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M El maqumismo y la ilusión del paraíso perdido OCHO antes que Rabindranah Tagore en su drama La máquina, representado hace algún tiempo en París, había señalado nuestro gran Palacio Valdés, en La aldea perdida, los estragos que la civilización moderna hace allí donde la vida, por su ritmo lento y por el predominio de un régimen de familia patriarcal, revestía nobleza y dulzura que el maqumismo desaforado de nuestro tiempo suefe ahuyentar rápidamente. L a máquina- -se dice- -aleja al hombre de la Naturaleza, le hace olvidar sus leyes y sus enigmas, le proporciona goces y facilidades falaces en cuanto a los medios de existencia y lo aparta fatalmente de la meditación de los fines de la vida. Y cuando se consideran el espectáculo que suelen ofrecer las grandes ciudades industriales, la melancolía de los barrios obreros, la visión de las minas de carbón, de los altos hornos o de esas fábricas de productos químicos donde entre humaredas tóxicas y lívidas luces los hombres parecen sumergidos en el octavo círculo del Infierno del Dante, todo lo que el gran poeta asiático afirma se diría que adquiere un tono profético. E l maquinismo, en verdad, ha dado na- normales esas multitudes indias que habitan una de las regiones más fértiles del planeta inspiran compasión por su escualidez y su aire famélico. Pero el poeta, para quien la vida material confortable, por la que los occidentales luchan tanto, no es sino una forma de envilecimiento cuando la compara con la suya inflamada de idealismo, y con la que preconiza para todo el género humano, no se dejaría impresionar por el argumento de la penuria en que viven resignados millones de sus compatriotas. Por eso ahora vuelve a Europa a predicar de nuevo contra los excesos de nuestra civilización industrial, que, según él, nos aparta del verdadero destino de! hombre. Esa vuelta a la existencia primitiva, ese retorno a la santa simplicidad que el pensador indio, y con él sus innumerables discípulos defienden, ¿es otra cosa que un nuevo ataque, de apariencia más suave, pero en el fondo más peligroso que los bélicos del Oriente contra el Occidente enemigo? Ese gusto por la inactividad, ese desdén hacia las formas de dominio de la naturaleza material que constituyen el fondo de todas sus predicaciones, ¿no son una tentativa de desquite que el Asia, vencida y dominada por C A M P E S I N O S D E LA MANCHURIA, QUE PARA REGAR UN CAMPO (PRÓXIMO NI SIQUIERA H A N LLEGADO AL ARTIFICIO D E L MOLINO D E VIENTO el europeo, intenta tratando de disolver en éste el gusto de la acción, la voluptuosidad de señorear la materia y de encadenar sus fuerzas elementales? Así, por lo menos, lo scstenía Henri Massis en su Defensa de Occidente. Pero nuestra civilización industrial aún no ha invadido sino una parte mínima del mundo. Todavía en grandes proporciones de él se vive como hace milenios. He aquí al hombre de ciertos rincones del Asia Menor que extrae el óleo del algodón en la forma más ruda y primitiva de que hay vestigios. Y al artífice dogales que llorada las perlas según la tradición de hace cien generaciones. Y a los calafates de la isla de Ceylán también que construyen su canoa tal como las hacían sus antepasados miles de años atrás. Los procedimientos y los instrumentos modernos, que simplifican y abrevian el trabajo, les son desconocidos, y la frágil nave en que se lanzarán sobre el Océano les cuesta semanas de ardua labor bajo el sol de fuego. Aquí está el orfebre indostánico, trabajador de los metales preciosos por métodos archicentenarios, que hace pensar en esas imágenes de artesanos perpetuadas en las antiguas pinturas murales de los monumentos funerarios egipcios. Y- el tornero del Cáucaso que labra la madera con su arcaica rueda movida por el pie. Y los campesinos de la Manohuria que, para regar su huerto próximo, ni siquiera han llegado al artificio secular del molino de viento y hacen subir el agua cercana con su esfuerzo constante y personal, según lo muestra el rústico artificio elevador de que se sirven. Y más primitivo todavía el arte de ese médico de una tribu zulú que trata de sacar a ún endemoniado Heno de fe los malos espíritus que se le han introducido subrepticiamente en el cuerpo. cimiento a las ciudades tentaculares que Verhaeren cantó en sus poemas. Pero no le son imputables muchos males, y entre ellos esas tragedias colectivas que los diarios designan con un nombre tan opaco como el de paro forzoso? Hasta en los Estados Unidos, donde la prosperidad es general, hay ahora millones de obreros sin trabajo, como en Inglaterra y Alemania. Y es claro que, podría objetarse a Tagore, también en los países de Asia, donde se perpetúa la vida antigua y la máquina no ha comenzado a difundirse, se producen periódicamente hambres que aniquilan inmensas muchedumbres. Aun en los períodos ARTÍFICE CINGALE 9 QUE HORADA LAS P E R L A S COMO H A C E CIEN GENERACIONES
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