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MADRID- SEVILLA 30 D E ABRIL D E 193 0. NUMERO S U E L T O 10 CTS. CERCANA A T E T U A N SEVILLA DIARIO ILUSTRADO. AÑO VIGÉEX T O SIMOS N. 8.531 f g REDACCIÓN: PRADO DE SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS: MUÑOZ OLIVE. BAIO EL NIVEL D E L MAR Notas de un viaje por Holanda Quiero recordar con gratitud, al comenzar esta labor de recoger en las cuartillas mis impresiones de un reciente viaje a H o landa los nombres de Mansholt, el director general; de Agricultura de los Países Bajos, y de V a n Deventer, jefe de la Oficina de Turismo: de L a Haya. Gracias a sus amables invitaciones, a las normas a que sometieron mis excursiones por aquella nación, a la amabilidad con que movilizaron sus amistades en todo el Reino, para servicio de mi curiosidad, puedo asegurar que, des pues de España, Holanda es el país que me jor conozco entre todos los que ponen en los mapas esas: alegres mánchitas de color q u e d a s guerras alargar. empequeñecen y diversifican. Debo decir que estoy encantado de que la casualidad me empuje reiteradamente hacia ese país, diverso, reducido y cómodo, como un foadster. A m o las naciones pequeñas- -Suiza, Dinamarca, Holanda- porque son m á s visibles, y porque la obra humana- -que en ellas parece más fácil y mejor- -se destaca con nitidez y penetra en nuestra comprensión con deliciosa agudeza. Y la vida propia simula ensancharse en ellas, al revés de lo que ocurre en los grandes Estados, donde parece comprimida, casi anulada, en el hervor tumultuoso, volcánico, de las demás existencias. Y o he podido tomar el aperitivo en la capital de la Frisia. almorzar en el buque que atraviesa el Zuiderzée, mar doméstico, gris, abrigado y tranquilo, enroscado en el interior de Holanda como un gato en el regazo de una matrona; tomar el t é en la A m s terdarri bulliciosa y cenar en L a Haya. A l final de este día sin cansancio, mientras me preparaba a dormir en el h otel escondido entre dos bosques que se extienden entre la ciudad y Scheveningen, pensaba yo borrosamente que la jornada se había multiplicado, y que, taumatúrgicamente, de un solo, amane. cer habían surgido los tallos de tres días, para enriquecer la intensidad de la vida. De aquel mes pasado en el Witte Brug, entre el rumor de mar de los árboles- -que los gallegos comprendemos como un idioma- tengo ahora una dulce nostalgia. L a s alfombras y la quietud hacían fantasmas de los camareros, y, en las horas nocturnas, la carretera asfaltada que corría, guardada en verdor, ante el parque del hotel, se trocaba en río negro y brillante, y su corriente imaginaria arrastraba con frecuencia parejas de enamorados erguidos sobre los sillines de sus bicicletas, pedaleando hacia los dancings de Scheveningen. Las bicicletas no eran más que un destello metálico en la penumbra, y las piernas de las jóvenes recogían toda la luz y parecían ir devanando el ovillo de plata de las ruedas. De vez en vez, el pequeñito trueno de un tranvía lejano, donde los cobradores- -de vago aspecto militar- -aman la prooina como el oso la miel. Y la nostalgia de los paseos, por la Spuistraas. angosta v animada, la calle m á s comercial de L a Haya, encajada entr: escapa- rates donde se guarda la tentación suave de las pieles, el severo azul de las porcelanas de Delft, la policromía de los cacharros de Gouda, los confites de chocolate y de mantequilla, que los holandeses elaboran mejor que hombre alguno, fotografías de un gusto reseco, vestidos mediocres de mujer, esos trabajos de orfebrería- -cuch aritas, cajas, polveras, bandejas- -justamente afamados, y tabaquerías, tabaquerías, tabaquerías... c i garros grandes, cigarros pequeños, pipas, cien, doscientas marcas de cigarrillos de fabricación extranjera y nacional... L a Spuistraas es esa calle- -tipo Carrera de San Jerónimo, de Madrid- -que existe en todas las capitales. Pero puede decirse que en L a Haya es única. Casi todas las demás vías tienen, con sus chalets, sus jardines, su silencio, su aristocrática soledad, ese aire que justifica la afirmación ingeniosa de que mientras Amsferdam es una ciudad sin alrededores, L a H a y a es unos alrededores sin ciudad E l viejo palacio de Binnenhof, en el corazón de la villa, acentúa esta impresión con sus muros denegridos y el agua, verdosa de su laguna sobre la que los líricos cisnes parecen más blancos, aun. L a verdad es que a mí mismo me sería difícil explicar por qué he ido tantas veces a Holanda y cómo he aprendido a amar su sabor. E n todo caso, esto me aclara el fenómeno- -que antes no comprendía- -de que pueda existir un hispanófilo en E l Cabo, o de que un ciudadano