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MADRID- SEVILLA 25 DE ABRIL DE 1930. NUMERO 10 C T S SUELTO REDACCIÓN: PRADO D E SAN SEBASTIAN. ABC SUSCRIPCIONES Y CERCANA A TETUAN, SEVILLA E n ocasiones se hablaba maldiciendo de la traición funesta e inevitable de una embolia. U n quejido desgarrador, de animal herido, barrenaba el aire, y ya no tenía entonaciones musicales, sino que daba frío en la espalda y ponía miedo en el ánimo, Junto a un cuarto vacío, como la jaula de donde ha volado el paj arillo, crepitaban unos sollozos entrecortados. Sí, allí estaban el dolor y la muerte en toda su terrible realidad, y el corazón se templaba en el sufrimiento. Olvidados de nuestro hermano el hombre, en la porfiada lucha cotidiana, ahora, allí, en el paréntesis de pena, volvíamos al amor del prójimo, unidos a él por la compasión egoísta, por el miedo de sufrir y de morir. E l sanatorio no era alegre. 1 DIARIO DO. SIMO N 8.527 MUÑOZ ILUSTRAVIGÉ SEXTO AÑO ANUNCIOS: OLIVE. LECTURA EN SANATORIO UN L a seriedad piadosa de Fernández Flórez U n dolor ajeno, que, por suprema predilección cordial, sentí en l a carne del alma como mío propio, retúvome unos días en un sanatorio quirúrgico. P a r a suavizar en el reposo mis tareas de enfermero, tantas veces cumplidas por espontaneidad de amor- -he visto morir, defendiéndolos, a casi todos los de mi c a s a- -l l e v é conmigo un montón de libros, y entre ellos, señalada con especial preferencia, l a última novela por ahora de Wenceslao Fernández Flórez, Los que no ¿Y el libro? Y o lo leía a hurtadillas, recofuimos a la guerra. E l ilustre escritor ha gido en la pequeña zona luminosa, en comsido clasificado entre los humoristas- ¡el plicidad con la pantalla, cuando podía ajusfar más gracioso de los novelistas españoles! -el ritmo ansioso de mi corazói al adagio y yo me prometía en su lectura el resarci- de la respiración serena e isócrona de mi enmiento de las horas tristes. Pero el sana- ferma, que en la penumbra andaba inmótorio era m á s alegre que el libro, o, me- vil en sueños el perdido y recobrado camijor, libro y sanatorio se asemejaban y no no de la salud. L a prosa ágil, limpia, armoera alegre ninguno de los dos, aunque lo pa- niosa de Wenceslao F e r n á n d e z Flórez tamrecieran. bién mentía regocijo, en la forma de la E l palacete se erguía esbelto, rodeado de ironía punzante, compasiva y desdeñosa a la jardines, nítido de mármoles, estucos y cris- par, del mismo linaje que la del maestro tales, con su. hall de moderno hotel lujoso Ec, a de Queiroz, y en la gracia, a veces disy su gran comedor en el piso alto, atalayan- locada, y absurda, de una cómica inverosido M a d r i d como desde la nave de un seppe- militud nunca falta de finura, como en los lin. E n el claro invernadero del quirófano, dibujos de un caricaturista inglés. Pero, los pacientes creerían flores de estufa pese a la clasificación que limitaba en el huantes de perder el sentido con las emana- morismo las capacidades más vastas del ciones del anestésico; un zócalo celeste co- gran novelista, el libro era en el fondo serio r r í a a lo largo de las paredes blancas, como v triste, como el sanatorio donde lo leía. Seun haití moruno, y diríase que el cielo irrum- rio, por su fondo sociológico y filosófico; pía en la estancia, volcándose por los ven- por la noble preocupación del autor, empetanales. E n las habitaciones y en los pasi- ñado en secularizar a la mujer española, en llos, inundados de claridad, la alegría b r i- acabarla de independizar, arrancándola de llante de lo limpio y de lo nuevo, y los nar- la cueva del hogar donde conspira todavía, dos vivos de las enfermeras, blancas entre sin querer, contra el progreso humano. T r i s las tocas blancas y los blancos mandiles, j ó- te, por su descorazonada visión de la guevenes y bonitas, encendidos los labios en la rra en la postguerra miserable. -N o cree usted- -dice un personaje, resonrisa amable, endulzados de piedad los ojos, para prender a los dolientes en el de- firiéndose a los libros de la gran contienFELIPE S A S S O N E seo de v i v i r con una inconsciente, engaño- da- -que despertarán en los pueblos el horror sa y compasiva promesa de amor. A ú n por contra esas hecatombes terribles? la noche la iluminación a giorno de las bomY el escepticismo, del autor responde: DE LA FEbillas eléctricas desvanecía la tristeza de las- -Creo que suscitan una nueva curiosidad, R E L I E V E S sombras, y en cada cuarto, por los auricula- que enseñan, a su pesar, el saboreo de la RIA S E V I L L A N A res de la radio, llegaban- -promesas e invita- grandeza monstruosa de una lucha con los ción- -los ruidos de la ciudad. Yo pensaba poderosos medios modernos de