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CERCEDILLA (MADRID) M é d i c o d i r e c t o r A de L a r r i n a g a P e n s i ó n c o m p l e t a i n c l u i d a a s i s t e n c i a médica, de 30 a 50 pesetas. O f i c i n a s en M a d r i d A l f o n s o X I I 44. T e l é f o n o 16704. Los comerciantes, industriales que TKjAS, que se celebrará en Basilea 1930, encontrarán allí un inmenso sumo interés para visiten la FERIA SUIZA D E MIJES (Suiza) del 26 de abril al G de mayo surtido de artículos y productos de- el mercado español. Lea usted Blanco y Negro SE A C A B A D E PUBLICAR: La Legación de Suiza en Madrid (Castellana, 8) y los Consulados de Suiza en Barcelona (Pelayo, 14) y Sevilla (Albareda, 33) facilitarán prospectos y amplia información sobre tal Certamen a quien lo solicite. til P A G U A S 6 P E S O AS O libro agüe lia suscitado anual expeciacüén m u n d i a l M A G U I L A R E D I T O R M a r q u é s de U r q u i j o 3 g. A p a r t a d o 8 o r- M a d r i d ¿2 FERNANDEZ Y GONZÁLEZ EL PASTELERO D E MADRIGAL 489 porque desde que estoy preso, cuando ha podido parecerme que he estado solo es cuando he estado con más compañía. -Y o cumplo con decíroslo. -Muchas gracias, señor Lanzuela- -E n t r a d señora, cuando gustéis- -dijo el alcai de volviéndose hacia la habitación obscura que estaba antes de la puerta. Gabriel y María de Santillana estaban, en la apariencia, completamente solos. Pero detrás de la puerta, por la rejilla de hierro que- en ella había, observaban Picatoste y Rascón. María adelantó en silencio, dirigiéndose al fondo de la habitación. -i Adonde vais, señora? -dijo Gabriel de Espinosa. -A ponerme todo lo lejos que pueda de aquella puerta, a fin de evitar, si es posible, que se oiga ni aún el murmullo de nuestras palabras. L a voz de María temblaba, y por ella se comprendía que estaba vivamente conmovida, Gabriel de Espinosa la siguió hasta un ángulo ele la habitación, al extremo opuesto de aquel donde estaba situada la puerta. María estaba de espaldas a ella. Tomó una silla y se sentó, siempre de espaldas a la puerta. -Sentaos de modo- -dijo María- -que mi cuerpo impida que os vean desde la puerta. Gabriel se sentó con extrañeza delante de María. ¿Quién sois, señora? -la preguntó. ¿N o me conocéis? -dijo María. -N o puedo conoceros; tenéis puesto un antifaz y tan echado el manto como si fuerais de aventura. ¡Y qué! ¿N o es ésta una aventura, y una aventura terrible, señor? ¿No conocéis mi voz? -V u e s t r a voz tiembla. ¡A h! ¡Porque os amo, porque os veo perdido ¡y porque quien os ha perdido soy y o! -i Vos! ¡Sí, yo! Y María se arrancó el antifaz. ¡M a r i Galana! -exclamó Gabriel de Espinosa. N o! Más alto, más alto: ¡doña María de Santillana! ¡Santillana! ¡Santillana siempre! Dios ha he- E l alcalde se estremeció, y no se atrevió a pedir a María explicaciones de sus últimas palabras. -Dentro de poco habré vuelto- -dijo María. ¡Pero sola! -L a cárcel está a pocos pasos de esta casa y nada me puede acontecer. Adiós, señor, adiós. Y María salió. ¡Dios mío, Dios mío! -exclamó Santillana- ¡Cuándo tendrás piedad de m í! Y siguió paseándose a lo largo de su aposento. C A P I T U L O X XVI tranquilamente Gabriel de Espinosa, harto ajeno de que estaban ya contadas las horas de su vida, cuando el alcaide de la cárcel de Madrigal entró en la gran sala que le servía de encierro, ¡os guardias cíe vista, que eran dos alguaciles de la ronda del alcalde Portocarrero, dormían tranquilamente, descuidados por el sueño de Gabriel. E l alcaide se acercó silenciosamente al. lecho de Espinosa, le movió y le despertó. ¿Q u é diablos queréis? -dijo de muy mal humor Espinosa- D o n Rodrigo de Santillana se ha propuesto no dejarme ni una hora de descanso. -Ñ o es don Rodrigo quien os busca, sino una dama, que, aunque viene encubierta, parece joven y hermosa. ¡U n a dama! ¿Os han sobornado, amigo L a n zuela? -Guardaríame yo como de ofender a Dios de dar lugar a que don Rodrigo de Santillana me tendiese la vara- -dijo el alcaide- con orden de don Rodrigo viene ese señora, y por eso entra; quesi no, por más que yo os estime y os tenga en aprecio, no entraría. Conque vestios, señor Gabriel, lo más pronto posible, porque esa dama da muestras de ser muy altiva y de tener poca paciencia. Gabriel de Espinosa se echó fuera de la cama y empezó a vestirse apresuradamente. -Cuando estuviereis vestido- -dijo Lanzuela- avisadme, que yo espero cerca. ORMÍA D
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