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A B C. J U E V E S 8 DE MAYO DE 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. PAG. 7 mado por Sagasta con todos los prohombres de su partido. N o había formado tal combinación sólo por producir un efecto ni por ufanarse de presidir a los que presumían ser superiores a él y verles sometidos a su autoridad y disciplina. Perseguía un efecto más práctico: el de reducir a los jefes de las taifas a la impotencia, llevándoles a descubrir ante la opinión pública las pasiones que les movían; para ello le bastaba meterles en el mismo saco; una vez dentro, ellos solos se sobraban para destrozarse en breve tiempo. Así fué; aquel Ministerio, convertido en un continuo batallar, en constante guer r a civil, se liquidó a los pocos meses. Natural es ante todo lo que se nos cuenta que Sagasta fuera un escéptico, y ¡cómo no había de serlo al contemplar las pasiones de los hombres que le rodeaban, su ansia y su impaciencia ante las proximidades del Poder! A! comprender que éste se le iba con los años se apresuró el desmoronamiento del partido liberal; ingratitudes, apartamientos, esquiveces, deserciones... T a l es el léxico del conde de Romanones... y tal la conducta de sus antiguos (y no sé si actuales) correligionarios. ¡Pobre Sagasta! S u agonía parlamentaria fué l a r g a en cada sesión se repetía la misma escena, y se acusaba el desfile más o menos silencioso de los amigos, que buscaban otro cobijo, seguros de que el poder de Sagasta no tendría mañana; espectáculo desconsolador, pleno de amargura. E s a amargura es la que nos produce el observar que nadie b a aprendido nada n i piensa en enmendarse. De. aquí la infecundidad demoledora de todos los movimientos espasmódicos de ahora. Ante ellos sólo cabe pedir al país que por sí mismo provea y escarmiente. E L- VIZCONDE D E E Z A i del progreso y de la influencia crecientes de Nueva Y o r k donde las raíces yanquis se pierden en el cruce inextricable de razas de cinco continentes. Pero el neoyorquino se defiende contra la americanización contra el protestantismo, contra la masonería, contra el nacionalismo, contra la asimilación de todos los principios morales, religiosos, sociales y políticos anglosajones. E l es un castizo A él que le dejen en paz, de up town a dozvn town, de Harlem a W a l l Street, de Manhattan a Brooklyn, en su oficina, en sus Avenidas, en sus partys amistosos, en sus dancings, en sus speakeasiesj donde pueda beber alegremente, y en mangas de camisa, sacudiéndose las convenciones de casta y las leyes prohibitivas. Vedlo caminar, el puro indolente y con anilla a un extremo de la boca, el hongo- -o la gorra- -scbre la oreja, braceando garbosamente, el pecho afuera, retador, los zapatos brillantes, decidido en el andar, la cabeza en alto, insolente la m i rada, el gesto desenfadado, dueño de Broadway se diría un personaje de Arniches, si Arniches Jiubiera creado alguna vez un castizo con misoginia. Y con todo Freud metido en la cabeza. LA VIDA EN NUEVA YORK Tipos y escenas de Arniches Ahí donde ustedes lo ven, el neoyorquino es todo un castizo L e han quitado el alcohol, le han enseñado a respetar los privilegios femeninos, le han depurado en el crisol de una organización social inflexible, le han cortado las alas que le nacieron en su país de origen o que heredó de sus padres emigrantes. L e han convertido, en fin, a la masonería del puritanismo y a la mesocracia del dólar. Pero él sigue siendo un castizo U n brote rebelde y frondoso en la enjuta sociedad anglosajona, arraigada en el Sur y en el Oeste. Nueva Y o r k representa en los Estados Unidos, con más categoría que Chicago, San Francisco, Boston o Filadelfia- -ciudades antipuritanas- Nueva Y o r k representa la heterodoxia, frente a la tradición de los viejos y severos protestantes de la conquista. Representa el cosmopolitismo, la tolerancia y la disipación. Los buenos y honestos americanos, que hablan de su pueblo como del pueblo más sabio, más demócrata y más avanzado que se d i cen escogidos de Dios para salvar y purificar el mundo que se envanecen de que l a única guerra perdida haya sido la guerra en que la tercera parte de los yanquis fué vencida por las otras dos terceras partes. (1) esos americanos sin mácula recelan -Desde la ley seca apenas si se come en Nueva Y ork- -me decía un buen neoyorquino- E n otros tiempos, cuando nos dejaban beber, nadie nos ganaba en apetito. Pero ahora... Y aquel ahora quejumbroso, lanzado a las once de la noche, en el centro mismo de la ciudad, coincidía con el paso a nuestro lado de un borrachín gordo, pequeño, piernas de pelícano, elegante y locuaz, que revoloteaba torpemente, como la mariposa ante la luz que la quema, en torno a un inconmovible policeman, a quien, sin duda, tomaba por una sólida farola. -N o se comerá en Nueva Y o r k- -d i j e a mi triste yanqui- pero beber... ¿Quiere usted un poco de vino español, un Rioja auténtico? A dos biocks de esta calle encontraremos el restaurant, ¿Quiere usted