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POR TIERRAS DE ANDALUCÍA Evocación de la hermana San Sulpicio, en Marmolejo. L K figura monjil, toda llena de gracia y de gentileza, que inmortalizara el genio de Palacio Vaídés, en las luminosas páginas de su novela La hermana San Sulpicio, adquiere relieves de realidad para nuestro espíritu en cuanto pisamos las olivíferas tierras de Marmolejo. Y es tal el poder de la evocación, que por cualquiera parte nos la vemos aparecida, llenándolo todo de su alegría, de su salud y de su donaire y desenvoltura. ímaginánionosla riente y jubilosa, con aquella alma traslúcida como un fulgor, en el patio florido del modesto y apacible hotel, aquel patio con pavimento de baldosín ro io y amarillo y con cuatro o cinco tiestos con naran jos enanos, que no ha sufrido mudanzas: y yendo hacia el balneario de las aguas salutíferas, si no en carretela como solía, en estos desvencijados coches de muías que hoy prestan el servicio por diez céntimos más en el viaje de vuelta, a causa de que hay que añadir bestias para trasponer la pendiente: y ya en el balneario, cuando todos nos vamos preguntando ¿Cuántos vasos lleva usted? y alguien responde que dos deditos, al replicar el que preguntó i Qué poco! recordamos la graciosa salida de la hermana San Sulpicio en ocasión parecida: ¡Anda! ¿Quiere usted que criemos boquerones en el estómago, como la madre? Asimismo evocamos la airosa figura de la monjita sevillana, destacándose de la nitidez de las paredes de las calles estrechas de Marmolejo, cuando vamos hacia la iglesia, el reloj de cuya torre señala desde largos años la misma hora que cuando hizo alto en su marcha; o al atravesar el mercado, ahora como en el tiempo en que el ilustre Palacio Valdés situó las primeras escenas de su famosa novela en aquel pueblo que tiene el aspecto morisco, como algunos de la proz- incia de Málaga y los de la Alpujarra. El mercado se establece y se levanta cada día lindando con las aceras de una ancha fSSlIil E l H O T E L E N O U E SF. S U P O N E E N T. A N O V E L A (RÍE H A B I T O L A H E R M A N A S A N SULPICIO calle, y a él van a aprovechar los desperdicios de las verduras piaras de animalitos, al mismo tiempo que hacen sus compras los vecinos. V también ¡a recordamos al pasar por ante el blanco retablo de una milagrosa imagen, ante el que ella debería hacer reverencias al ir para el hotel. Todo el pueblo pregona su memoria, y con ella su gracia v donosura. Si del hotel de la plaza se escapan ios ale- gres sones de unas castañuelas, ya nos imaginamos a la monja salerosa, de ojos negros, mover airosamente su cuerpo en fas peregrinas mudanzas de las honestas seguidillas, causando el natural asombro de cuantos la vieran bailar, muy especialmente de la madre gorda, de vientre hidrópico v naris exigua y colorada, a quien acompañaba la desenvuelta hermana; y más aún cuando, como suele, vemos bajar a alguna monja hacia la galería o puente que conduce al manantial, una vez que trasponemos el sendero en declive, continuación del parque plantado a la orilla. No cabe duda que baja a las aguas la hermana San Sulpicio, llegamos a pensar. Si nos paramos ante el bronce recientemente levantado en memoria y honor dé- un hijo ilustre del pueblo, en la mitad de una de sus plazas, p récenos oír la salada ocurrencia de la graciosa monja: -Pero, ¿quién es este personaje que aquí se enaltece, del que los vecinos no saben darnos razón? Y al ver el empedrado de las calles, que hace saltar a los coches como en el lejano tiempo en que estuvo en Marmolejo nuestra monjita, figurámonosla exclamar: ¡Pero. Señor, cómo se advierte el celo por ¡o urbano de estas dignas autoridades! Y cuando vemos levantarse las oleadas de poivo al paso de los coches, ya ¡a escuchamos donosamente comentar: -i Cómo se ve que en este pueblo se paró el tiempo 1 E l agua y las regaderas se adelantaron para otras ciudades. Y así, reparando en que para Marmolejo tío se hicieron las mudanzas, y que todo en él se conserva como en los días en que don Armando pisó sus lindas tierras, siempre en ellas tenemos presente la gentil figura de la monja sevillana. Ello nos compensa de las pequeñas molestias que nos proporciona el que el progreso se detenga a ias puertas del pintoresco pueblecito. J. MUSTOZ S A N ROMÁN (Fotos del autor. E L MERCADO D E MARMOLEJO
 // Cambio Nodo4-Sevilla