioso del pasado domingo. L a sangté nos golpea las sienes, la acidez avinagra nuestros paladares, el polvo nos ensucia los ojos y envilece nuestros zapatos. Si salimos a las afueras, el Señor está en la ciudad. Si volvemos a la ciudad, nos dicen que le vieron salir por la puerta de la muralla. No sabemos qué podemos hacer, qué debemos hacer en esta hora. Si el aire continúa tan sofocante, tendrá que descargar la tormenta. Todo el cielo se ha vuelto como de tibia sangre. E n torno nuestro ninguna cosa nos parece buena ni digna de amor. Todos los pecados han salido a los rostros de las gentes. E l vicio de todas las construcciones se revela con toda su amenaza de cataclismo. En ninguna cosa podemos poner la confianza, y todo nos habla de su caducidad desoladamente. Alguna gran traición se ha cometido. L a raza secular de los fariseos no morirá jamás. Sé. ha renovado, difundido y enmascarado como nunca. Judas Iscariote espera en la taberna de los arrabales á los plenipotenciarios que le traen los treinta dineros. Del cielo penden sobre nuestras cabezas terribles amenazas. L a iglesia está en sombra. Martillos de madera clavan tablones y paños de luto. Parecen los ruidos de la construcción de un patíbulo. Del órgano ha salido un largo lamento profundo que nadie ha provocado. Nos sentimos sordos, ciegos, murados y tapiados en la sombra. Todo conspira contra el Hijo del Hombre. Todo conspira contra nuestra alma. No sabemos si la desolación ha durado un instante o largas horas. Pero he aquí ha quedado una noche deliciosa de primavera. Una tibia inundación carnal se apodera de la ciudad, que se muestra gozosa con sus casas iluminadas y todos sus balcones abiertos. He aquí ios amigos, la cena con las cortesanas: hasta las altas horas, la comparsa de músicos y el vino. He aquí, Señor, que nosotros también te hemos traicionado. JUEVES SANTO En el arco, la claridad de la tarde. E n el aire del anochecer, el olor de la tierra, de las. flores, del agua, de los vahos que se levantan al declinar el día. E l crepúsculo se ha alargado hoy de una manera misteriosa. H a traspuesto el sol las montañas, y en el arco ha quedado largo tiempo una gran claridad. Sobre el. horizonte ha crecido un difuso fulgor de ámbar pálido que se desvanece en una verdosa luminosidad de jugo de olivas. A medio cielo queda como una opacidad de muertas turquesas, mientras el cielo alto se vuelve cada vez más azul, más profundo, más cristalino. Algún cendal azafranado flota sobre ese azul cada vez más intenso; tan intenso, que parece ya de llamas de azufre. Se empiezan a encender maravillosamente luceros de fósforo y claveles de pedrería. En el arco un halo de ámbar pálido ha quedado en torno a la cabeza de Jesús, aunque ya se ha hecho noche. Entre la cabeza de Jesús y una estrella se ve la cabeza del Discípulo amado, que viene a reclinarse lentamente, con la lentitud del amor infinito... Pero ahora, en esa ventana del inmenso templo, abierta por olvido, esta v i sión se desvanece. L a noche ha caído con su cerrada obscuridad sobre los altares desnudos y apagados. Sólo de una capilla lateral sale un gran resplandor ardiente y dorado. Es ya. noche. E l templo, de. una geológica grandeza en las tinieblas, se ha llenado de una desordenada multitud que se apiña para sentarse en las basas de las columnas y en las gradas de las escalinatas, y forma acá y allá círculos y grupos que se reposan como los círculos y grupos de una mística peregrinación, como un trasunto verdadero del género humano. Se reposa y espera en la fatiga secular de su esperanza, en el umbral amoroso y trágico dé la redención. DETALLE DE L A PIEDAD D E GREGORIO HERNÁNDEZ. (FOTO CARVAJAL)