de Alaska ligue una parte de su fortuna ai Rey de España o al Ayuntamiento de Sevilla. Inesperadamente, también, fué Alicante para mí la ciudad más grata de la Península, y entró en mi corazón para no sei olvidada nunca. Los recuerdos, las amistades de Holanda me hacen sentirme un poco holandés. Tengo las imágenes de Holanda en mi espíritu como Tartarin tenía en un tiesto el baobal que le hacia soñar con África. Cuando saludo al ministro de los Países Bajos o al simpático e inteligente Loudon, el secretario de (a Legación, creo estar entre compatriotas; compro en Madrid cigarrillos de fabricación holandesa, leo diariamente la cotización del llorín, sigo con interés los trabajos de la desecación del Zuiderzée, y cuando Nypels, el talentoso redactor del Álgemeen Handelsblad, cruza E s p a ñ a en alguno de sus frecuentes viajes de vecino de Europa, y con su fino ingenio extraordinario me habla de su país, saboreo un banquete espiritual. U n a cosa me aflige; nunca podré parecer un holandés auténtico, porque nunca sabré montar en bicicleta. Aunque llegase a hablar aquel lificil idioma, aunque mí tipo nervioso y delgado adquiriese la robustez y el color de un flamenco, aunque fuese el dueño de una vaca que vertiese mil litros de leche diaria, mi desconcierto ante una bicicleta me delataría. Quizá, sin embargo, llegará un tiempo... E n cuanto a mi Patria, se explica menos que yo mis excursiones a Holanda. L a gente cree que soy un ávido engullidor de quesos, y que caigo sobre aquel país como un ratón, con las fauces ensalivadas, rugiendo de gula, tragando de un golpe, como pildoras, las sabrosas esferas revestidas de parafina roja. N EL HUÉSPED LÍENTE D o Para el hermano perioiista Literato, diplomático, doctor en Filosofía y en Derecho de la Universidad de San Marcos, de Lima- -de la cual es catedralico- D Luis Várela y Orbegoso, periodista ante todo y sobre todo, había venido de allende a aquende, invitado por la Asociación de la Prensa, a fraternizar en fiesta espiritual con sus nobles compañeros de profesión. H a b í a venido a la tierra de sus mayorci -él puede afirmarlo con muy claro y seguro derecho- -porque es oriundo de Trujillo, la aristocrática ciudad peruana en que el niai oués de Pizarro dobló, por amorosa nostalgia, el nombre de su cuna extremeña, y cuen- ta entre sus ascendientes a aquel Francisco Roldan Jiménez, amigo y enemigo de Colón, con quien fué a América, y padre de Juan Roldan de A v i l a que se alineó con los fundadores de P a n a m á y al marqués de Casa Concha, y al conde de Olmos, y al conde de San Pascual; venia al solar de los abuelos, aprovechando la coyuntura generosa de la invitación fraterna, a que sus ojos ratificaran la visión de su España, que su entendimiento ya sabía, y llegaba, ciudadano de una República, limpia de muchas condecoraciones, guardadas en el fondo del ayea, la solapa de su americana burguesa. Sus hermanos periodistas no pudieron leer ni oír su palabra, siempre tersa y elegante la prosa, lo mismo en la severidad del artículo que en la exaltación del discurso, porque a. don Luis se le agravó una antigua dolencia y así el invitado de honor convirtióse en el enfermo cordialmente querido y premurosamente cuidado. Sus ojos, que no han podido ver a su Madrid, pasean ahora, en- lánguida convalecencia, la resignación alegre de sus miradas por las candidas paredes de un sanatorio. Volaba muy alto en su regocijo, y e l iu fertunio rencoroso le asió por el calcañar, como Jacob a Esaú en el doble parto de Rebeca, y para seguir volando- ¡ya más ligero! -abandonó la pierna a la sabia cuchilla del cirujano. Y ahí está, salvados corazón y cerebro, que son las lámparas, de sus virtudes. Y o sé, querido Luis- -pues que de la niñez arranca nuestra amistad- que. de haber tenido a mano un revólver, hubieras apagado de un tiro el hervor de tus sesos, en cuanto supiste la malanueva de la amputación. Como eres un hombre sin miedo, no tenías el revólver en la mesa de noche. M á s vale así. Ahora te ha vuelto a la conciencia la santa y heroica porfía de dejarte vivir. Cuando al gran D Ramón del Valle Inclán le amputaban el brazo izquierdo, solía responder, indiferente a la condolencia de sus amigos: -N o me voy, a ganar la vida de leñador. T ú me dijiste sonriendo: -Y o no he de ser caballista, ni futbolista, ni bailarín... Tenías razón; tú no eres de esos escritores que necesitan. de los pies. De haber v i vido en nuestra maravillosa teogonia incaica hubieras sido un legislador del pensar grave, no un chasqui de los pies ligeros. Comprendo que pudieras quejarte, por más iW. F E R N A N D E Z FLOREZ
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