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INSTITUTO REUS PRECIADOS, 23; PUERTA DEL SOL, 13, y MAYOR, 1. MADRID. Libro: 6 pesetas. Inmediata convocatoria para Policía, y en enero de 1931. Auxiliares de Contabilidad de Hacienda. En Hacienda, se admiten señoritas. Programa oflciaí, nuevas contestaciones y preparación en el antiguo y acreditado INSTITUTO REUS En Policía obtuvimos 143 plazas, entre ellas los números 1, %3, etc. y en Hacienda, seis veces el numero 1, dos veces el numero 2 y 326 plazas. Los retratos y nombres de estos éxitos definía- vos se publican en el prospecto que regalamos. Solicite programas gratuitos al antiguo y acreditado INSTITUTO REUS PRECIA DOS, 23; PUERTA D E L SOL, 13, y MAYOR, í MADRID. Tenemos internado. OBRAS PUBLICAS 6 Instancias hasta el 31 agosto. Exámenes en noviembre. Programa y prepa ración por ingenieros en el INSTITUTO REUS PRECIADOS, 23, Madrid rústicas en toda Kspaña, compro, 3, M. Brito, Alcalá, 94, Madrid, Si F E R N A N D E Z Y GONZÁLEZ EL PASTELERO DE MADRIGAL dg virtud, os he buscado, os he suplicado que vengáis, a fin de ver si sois más afortunado que yo con Gabriel de Espinosa, si podéis descubrir la verdad; vais a ser vos el primero que le vea; vais a ser vos el primero que le lleve la funesta noticia, ¿A qué pena ha sido sentenciado ese hombre? Porque la pena de muerte es de varias maneras, -A la pena de los reos de alta tración. -E s decir, arrastrado, ahorcado, descuartizado y, a que su cabeza sea puesta en un palo sobre la vía pública. -Sí, sí, señor. -Pues bien: dadme al momento un alguacil que me conduzca junto a ese desgraciado, no perdamos tiempo; en estos casos, cuando se trata de salvar el alma de un hombre, los momentos son preciosos. -Sí, sí, padre. ¡Hola, Tribaldos! Presentóse el alguacil. -Conducidla su merced al encierro dt Gabriel He Espinosa y que se le deje solo con él. Tribaldos y el jesuíta salieron. Cuando el padre Chiesa entró en el encierro de Espinosa le encontró con un traje muy galán aterciopelado, y de tal manera, que no parecía preso. -Aquí me envían a consolaros en el amargo trance en que os encontráis- -dijo el jesuíta. ¿Y qué amargo trance es ese, padre? -dijo Gabriel de Espinosa. -Pues qt; é, ¿aún no lo sabéis? -dijo el religioso. -Dicen- -repuso Gabriel de Espinosa- -que si me sentenciarán a muerte o no me sentenciarán; pero yo no lo creo, padre, porque no he cometido delito para tanto. -Sentenciado estáis, por desgracia- -dijo el padre Chiesa- y yo siento mucho ser el primero que os lo asegure. ¿Y de qué manera habrán de matarme, padre? -Ahorcado, después de lo cual seréis descuartizado y puesta vuestra cabeza en un camino: así ha encontrado que es de justicia vuestro juez don R o drigo de Santillana. ¿Y sabe don Rodrigo quién soy yo, para que asi se atreva a sentenciarme a la muerte de los ¡villaüos? Con cuchillo se me ha de matar a mí y, levantado la figura sombría y iatidica de un ajusticiado. Y luego, ¿qué diferencia hay para un ajusticiado entre el juez que le sentencia, el agonizante que le auxilia, el pregonero que vocea su delito, el verdugo que le estrangula y el sepulturero que le entierra? Ninguna. Todas estas personas no son para el sentenciado más que los miembros que determinan la realidad activa de un ser abstracto: de la ley sombría que sentencia a un hombre a morir, que castiga un crimen individual con un crimen público. -Padre Chiesa- -dijo don Rodrigo de Santillana cuando se hubieron quedado solos el jesuíta y él- en vos confío; los otros tres religiosos son inmejorables para agonizantes; dejémosles la parte religiosa; yo deseo que vuestra merced se encargue de la parte política. -H e oído decir cosas extraordinarias del pastelero de Madrigal. -Estamos solos- -dijo don Rodrigo de Santillana, aproximando su silla a la del jesuíta- Vos, padre, sois hombre de verdadera ciencia, de verdadera v i r tud; y además de esto, sois un hombre de honor. -Dios me mantenga siempre en mi deber como caballero, como cristiano y como sacerdote, de la misma manera que me ha mantenido hasta ahora. Hablad, don Rodrigo, hablad: os escucho con toda mi atención, y os doy gracias por la confianza que depositáis en mí. -Habéis venido para escuchar la confesión de un sentenciado; pero antes vais a escuchar l a confesión del juez que ha pronunciado la sentencia. Y don Rodrigo de Santillana se deslizó de la silla y quedó arrodillado delante del jesuíta. -N o no demos a esto una solemnidad tal que pase los límites de la conveniencia, porque podría suceder muy bien que si lo que vais a decirme tuviera el carácter de confesión, os pesara de ello. Alzaos y habladme como se habla a un amigo, no á un juez de Dios en el tribunal de la penitencia. -Paréceme, padre- -dijo don Rodrigo- que ya habéis formado vos algún juicio respecto a este asunto. -Es él tan grave de suyo, que es necesario tratarle con gran prudencia. Tengo miedo, padrej
 // Cambio Nodo4-Sevilla