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EL LIBRO QUE NADIE D E B E DEJAR D E L E E R EL CAPELO giratorio Lea usted I 1II I I I Tratado práctico de etiqueta y distinción s o c i a l E x p l i c a c l a r a m e n t e lo que debe h a c e r s e en todos loa l u g a r e s y c i r c u n s t a n c i a s de l a v i d a p a r a a t r a e r s e l a s i m p a t í a y e l a p r e c i o de los d e m á s Í N D I C E I n s t r u c c i ó n el trato con nosotros mismos, l e n g u a j e c o n v e r s a c i ó n c o r r e s p o n d e n c i a tarjetas, t r a t a m i e n t o s s a l u d o s obsequios, presentaciones; d e l h o i gar, v i s i t a s h u é s p e d e s fiestas, b a n q u e t e s bailes, j u e gos, d e p o r t e s r e g l a s p a r a l u g a r e s p ú b l i c o s n a c i m i e n tos, p r i m e r a c o m u n i ó n bodas, f a l l e c i m i e n t o s v a r i a s c e r e m o n i a s deberes r e l i g i o s o s e t i q u e t a p a l a t i n a y; deberes p a t r i ó t i c o s ENCUADERNADO E N TELA: 6 PESETAS E n v í o s a provincias: 6,75 pesetas. 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Gayoso, Arenal, 2, farmacia, y en todas partes. liliI I I 6 E. R O D R I G U E Z- S O L I S LOS GUERRILLEROS D E 180 S 7. Conozcamos la sociedad y costumbres de aquel tiempo. Las altas damas, entregadas a las modas de F r a n cia, lucían en las tertulias y saraos los trajes blancos, ligeros y ceñidos, llamados volubilís; el peinado griego y la llamativa banda de rosas al pecho; y el de las manólas, es decir, el guardapiés de raso, adornado de bolillos y alamares, la rica peineta y la airosa mantilla en sus paseos nocturnos y en sus meriendas en el río, con algún torero afamado o algún artista de genio, -únicos que las atraían y conquistaban con su mérito en aquel concierto de hombres banales y de ridículos petimetres. Bl noble lucía chupa blanca, bordada en colores; chorrera de encaje, calzón de. punto, casaca de piqué de seda, con botonadura; vuelos riquísimos, en las mangas, guantes de seda o cabritilla, muchos anillos, dijes en los relojes, espadín de acero con vaina de marfil, y sombrero apuntado, siempre bajo el brazo, p a r a n o estropear el peinado. Su, traje descubría su afeminamiento; alejado de toda empresa noble y grande, corría tras de la manóla, que se burlaba de él, y alternaba con el manólo, que le despreciaba. L a vida material estaba, por decirlo, así, reglamentada, y era igual para todas las clases. A las. doce, hora que algunos chuscos llamaban del garbanzo, y que todos recibían con u n- AveMaría, la comida, servida en platos de Talavera y sobre manteles gallegos; por la tarde, el chocolate en marcerina de plata, con bollos de Jesús y vasos de. agua, en salvilla, con pernal (esponjado color de rosa, que las señoras de la casa- servían por su mano a los frailes, o de los llamados de hito hechos con, azúcar tostada, si la familia estaba de duelo; y por la noohe, la colación o cena. Las gentes de la clase media oían. misa diaria, rezaban el rosario entero todas las noches y t r i- sagio tres veces a la semana, y confesaban todos los sábados, añadiendo a la confesión tres horas de. recogimiento; asistían por la tarde a alguno, de los. dos. coliseos que contaba Madrid, para ver re- presentar a Máiquez Fenelón o el Ótelo, oír la can- ción del Arroyito o aplaudir Las boleras. robadas, o se permitían entrar eu los llamados cafés, que i eran unas salas grandes, con bancos de pino, en los que se servía el café en salvilla de peltre, con azúcar terciada, y el agua en vasos de vidrio. L a nobleza, los frailes, los consejeros, los togados, los mayorazgos y los desocupados pasaban el día visitando las Covachuelas, tiendas iguales a las que hubo en la calle del Carmen, al pie de la iglesia; o las Gradas de San Felipe, vulgarmente llamadas el Mentidero; la tarde en los paseos de Las Delicias, La Florida o El Canal, o en la botillería de Canosa, situada en la Carrera de San Jerónimo, a la puerta de la cual paraban los coches y se hacían servir por sus lacayos la exquisitas bebidas, que. tanta fama dieron a Canosa; y la noche, en las tertulias y saraos. E l pueblo tenía los lunes toros, por mañana y tarde; los domingos y fiestas de guardar, que eran entonces numerosas, misa y procesión; todas ¡las tardes pedreas, y todas las noches y todas las madrugadas, rosarios, que terminaban en batallas, sostenidas por unas Cofradías con otras, o se desgraciaban por las borracheras de los que llevaban los faroles, o las risas que excitaba el sacristán ai explicar los misterios; y, por último, el lúgubre y temido pecado mortal, cuyos hermanos, envueltos en Ja -ancha capa y con la obscura linterna, semejaban fantasmas. ¡Y sin embargo, este pueblo ignorante, defecto de que él no era culpado, y vicioso, falta que había aprendido de las altas clases, valía más que ellas, por lo sano de su corazón, la nobleza de sus pensamientos y lo altivo de su carácter! Las cartas se encabezaban todas con una cruz, y eran más temidas que esperadas. Sólo. había en M a d r i d unos cuantos coches de los llamados de pechera, simones berlinas y cabriolés para el servicio público, y las ligeras calesas para ir a los tofos. L o s viajes se realizaban. por galera o por los arrieros; en coches de cocheras o por la posta, y el que lo emprendía confesaba y hacía testamento antes, y lá familia, mandaba decir misas diariamente hasta su- feliz regreso: Algunas pinceladas más, y concluímos. En 1808, las esquinas de M a d r i d estaban Ikiias
 // Cambio Nodo4-Sevilla