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RODRIGUEZ- SOLIS L O S G U E R R I L L E R O S D E 180 S 21. internas- -contestó e l señor M i r a n d a- que causan Jástima y espanto. ¿Tal es l a opinión de usted? -preguntó el ¡marqués. -Y ¡la mía- -añadió don Luis, mirando a la con ¡desita. -Q u é poco conocen ustedes l a vida interior da ios palacios. Sabido es que la muerte del conde de la Unión ¡bajo los muros de Fáguera s, la toma de Rosas y EFuenterrabía, dieron por resultado la paz de 1795, que valió a Godoy una guardia especial para su persona y el título de Príncipe de la Paz. -P o r una guerra que él había provocado- -dijo ¡don Valero. -E s a guardia y ese título causaron un efecto deplorable en el país- -dijo el señor Miranda- ¿P e r o- usted cree que hay país? Quién lo duda- -añadió don Luis. -P e r o si no hay ilustración, ¿cómo ha de haberj. J aís... Y o creo- -añadió el marqués- -que el hom- bre no ha venido a este valle de lágrimas paraIsotener luchas estériles, sino, para sacar de l a vida el mejor partido posible. -Pobres ideas- -exclamó don Luis. -Para usted, que es un soñador. -Añada usted u n visionario- -dijo riendo la conHesita- -que siempre nos está hablando de emancipar al pueblo, y darle derechos, y concederle libertad; libertad que se convertiría en libertinaje. -N o tanto, Isabel- -dijo el señor Miranda cotí bondad- E l hombre ha nacido libre de las manos de su Creador, y justo es que libre pueda v i v i r yj morir. -E s verdad- -añadió el abad. Qué locuras! -düo el marqués- ¿Quiere us jted u n polvo, señor Echarri? -C o n mucho gusto. ¿Y fué cierto lo de Malaspina? -preguntó dorij Valero. -Y tan cierto. ¿Q u é fué ello? -dijo el señor Pa s. -Regresó el célebre marino Mala spina de su viajé, alrededor del mundo, trayendo infinidad de curiosidades ¡que ofreció a l o s Reyes. S u hermosa- ¡figura ínarista; medio el más seguro entonces para lograr una banderola, si el joven era guapo y enamorado. E l guardia de Corps pasaba su vida galanteando mujeres, corriendo príncipes o Reyes, entrando de zaguanete o de centinela... E r a una hermosa vida, sólo amargada por la falta de dinero, según dijo uno de ellos a la Reina en aquellos célebres versos. Baste, pues, decir por Dios, a Vuestra Real Majestad crea mi necesidad, t ues soy un guardia de Corps. -E l vulgo los llamaba chocolateros, como á loa! ¡frailes- -dijo el señor Echarri. -N o todos eran iguales- -añadió el marqués- jpues los había de familias ricas. ¿Yi los guardias Walonas! -preguntó don M i guel de Pas. -E n cuanto a esos, era distinto. P a r a entrar en ellos se exigía una renta propia, y imlona ha h a bido que ha costado cuatro m i l duros; y continúo. Poco a poco, la culebra se iba enroscando a l pecho de María Luisa. D i o celebridad por aquellos días a Diego Godoy, tino de los guardias más guapos, sus desgraciados amores con una tejedora de Segovia, a la que sus padres hicieron desaparecer para librar a la paloma del atrevido gavilán, dejándole tan, desconsolado, que juró que ninguna mujer, por hermosa que fuese, y por alta que estuviera, le haría olvidar a su querida tejedora. Apenas lo supieron las camaristas ¡fueron con el cuento a María Luisa, que, picada ¡en su orgullo de mujer y Reina, decidió conquistar a Godoy, ayudada de las dos damas. -Observo- -dijo el señor Miranda- -que sigue usted llamando damas a l a P i z a r r o y l a Matallan? -E r a su cargo en Palacio... -Entendido. -P e r o el homore propone y el destino dispone. Perdone usted que no haya dicho Dios, señor abad porque no creo que Dios se meta en cosas como las que v o y a referir. U n a tarde, en San Ildefonso, salió l a Reina a paseo, cuando, espantado uno de Jos caballos de l a escolta, arrojó a l suelo, a su ji áte.