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Impresiones de Arte. Algunos cuadros de la galería del palacio de Liria. N el inmenso caudal pictórico de l a casa ducal de A l b a sobresalen, aparte de los retratos del g r a n duque y de l a Emperatriz Eugenia, de que me ocuparé en otros artículos, algunos que reproducen las figuras de las ilustres damas que ostentaron, a l correr de los siglos, los títulos de tan preclara estirpe Mengs pintó, en u n retrato no muy grande, a doña María T e resa de S i l v a y A l v a rez de Toledo, duque- sa de B e r w i c k con tal aspecto de m a j e s t a d que d u r a n t e mucíio tiempo fué tenida la efigie de esta señora por la de l a E m p e r a triz María Teresa de A u s t r i a y l a pintó tan bien y con tanto brío, que se supuso era de Goy i. Estudios posteriores han demostrado el error de ambos j u i cios, y en l a ú l t i m a Exposición que se celebró de las obras de Mengs figuraba ésta a la c a b e z a d e todas, por su fuerza, soltura y magistral trazado. Representó M e n g s a la duquesa de B e r w i c k y a madura, casi vieja, v e s t i d a sencillamente e n v u e l t a en una dulleta m u y abocetada. U n a cotia neg r a envuelve l a cabeza de l a dama, vela con cortas alas de g a sa plegada los blancos cabellos, que sólo platean sobre el medio de l a frente, ancha, un poco convexa, s i n arrugas, en l a que se pierden las cejas, y a u n poco ralas y desvaídas. Debió ser la señora de belleza s i m pática, pues, en el naufragio de l a avejentada faz sobrenadan los ojos vivos y acogedores, v la boca, que tan presto se marchita y entristece, aparece aún firme de contorno y seguramente debió sonreír a menudo. L a n a riz es augusta, y t a l vez en ella se fundó la suposición de que l a retratada era de estirpe imperial. E l mentón, apretado y sujeto por l a brida de MENGS. la cofia, se hunde en la grasa de l a barbil l a pero aún puede reconstituirse sin trabaj o el óvalo del rostro, que debió estar de acuerdo con los cánones estéticos. E Habiéndome y a ocupado en m i artículo aparecido en íunio de 1928 del retrato portentoso que C o y a pintó de la duquesa C a yetana, no he de tratarlo de nuevo, sino evocando tan sólo. al pasar, aquella admirable figura blanca, perdurable gracia y elegancia, que entró en la leyenda. ciones femeninas, cruzan el busto, donde el descote de la época deja a l aire l a linda línea de los hombros y l a nácar incomparable del pecho, sobre el que se apoyan espléndidos hilos de perlas. L a duquesa ostenta, además, un prendedor con más perlas, y junto a u n a de sus manos, que realiza el gesto gracioso de abotonar u n guante, u n grueso calabrote de o r o deja colgar otra p e r l a enorme y aperaltada. L a cabeza de l a dama se inclina u n poco a u n lado con gesto mimoso y d u l c e E l rostro es encantador. N o poseía l a duquesa de A l b a la hermosura triunfadora e imperial de su hermana la condesa de T e b a p e r o en cambio, tenía (y todos los que la conocieron eran unánimes en esto) un h e c h i z o atrayente, una delicada belleza espiritual y cautivadora. E n é s t e retrato, a l cobijo d e los bandos l u c i e n tes y simétricos, los o j o s a l g o almendrados, l a perfecta b o c a sonríen con e n c a n t o sutil y atrayente, henchido de simpatía y agrado. N o parece tan alta como l o fué su augusta hermana, pero- las proporciones de su cuerpo crean en ella una figura airosa, esbelta, que debió a n d a r y moverse con refinadísima y natural elegancia. U n a mesa dorada, cortinones de seda, r i c a a l f o m b r a crean, traídos a l mundo por el habilísimo y a veces magistral p i n cel de D Federico de Madrazo, la atmósfera ostentosa precisa a lo que en aquella época se juzgaba preciso a u n retrato de estas c i r cunstancias. P a s a d o s unos lustros, otro M a d r a z o re- trató a otra duquesa de A l b a condesa de Siruela. E r a esta- dama, madre del actual duque, señora dé t a l señorío y de tan evocadora raza, que n o parecía de estos tiempos. A s í se ve en el D O N A MARÍA T E R E S A D E S I L V A Y A L V A R E Z D E T O L E D O r e t r a t o de M a d r a z o DUQUESA D E BERWICK pintado en 1881. A pesar de que el traje L a condesa del M o n t i j o duquesa de A l b a pasa actualmente por l a terrible prueba a fué retratada por D Federico de Madrazo que lo someten los años aún próximos, pues con toda la pomposa prestancia de las mo- todavía no ha pasado el tiempo preciso para Mengs puso en esté retrato una soltura, das isabelinas. Ostenta la señora u n traje que tocados de aquella época se refugien en una fuerza y una agilidad de pincel que son de encajes blancos, dispuestos en simétriei puerto de l o y a francamente antiguo, distintos en absoluto del lamido amaneracos volantes, muy ancha y oronda l a falda, fuera del poder de la moda presente, la d u miento y del convencionalismo cortesano acampanada por el miriñaque. Detrás cae quesa de A l b a irradia en ese retrato una eledesplegados en otras obras, y p o r t a i causa en pliegues pesados la rica espesa tela del gancia suprema, altísima, y tan entonada y es explicable fuese este retrato atribuido a l suntuoso manto de Corte, prendido a la c i n noble, que pudiera llamarse heráldica. proteico Goya. tura, y dos bandas, signo de altas condecoraSe viste con u n traje negro, dónde méz-