whisky, champagne, chianti. J Dígame lo que desea beber, y con mucho gusto beberemos a la prosperidad de América y de su ley seca una taza o un vaso, según el sitio. ¿Será preciso que un extranjero le enseñe a usted los lugares públicos y privados donde beben y se embriagan, en amalgama estruendosa, hombres y mujeres... Pero ahí tiene usted, a nuestro lado, el más elocuente ejemplo. U n ejemplo que se va a estrellar contra la panza de ese robusto guardia de palo. E l guardia no se movía. A su alrededor, y silbando- -fo. vtroteando- el borrachín menudo y ventrudo de las piernas de pelícano parecía un peón de música. ¿Y qué hace ese policeman que no detiene en flagrante delito de alcoholismo a un violador de la ley seca -pregunté. -N a d a ¿Qué quiere usted que haga? U n borracho es aquí un enfermo, que necesita el tratamiento amoroso de la sociedad, y el policeman representa ahora a la sociedad yanqui. -P e r o ese hombre es un delincuente. ¿Por qué no lo detiene, aunque sea un poco amorosamente? -Porque no lleva alcohol encima. -Claro. Como que lo lleva dentro... -L a cosa es muy distinta. E l policeman concluyó por coger al borrachín y meterlo en el vestíbulo de un hotel para dejarlo allí, a salvo del frío. A los (1) F r a s e s de u n a r t í c u l o d e l A m e r i- 1 pocos momentos lo volvimos a ver, solo y zigzagueante, canturreando la monserga de c a n J o u r n a l of S o c i o l o g y c i t a d o p o r S i e g í r i e d en s u l i b r o L o s E s t a d o s U n i d o s de A l Jonson Sonny Boy, de El loco cantor. Y como nos oyera hablar en castellano, vino a nosotros, sonriendo, y nos interrogó en yanqui: -u Hablan ustedes en ruso? -N o hablamos en español. ¿Y tienen ustedes bananas? Y se alejó, castizamente tarareando el famoso We have not bananas, conocido, como todos los fox de América, en el mundo entero. -E s increíble. Se diría que estábamos en la Puerta del Sol. H e venido en busca de Walt Whitman, y me encuentro con Carlos Arniches. -N o haga caso. Debe de ser un extranjero. Debe de ser un judío de Polonia. -N o lo niego. Aquí todos son un poco extranjeros. Y desde luego, íntegramente extranjeros en eso de beber alcohol de todas las categorías y países, mixtificado o legítimo. Un conductor de taxi me llevó el otro día a un lugar de pecado; a un speakeasy de los que han adquirido fama mundial después de la ley seca M e dijeron que era reservado. Debo de tener cara- de muy discreto, cuando me facilitaron la entrada sin más expediente que el dólar, O acaso el chauffeur tenía participación en el negocio. L o cierto es que entré. Entré como pudiera haber entrado en una pagoda. Y o tengo muy poco i n terés para un yanqui porque ustedes todo io ven a través de la ley seca del psicoanálisis y de los judíos, y yo ni bebo alcohol ni presento una sensualidad pervertida y freudiana ni me preocupo del Talmud... Bueno; entré en el speakeasy, y, una vez dentro, ríase usted del Man Act, del Yolstcad Act y de todas las leyes prohibitivas y puritanas de América. L e puedo asegurar que, ni ellos n i ellas eran extranjeros. L o conocí porque citaban a Freud. L o conocí porque eran judíos que hablaban mal de los judíos. L o conocí por la avidez con que agotaban las copas de alcohol, sin saborearlo, de un solo trago, como si fuera una purga. U n a purga de millonarios, eso sí; de millonarios, y de contrabandistas. ¿Quiere usted que le cuente historias de contrabando por el Canadá? Quiere usted que le cite nombres de neo ¿yorquinos enriquecidos por el Volstead Act? Oh, la ley seca G r a n cosa para los negros, y para el Sur y el Oeste. Pero, ¿aquí? Cómo puede usted hacerme creer que ese castizo borrachín es extranjero? N i por borrachín ni por castizo Pregúntele usted por el complejo de Edipo, y ya vera, ya verá cómo se sabe a Freud de memoria. (N i era tampoco extranjero el voluminoso policeman, que a la una de aquella misma madrugada, yendo en el Metro con un i n teligente ex redactor de El Debate, C i r i c i Ventalle, avecindado en Nueva Y o r k se nos echó amigablemente, encima y estuvo a punto de aplastarnos, con sus cien kilos confianzudos, que eran insuficiente envase para contener el contrabando interior- -y, por lo tanto, lícito- -de bebidas alcohólicas. U n bigote y cincuenta kilos menos, y se hubiera dicho un guardia de La verbena de la Paloma. Pero, de aquí o de fuera, lo cierto es que se ven muchos castizos -ebrios de alcohol, de negocios o de freudismo- -por las calles de Manhattan. V a n canturreando, fumando, mascando y brincando, al borde de la acera, veloces. N o acierta uno a explicarse cómo no habrán aprendido aún estos castizos a darse el alegre papirotazo en el hongo y a amargarle a uno con el golpecito guasón en el abdomen. Pero un hombre que le pregunta a usted en la calle si tiene as ted bananas y un guardia que se le echa encima con una embriaguez autoritaria rio necesitan el aprendizaje de Cascorro para ingresar en la galería de castizos arrúcheseos. Ningún tipo de saínete madrileño
 // Cambio Nodo4-Sevilla