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él rascacielo envejece. Y a ha dado su fruto, acaso una fortuna, y hay que destruirlo para edificar otro más elevado, más elegante, más impresionante. L a 47. calle, entre la Quinta y. la Sexta Avenida, era hace dos años una deliciosa alameda; hoy, una cueva babilónica de joyeros. E l neoyorquino vive y trabaja en una jaula, adonde raramente llega la caricia del sol. H a y calles en la baja ciudad que no han sido desde hace muchos años caldeadas por los ardientes rayos solares del tórrido verano neoyorquino. Las palabras y las p i sadas tienen en ellas no sé qué estremecida, tenebrosa y metálica repercusión Calles angosta? y obscuras como cavernas. H a y un s i lencio patético en esa elevación serena, inflexible, dominadora- -blanca, rosa, y p a r d a- -de los rascacielos sobre el hormigueo cavernoso de las calles que son muescas. E l vientosilba sobre nuestras cabezas y llega a nosotros helado, y nos trae la carbonilla convertida en copos de nieve. -Frío y sucio e l i n vierno de N u e v a Y o r k -E l viento silba y se ciñe, al rascacielo con furia de posesión. Pero él rascacielo. enjuto y ascético, no vibra a las tentaciones. Desde el barco, entrando en la bahía, esa sensación augusta de severidad cenobita del rascacielo os da y a la medida de su grandeza. Luego, aproximándose a la roca de Manhattan, el panorama es m u y variado y pintoresco: terrazas italianas, p i rámides, penachos de humo abúlico danzando con una breve túnica dé sol liada al cuerpo, o ascendiendo tristemente por la sombra; líneas renacentistas, flechas góticas, viejas cornisas romanas y coronas londinenses, caprichos monumentales... Ñínive. Y ruidos. Ruidos claros, nerviosos, sordos, histéricos, convulsivos. Ruidos metálicos. Ruidos con eco. Mast odónticos, gráciles, arrítmicos. Jazs- band delirante. a P a r a airear l a ciudad y dar entrada a la luz del día, el Ayuntamiento ha fijado una norma ineludible: la altura de la fachada que se eleve perpendicularmente a l a calle tiene que estar proporcionada a la anchura de ésta. E s por ejemplo, lícito elevar diez pisos perpendiculares a una calle de diez metros de anchura. Pero, a fin de. conciliar la higiene y comodidad con el negocio y las necesidades de expansión en la vía aérea, se ha encontrado u n expediente que contribuye a hermosear la estructura del rascacielo, Y es que sobre estos diez pisos primeros y. perpendiculares pueden elevarse muchos mas, siempre que el arquitecto los vaya cortando en planos escarpados. D e este modo el sol no tropieza con una. valla, gigantesca que le impida llegar a la acera. E l resultado artístico es sorprendente; se dirían, estalagmitas de claros colores, panteones faraónicos, pirámides, muros, y terrazas de templos babilónicos. D e cerca anonadan y empavorecen al transeúnte. D e lejos, maravilla su grandeza soleada, su equilibrio de masas verticales, de segmentos cúbicos, de torres cuadradas o cónicas- -ejemplo: el Standard O i l cuatro obeliscos- maravilla su arrogante y severa, desnudez. E n algunos de los más recientes rascacielos hay lo que llamaríamos el rascaiti) Hemos: tres, cuatro y hasta cinco pisos hundidos en la tierra rocosa. N o basta a los neoyorquinos el dominio del espacio; necesitan poblar v adornar el subsuelo, para comerciar en él. L o s ascensores descienden rápidamente, y si vosotros no tenéis la precaución de advertir que bajáis al floor, al nivel imperceptible que separa el rascacielos del rascainfiernos, y esperáis a salir cuando, el ascensor remate su trayecto, corréis el riesgo de perderos en las zahúrdas de Plutón Donde, por cierto, en- contraréis toda clase de comodidades y refinamientos. Encontraréis los mismos shops (tiendas) que en la calle, y hasta una calle que os Heve a la estación del Metra y del ferrocarril y a la calle verdadera. E n c o n traréis bares, farmacias, librerías, limpiabotas, peluquerías, restaurantes. Encontraréis EN E L DISTRITO FINANCIERO, EN LA BAJA C I U D A D ESTE RASCACIELO ROSACEO, E N PLANOS ESCARPADOS, MARAVILLA POR SU GRANDEZA Y E L EQUILIBRIO D E SUS MASAS VERTICALES. (FOTO ORTIZ)
 // Cambio Nodo4-Sevilla