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L a inmensa m a y o r í a de la especie humana vive así, como hace muchas centurias. (Hasta en nuestro propio país, y lo mismo en otros de Europa, se encuentran rincones a los que la civilización industrial no ha llegado sino de modo intermitente o por sus productos; pero donde el alfarero, el carpintero, el nombre que trabaja los metales, el que agujerea l a m o n t a ñ a para albergarse EL HOMBRE QUE E X EL OLEO EN Y DEL FORMA TRAE RUDA ALGODÓN PRIMITIVA EL TORNERO QUE L A BRA UN LA MADERA CON ARCAICO TORNO CON E L PIE MOVIDO cerno un troglodita, tienen la mentalidad y las edades que el b u r g u é s habitante de gran ciudad considera extinguidas. E s Í L cil acercarse a ellos. ¿Q u i é n no lo ha hecho? ¿Y p o d r í a decirse que el alma de estos hermanos rezagados, que parecen supervivientes de tiempos remotos, sea m á s pura, mas transparente, m á s capaz de idealismo que la del obrero de las grandes aglomeraciones urbanas? H a y una ilusión, que arranca de J J Rousseau, s e g ú n l a cual toda la c o r r u p c i ó n ckl espíritu humano es obra de l a c i v i l i z a ción y del comercio social precisamente. A fines del siglo x v m prevaleció durante cierto tiempo esa imagen del salvaje angelical en su inocencia. L a cultivó luego el Romanticismo. De esa presunta bondad angélica nacieron los gustos pastoriles de una sociedad cultivada que acabó en la guillotina. S u e ñ o de l a existencia campestre, saturada de goces puros y de aspiraciones a lo infinito. Quien ha frecuentado los campos y las regiones sin civilizar sabe a qué atenerse respecto de esa poesía bucólica. Pero en los periodos que siguen a un g r a n trabajo fructuoso, como el que la H u m a n i dad ha realizado desde los comienzos del siglo x i x hay algo en ella que anhela el reposo, obscura protesta del pasado vencido o temor ante la posibilidad de que se descifren pavorosos enigmas. Y entonces vuelve a surgir esa nostalgia del primitivismo, que después de l a Enciclopedia se exalta con ¿líala, como después de los prodigios del íivión y de la radio se entusiasma con ese ideal de vida rústica que Tagore quiere i m buir a los hombres de Occidente. Q u i e n a ñ a d e ciencia a ñ a d e dolor- -ha d i cho el Eclesiastés- P o r evadirse del dolor hay quienes quisieran desertar de la c i v i l i- V N zación, imaginando hallar la paz del alma fuera de ella. Pero ¿e s seguro que en medio de esos hombres que viven a ú n la existencia de otros tiempos se hallan la bondad fraternal, la ingenuidad, la solidaridad que debiera imponernos el misterio, que nos es común, de la vida y de l a muerte? L a experiencia parcial que tenemos de los pueblos que no pueden llamarse civilizados nos i n- clina al escepticismo. Lejos de creer en la excelencia del hombre que no ha trabado relación habitual con la m á q u i n a tememos que t a m b i é n su alma sea, s e g ú n la frase del poeta, esclava de los siete pecados capitales. Porque nuestra civilización, que ha inventado tantas m á q u i n a s no ha descubierto un solo pecado nuevo. S u originalidad, si acaso, ha consistido en someterlos a u n moroso análisis literario. P e r o l a especie se h a b í a cansado de perpetrarlos todos mucho antes de edificar sobre ellos la moral y de hacerlos materia principal de la historia. JUAN P U J O L (Fotos Contreras y Vilaseca. E L MEDICO BRUJO D E U N A TRIBU ZULÚ, Q U E TRATA MALOS ESPÍRITUS INTRODUCIDOS D E SACAR A U N E N D E M O N I A D O LOS E N SU CUERPO SUBREPTICIAMENTE