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Augsburgo, la c i u d a d d e l oro y ei cisma. o iejos de Munich, tendida a orillas del Lech, está la antigua ciudad de Augsburgo. Pocas más interesantes, y ninguna gozó de su esplendor allá en los albores de la Edad Moderna cuando las grandes corrientes del comercio ansiático habían de hacer alto junto a sus muros para desbordarse en las campiñas de Italia tras de salvar la brava y aguda cresta de los Alpes. Tiempos guerreros eran aquellos, y su ámbito, que albergó las disensiones religiosas para apaciguarlas después, fué también el enlace del oro que venía de Occidente y las riquezas traídas del lejano Oriente. L a ciudad era grande, rica, poderosa; sus regidores parecían príncipes, sus banqueros prestaban a reyes, su oro acorría a todos y hasta ella venía el veneciano ansioso de ensanchar su mercado difundiéndolo hacia el Norte. U n antiguo dicho alemán lo proclamaba: L a fuerza de Venecia, la suntuosidad de Augsburgo, la artillería de Estrasburgo, el ingenio de N u remberg y el dinero de U l m rigen al mundo. Pero hoy todo está muy lejos, y el recuerdo de su pasada grandeza sirve de lenitivo a los que estos días viven en la ciudad. Sin embargo, recorriéndola no puede menos de sentirse, la visión de aquellos tiempos. Y si el dinero se fué, la gloria quedó y con ella, para darle escolta y ser recuerdo de desmemoriados y complacencia de hombres de gusto, un montón He edificios, barrios enteros donde surgen viejos fantasmas conocidos que, mientras estemos en su recinto, no nos atreveremos a disipar con el manotazo importuno de la materialidad del día. Por ella pasó ntiestro Carlos, el Cario famoso que cantó Zapata, empeñado en llevar a su pueblo a una contienda europea, mientras desatendíamos lo de América, y de ella nos vinieron los Fugger, los banqueros de los Habsburgos, que, con la es- N I. A CALLE D E MAXIMILIANO, ARTERIA PRINCIPAL D E LA CIUDAD, Y L A IGLESIA DE SAN ULRICO pañolizada forma de su apellido- -Fúcar- los tenemos en el Peregrino curioso cuando nos dicen: N i gastan como picaros ni prestan como fúcares... Soberbio linaje el de esta familia. E l oro les encumbró; fueron príncipes por merced imperial y dominaron un día las cortes más fuertes de Europa. Maximiliano enseñó el camino a Carlos, y como el limón de Castilla estaba estrujado y ahogado en sangre el grito viril de la españolidad, fueron sus proveedores para tanta campaña. E n Augsburgo, y en su calle más céntrica, se levanta aún la casa de los Fugger. Pinturas murales decoran su fachada; sus baños, hechos al gusto italiano, son hoy museo, y en el portalón de entrada, en sendos bustos, pueden aún verse los progenitores el la familia y frente a ellos los Monarcadeudores: Maximiliano y Carlos. Los Fugger eran gente de confianza y, además, gente a la moderna. Lo de los honores que se les concedía, eso de príncipes del Santo Imperio y condes de Kirchberg, sospechamos que no les hacía más efecto que el de la pomposidad que también necesitaban. E l barrio que construyeron en la ciudad, la Fuggerei, revela un criterio avanzado y una manera de ver las cosas como acabados economistas. (Hoy más les recuerda esta sti obra estas cincuenta y tantas casas modestas para menestrales que el otro caserón lujoso en que vivieron. Eran hombres prácticos y además conscientes. Con la nobleza, honores y ringorrangos, al fin y al cabo eran clientes; pero con el pueblo, favores, que eran los más, y los años lio muv buenos. Con ser ellos las figuras centrales alrededor de las cuales gira la historia de la ciudad, hay en Augsburgo muestras de un esplendor artístico admirable. L a parte gótica de la Catedral es deliciosa y la magnífica Casa Consistorial un monumento del gusto italiano renacentista, cuya severidad de líneas y cuya parquedad de adornos supo captar eí genio de Elias Holl. En la primera están las tablas famosas de la vida de la Virgen de Holbein el Viejo, y al pasar el sol por los ventanales del ábside, bañando en claridad las naves, parecen cobrar vida las figuras a las que dio su alma el pincel del artista. En la Rathaus está la sala dorada famosa entre las famosas de Alemania, sobria y barroca al mismo tiempo, tomada en sus líneas de la sala veneciana del palacio de los Dogos. Y junto a esta vida artística que culmina en Holbein y en Burgkmair se desenvuelve en la ciudad el otro panorama vario y movido de las contiendas religiosas. Pero si de aquéllas aún podemos ver los destellos de modo palpable, de éstas se nos esfuma el recuerdo para entrar de lleno en los campos de la Historia. Días de revueltas protestantes inolvidables: Carlos y Lutero, E i senach y Wuttenberg, la Liga de Smalkalda, las cóleras del César, la tozudez del fraile rebelde y, finalmente, la paz, la tranquilidad que vuelve en apariencia. Confesión protestante famosa, luchas que se enconan, landgraves que se encolerizan, condes palatinos y disensiones cortesanas, correrías de las tropas, odios, aislamiento y, al fin de todo, la paz de Augsburgo: Carlos que vuelve a España a buscar sosiego a Yuste y los principales alemanes que siguen haciendo política. E l venir a Augsburgo, el recorrer sus calles, es recordar, vivir a trozos un poco del pasado, al que le hacen volver a uno, sin pretenderlo, el encanto de tanto rincón histórico y el trazo insuperable de tanta barriada típica. M GARCÍA B L A N C O LA CASA D E LOS TEJEDORES ENGALANADA CON PINTURAS MURALES, Y LA PUENTE DE MERCURIO