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Aben- Shariar miró con asombro a Gabriel de Espinosa. ¿Es decir- -observó Aben- Shariar- -que todo ese formidable aparato que están desplegando a tus ojos no es otra cosa que un medio de que se valen para obligarte a hablar? -Yo creo a estas gentes capaces de todo- -dijo Gabriel de Espinosa volviendo su mirada hacia don Rodrigo de una manera severa- pero no puedo preer que el Rey se atreva a ahorcarme; no puedo creerle tan malvado ni tan valiente que se atreva a sufrir el remordimiento que mi muerte le causaría. María piensa del mismo modo que yo, sin duda; está irritada, pero serena. -Porque los Reyes no mueren- -dijo Mirian- -cuando no mueren en la historia; porque todo el poder de un tirano no puede traer la infamia sobre el mártir a quien despedaza. Ven acá, ven conmigo. Y le asió de la mano y le llevó a la reja, desde ¡donde se veía la plaza. ¿Ves- -le dijo- -aquellos dos palos que se levantan sobre aquel tablado, aquellas dos escaleras que se apoyan en aquella viga, atravesada sobre los dos palos? -Sí, una horca- -dijo tranquilamente Gabriel de Espinosa- un patíbulo infame. ¿Y no te estremece la vista de ese patíbulo? -dijo con voz terrible Sayda Mirian, fijando una mirada candente en la mirada tranquila y altiva de Gabriel de Espinosa. -No- -dijo con una fiera serenidad Gabriel. -N i a mí tampoco- -contestó con una altivez indómita Sayda Mirian. -Tú sabes, como yo, que ese patíbulo no será el lugar de mi muerte. -No, no es eso- -dijo de una manera suprema Sayda Mirian- no alientes ni una sola esperanza; estás entre las garras de un tigre sanguinario y jeruel; no, no me ves valiente y fiera porque yo dude ¡Señora! -exclamó don Rodrigo, a quien todo insulto irritaba. -Basta, basta ya de palabras inútiles- -dijo Yhaye- lo que está escrito se cumplirá; no es el Rey don Felipe el que mata al Rey don Sebastián; no es don Rodrigo de Santillana quien le lleva de la mano al patíbulo; es su destino, su fatal imprudencia, su ¡locura. En África, en Venecia, en Francia ha debido morir mil veces, porque el que siempre va buscando el peligro de una manera insensata, acaba por perecer en él. ¡Pero esa muerte infame! -exclamó ahogada por el llanto Sayda Mirian. -E l es valiente- -dijo Yhaye- para él la muerte no es aterradora; la ha visto muchas veces frente a frente sin temblar, la conoce; te resta un último y doloroso deber que cumplir, hermana, después dé haber arrostrado por él tantos sacrificios. ¿Cual? -E l de quitar sobre su alma el único temor que pueda amargar su agonía, el pensamiento de tu dolor, de tu desesperación. ¿Y cómo verle perecer de este modo y no estar, Joca y desesperada? -Tú eres hija y nieta de héroes y esposa de un Rey muy bravo; tú no puedes entregarte al dolor, como una mujer cualquiera; tú debes presentar la Ifrente serena a la adversidad, al horror; tú debes inspirar a tu esposo ia certeza de que soportas con valor el golpe, para inspirarle el valor que le es tan necesario en sus últimos momentos; tú, aunque muelas después, debes ser. una heroína delante de él. ¡Delante de él! -dijo don Rodrigo. -Sí- -contestó Aben- Shariar con firmeza- delante de él, porque vos vais a traerle aquí. ¡Aquí! -Rodeadle de guardias cuanto queráis; dejad tras He esa puerta todas las guardias que queráis; evitad que se os escape; no temáis que aquí le matemos para salvarle de esa muerte pública, no; no se trata de eso; pero vos no podéis, no debéis impedir que ese desdichado vea por última vez a su esposa y a sus hijos. -No, no lo impediré- -dijo conmovido don Rodrigo- i esperad.
 // Cambio Nodo4-Sevilla