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Y luego, ¿qué sois vos más que el miserable instrumento de un tirano horrible? ¡Yo no sé dónde estoy! Yo sueño. ¡La locura se apodera de mí -dijo como hablando consigo mismo Santillana. -i Míralo, Mirian! ¡El es juez, él verdugo, y, sin embargo, tiene más miedo que su víctima! Su víctima tiene el perdón y la sonrisa de Dios, y la eterna felicidad, después de un breve martirio; porque el Dios de Abraham y de Ismael es también el Dios de la infinita misericordia; el Dios que premia a sus mártires con las eternas delicias del paraíso, y castiga a los reprobos sumergiéndoles en el eterno fuego que se despeña rugiente por debajo del terrible puente S i rat. ¡Mira, mira al verdugo cómo se retuerce a impulsos del terror; mira, mira cómo su semblante está más lívido que el más lívido semblante de los cadáveres que tú viste cuando buscabas entre ellos a tu infeliz Rey don Sebastián, af esposo de tu alma! ¡Partir de una puñalada el corazón de ese hombre sería traer sobre su cabeza la misericordia de Dios! ¡No, nuestra venganza y su castigo es dejarle la vida; una vida breve, pero horrible; una vida semejante a la del viejo Rey don Felipe; una vida en que durante su breve sueño y su larga y afanosa vigilia, verá contiguamente delante de sus ojos, por más que los cierre, el espantoso, el lívido, pero aterrador espectro del Rey don Sebastián! A medida que Aben- Shariar pronunciaba su discurso, el alcalde se iba encorvando. Luego sus rodillas se doblaron, y lentamente cayó sobre ellas, apoyado en su vara de justicia. Y esc hombre, ese hombre que tiembla y so doblega bajo el peso de su conciencia, ese hombre pue- lo arrastró violentamente consigo hasta la reja de donde había acabado de apartarse. ¡Mirad! -le dijo- Aquello es una horca. -Yo no sabía que las rejas de este encierro correspondían a la plaza- -dijo como hablando consigo ¡mismo Santillana y con la voz cavernosa. ¡Esa horca es para él! ¿No es verdad? -dijo María con una voz y una expresión de que en vano pretenderíamos hacer cargo a nuestro lectores. Expresaba todo el afán, toda la agonía, todo el horror que puede sentir una criatura. ¡Dios lo quiere, señora! ¡Yo, no! -exclamó aterrado el alcalde. -j Que no lo quieres tú, y tú eres su juez! ¡Yo, no! ¡Yo, no! ¡El Rey! ¡Pues bien! ¡Malditos seáis el Rey y tu i- ¡Señora... ¡Y para esto le arranqué yo como muerto de entre los cadáveres del campo de batalla de Alcazarquivir! ¡Para eso luciré yo cuerpo a cuerpo con la muerte que pretendía arrebatármele! ¡Para esto he abandonado yo mi patria, mi religión, mi grandeza! ¡Para esto he sufrido yo un largo martirio de diecisiete años! ¡No! ¡No puede ser! ¡No puede ser que habiéndole yo librado de tantos peligros, venga a morir en manos de un alcaldillo! ¡De un miserable esclavo como tú! ¡No! ¡No puede ser v no será! ¡El Rey! ¡Yo, no! ¡El Rey! -dijo completamente aturdido don Rodrigo, porque le espantaban el dolor y la cólera de Sayda Mirian. -María- -dijo Yhaye- sus imprudencias son la verdadera causa de su fin desastroso; tú has cumplirlo hasta ahora con tu corazón y con tu deber; pero aún te queda un doloroso deber que cumplir. ¡Sí, el de vengarle! -No- -dijo Aben- Shariar- el de vergarle, no, porque Dios se ha encargado ya de la Venganza; porque tienes delante de ti al juez que le ha sentenciado estremecido, tembloroso y herido en la frente por la mano de Dios. ¡Pero le mata! ¡Pero va a morir y no quiero qnje muera! -Tú eres muy valiente, María; tú eres capaz de todas las grandezas y de todos los sacrificios del alma, y no puedo, no debo engañarte; una vez comeíida por JÉ