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Se admiten s e ñ o r i t a s Para la p r e s e n t a c i ó n de instancias, programa oficial, que regalamos; Contestaciones y preparac i ó n d i r í j a n s e al I N S T I T U T O RETJS Preciados, 23; Puerta del Sol, 13, y Mayor, 1, Madrid. E n las ú l t i m a s oposiciones a Aduanas, nuestros alumnos y suscriptores obtuvieron 47 plazas, de ellas 13 las s e ñ o r i t a s cuyos nombres y apellidos figuran en el prospecto que regalamos. Clase diaria de una hora, 15 pesetas mensuales. I N S T I T U T O KETJS P R E C I A D O S 23; P U E R T A D E L S O L 13, y M A Y O R í M A D R I D Libro: 6 pesetas. El S A ADUANAS S 4 b FERNÁNDEZ Y GONZÁLEZ E L P A S T E L E R O D E MADRIGAL 1 $37. para aquel día, y temiendo que con esta engañosa persuasión con que Satanás le tenía embelesado, no habría hecho la confesión como convenia, librando el hacerla para el pie de la horca si fuesen veras las que él parecía tener por amenazas, después de haberle a él apuntado cuan peligroso era librar nada, y cosa tan importante para aquel trance en que apenas sabía de si, fuimos el padre y yo al alcalde y, le significamos el descontento y temor que traíamos, diciendo que era menester tomar algún buen medio para que aquel hombre acabase de salir de aquel engaño y creer cuan poco tiempo tenía de vida. Y e medio que el alcalde tomó fué de mandar que al punto le ¡levasen el serón y le pusiesen adonde él le viese, y tras esto le pusiesen la soga a la garganta y atasen las manos con un crucifijo en ellas, como si luego hubieran de sacarle a ajusticiar, con lo cual acabó de abrir los ojos y entender que no eran burlas ni amenazas; y clamando por su confesor y trayéndosele, estuvo un gran rato con él a solas, confesándose y ordenando sus cosas, a lo que por defuera parecía muy de otra manera que hasta allí, porque dio muchas muestras de devoción y de conformarse con la voluntad de Nuestro Señor, aceptando la muerte como de su mano. E n esto llegó l a hora de comer, lo cual él hizo, y durmió muy de sosiego un buen rato después de la comida, como si nada hubiera de pasar por él. E n despertando volvió a pedir a su confesor y estar con él otro rato a solas, v él y los frailes descalzos le acompañaron, procurando conservar y llevar adelante la buena disposición que parecía tener, hasta que llegó la hora de sacarle a arrastrar, que fué a las cuatro de la tarde, y poco antes entró a verle un regidor de Medina, en el cual, por verle bien tratado y parecerle cosa desacostumbrada visitarle personas semejantes, reparó en él, mirándole de pies a cabeza, y dijo: A h o r a acuerda el Rey enviar quien me conozca. Y esto dijo por dos veces, y asegurándole que no había tai ni mención de esto, le llevaron y pusieron en el serón, ayudándole cantidad de religiosos de aquella comarca que se hallaron presentes, y luego comenzó el pregón, que decía cómo se hacía aquella justicia a aquel hombre por traidor al Rey nuestro señor y embustero, y porque siendo expiación; que en ella acabe mi negra desventura; que no herede mi desventura el reino de P o r t u g a l que no la hereden mis hijos. Calló y miró de nuevo a los niños dormidos, y los bendijo en silencio. Luego se separó de la cuna. A l volverse, encontró delante de sí al alcalde Santillana, pálido y convulso. ¡U n a palabra! ¡U n a sola palabra- -dijo Santillana- -y vivís y. sois R e y! -Basta con las que ya he dicho. Adiós, María, adiós. Adiós, hermano. Y abrazándolos rápidamente dijo a Santillana: -Salgamos cuanto antes de aquí. U n momento después, Sayda M i r i a n y Yhaye habían quedado solos. E n aquel momento se oyó el ruido de un carruaje que se detuvo delante de la cárcel. ¿Q u é es eso? -dijo Sayda M i r i a n pudiendo hablar apenas. -Eso es que vamos a partir- -dijo Yhaye. ¡P a r t i r 1- -exclamó con acento supremo Sayda M i r i a n A h! ¡N o! ¡N o! ¡Y o me quedo a q u í! ¡Y o me quedo aquí para morir con é l! Y la faltaron las fuerzas, extendió los brazos hacia Yhaye y se desmayó. Se oyó en aquel momento el ruido de la puerta que se abría, y apareció don Rodrigo de Santillana. -Antes de que esta desdichada vuelva en sí- -dijo, Yhaye- es necesario que esté fuera de Madrigal. -Podéis partir con ella y con sus hijos cuando queráis. Hacedme la merced, monseñor, de manifestarme el lugar en que han de residir fuera de España, a fin de que yo pueda cumplir con ellos, con la madre y con los hijos, el encargo que me ha cometido el Rey. -Les basta con la protección de Dios y con la de la República de Venecia; el dinero del Rey don Felipe llegaría a sus manos teñido con la sangre de su padre. Haced que avisen a mis servidores y a las doncellas que he traído conmigo para que los trasladen al coche. M i r i a n desmayada, y sus dos hijos, dormidos, fueron sacados de la cárcel y puestos, en uno de los voluminosos coches de camino de aquel tiempo. -Adiós, don Rodrigo- -dijo Yhaye- E l día en
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