destrucción... en una función ele teatro: las enfermeras E n verdad, ayudan otra guerra posible... Las amazonas majas evocaban el coro de vestales de Aída, y en H a y un asunto más original y tan útil como E s en la esplendorosa mañana de abril l o s l a r g o s lamentos que se escuchaban lejos el de esos libros... L a novela del canceroso. y en la feria de Sevilla. creía advertir la entonación musical de los N o está escrita a ú n U n regalado frescor hace caricioso el ajes de Cavaradossi en la Tosca de PucEsa novela está aquí, en el sanatorio, don- ambiente, cargado de embriagadores percini. N o no era verdad; allí no sufría nadie. de se muere sin saber por qué. U n soldado fumes, de acacia, de claveles, de azahar. ¿C ó m o está su enfermo? sabe por qué muere. U n tífico no dice el E n chorros cae la luz del sol sobre el- -Mejor. Pasado mañana nos dan de alta. autor, y de su libro, como del sanatorio, sale campo maravilloso de la feria, campo como- -i Nos vamos hoy! la misma verdad, aquella por él. citada, de de romería alegre y exaltada. Y en las coAsí todos los días, y el séquito de en- Goethe, que no hay Humanidad, no hay pas jugosas y frescas de los árboles, y en fermeras y de criadas a la puerta, despidiendo a los que se llevaban de nuevo su salud, más que hombres Que de las desgracias las blancas lonas de las casetas, que son y el concurso de visitantes, y los botones colectivas puede tratarse con glacialidad y como ermitas al culto del amor y del enadolescentes corriendo escaleras arriba y es- hasta con pedantería pero que las penas canto consagradas, y en el dorado albero de caleras abajo. Pero algunas mañanas, muy del semejante, a quien se ve sufrir, angus- las sendas, ponen los rayos del sol infinitemprano, discurría por los pasillos, silencio- tian mi corazón con un dolor reflejo del tas claridades relucientes, que ciegan los so y preocupado, un cirujano que iba a to- suyo, y, ante el espectáculo de su infortunio, ojos. mar el pulso de su operado. N o siempre siento las lágrimas y los impulsos generosos E n el carro de oro y pedrería de la p r i volvía contento. Llegaban otros médicos, y se de la fraternidad mavera llegó al ferial l a Alegría, y con ella r e u n í a n en corro en un rincón. Surgía a veDel libro de Fernández Flórez y del sa- un florido renacer de galas en el campo y. ces confuso, el bisbiseo de un mal au- natorio quirúrgico salen, por la enseñanza un juvenil regocijo emocional en los cogurio del dolor, la misma salud para nuestra con- razones. -Ciento cuarenta pulsaciones. ¡U n a h i- ciencia, ya tan lejos del homo Jwmini lupus Lleno está también el ferial de todos los poglucemia. espantosal ¡d e Playto. ruidos y de todas las armonías musicales: ¿Y las mujeres? De ellas dice el novelista: L a larga niñez de E v a terminó en 1914, y la sangre que encharcó a Europa fué como l a aparición de su pubertad. Ellas pudieron acaso impedir l a guerra con la fuerza de su debilidad con l a dulzura de su llanto, con la posibilidad en que estaban de confesar eso que n i n g ú n hombre debe decir nunca: la seguridad de que la guerra es un monstruoso sacrificio inútil. Pudieron cruzarse en el umbral de las casas, tenderse en los rieles del tren, obstruir con sus cuerpos sagrados las bocas de los c a ñ o n e s no sé... no sé... algo grande, que sólo podría precisar si tuviese un corazón de madre. E n cambio de esto, ellas mismas alistaban reclutas, sugerían al novio la trivial codicia de un cintajo, pronunciaban ante el hijo condenado a morir tópicos aterradores: C u m ple con tu deber Salva a tu Patria E r a n así... N o sabían... Recoletas, dulces, educadas, adormecidas en el secuestro de su voluntad... Ahora, d u e ñ a s de sí mismas, cultas, con influjo en l a vida social, libres. A h o r a será otra cosa. E n l a próxima guerra se batirán rabiosamente a nuestro lado en sabe Dios qué infierno de imprevistas crueldades... Hasta aquí el novelista. J? ero yo no lo quiero creer. N o lo puedo creer. S i no se declaran en huelga amorosa, como aquellas de la Lysistrata de Aristófanes, acaso tristemente convencidas de la inutilidad de su esfuerzo, hoy, cuando el alcohol y los deportes solicitan más a los mozos que su belleza, siempre tendrán un corazón de madre, y serán enemigas de l a crueldad como estas enfermeritas del sanatorio, Fernanda, Carmela, Josefa, Lucía, blancas dentro de sus tocas blancas y de sus blancos mandiles, que corren con sus candidas alpargatas como si volaran sobre las palomas mensajeras de sus pies, llevando en vez del olivo, sobre las rosas de sus manos, la abeja de cristal de la jeringuilla de i n yecciones, en cuyo aguijón hay miel de o l vido, de reposo y de paz.
 // Cambio Nodo4-Sevilla