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A B C MIÉRCOLES 14 D E M A Y O D E ig o. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 6 3 parte m á s dolorosa de su cuerpo, sujetadle a los postes para que. no pueda h u i r que se suba a esotro árbol el que tenga que tirar de la cuerda; los demás que se escondan en ¡a espesura y guarden silencio. Las detonaciones de los rifles serán la señal para que acudan. Todo el mundo a su puesto. Los caimanes gustan de carne de perro; de antaño conocen esta gula los de F i l i pinas y aun los del N i l o según Esopo; así es que para vadear un río ladran fuertemente en la ribera para atraer la atención de las bes tias carnívoras y luego remontan rápidamente el camino de sirga a contracorriente y se. arrojan al agua. E l mejor cebo para engañar caimanes es el ladrido quejumbroso de un perro. Todos los cazadores lo declaran. Comenzaba el cielo a ponerse azul, la b r i sa marina hizo cantar las hojas de los á r boles cuando a un tirón de la larga tomiza (mecoste) siguió un ladrido desesperante, dolorosísimo del pobre can prisionero en la jaula de estacas; hubo una pausa, después nuevos tirones coreados por latidos angustiosos. Enfrente de nuestro improvisado balconaje corría al mar el río Donsol, besando las márgenes floridas con sus aguas sucias, de reflejos opalinos y cárdenos. P o r un momento creí que todos aquellos preparativos cinegéticos resultarían infructuosos; los pajarillos despertaron y, sin alisarse las p l u- mas, llenaron el aire de a r m o n í a s una boa atravesó la plazoleta y se perdió veloz en la fronda; salió el sol, cayó la brisa y un calor de horno se exhaló de la tierra. De, pronto; una cabeza enorme de caimán emergió de las rizadas, suaves ondas del r í o -abrió las inmensas quijadas, rniró a todas r- artes con recelo v íJe escondió en la corriente sm dejar: otro rastro que a l- gunos surcos concéntricos, que, al agrandarse, morían súbitamente en los matojos de la ribera. E l indio encargado de atormentar el perrillo siguió jalando de la cuerda, y los lloros, porque eran verdaderos lloros del faldero, se dejaron oír otra vez lastimeros y angustiados. ¡J a m á s la voz humana utilizó tan horribles quejidos para expresar el dolor! Dos buenas horas llevábamos en acecho, absortos y mudos, cuando a un intenso alarido del perro surgió de entre los matorrales, no ya l a cabeza, sino el cuerpo inmundo de un caimán que medía m á s de tres metros de largo. Aunque me hallaba a buen recaudo, la aparición repentina de aquel horrendo animal me dio miedo; hacía calor y sentí f r í o para animarme requerí el W i n chester y apunté. Cautelosamente, marchando con tal lentitud que apenas se advertía el movimiento de las patas, derramando l a vista a diestro y siniestro, fué el caimán acercándose a la estacada en cuyo vértice latía sollozando el gozquecillo, dando saltos para desasirse de las fuertes ligaduras que íe sujetaban a las estacas. Y o apunté al ojo derecho de la asquerosa bestia; pero, siguiendo las indicaciones de Paciano, no disparé. Por fin, el inmenso saurio, arrastrando su grueso cuerpo sobre das hierbas, entró en la rampa con alguna prisa. De pronto, a la mitad de la, entrada, aunque la golosina del perro no distaba de sus fauces más de dos metros, se detuvo indeciso y receloso, miró a todas partes y, reconfortado con la inspección, abrió sus descomunales quijadas con regocijo glotón. Hasta me pareció que sonreía. Paciano Imperial, aprovechando el bostezo de satisfacción, dio asto al dedo. ¡Pura, pum! sonaron dos tiros; ¡pam, pam! contesté yo, disparando otros dos. E l caimán se levantó sobre las patas traseras, completando el tripode la gruesa protegida cola; intentó el caimán volverse; no pudo; y, tras largos esfuerzos, cayó de costado, dando horrísonos resoplidos, equivalentes al fuelle de cien fraguas. -j Acudid todos! -gritó Paciano al tropel de indios emboscados. De entre la hojarasca verdinegra que ocultaba el boscaje salieron los achocolatados vícoles, esgrimiendo lanzas, cuchillos y lazos de embreado abacá, cuyas fibras, m á s fuertes que el cáñamo, desafían las inclemencias del agua. Con suma destreza, aunque el caimán continuaba estremeciéndose, unoíde los cazadores le echó un lazo a la dentada cola, atando el resto del cordel a un árbol; otro le sujetó la cabeza de igual manera, y algunos, m á s diestros, le aprisionaron patas y manos, i m pidiéndole todo movimiento. E l caimán seguía resoplando con rabia, pero su fortaleza fué impotente para romper las ligaduras. Entonces varios indios, empuñando gruesas lanzas, comenzaron a hundir los sinuosos hierros en. las partes blandas del animal. A ú n tardó la ruin bestia media hora en morir, ¡tan fuerte era! -Desatad, ¡por Dios! al perro- -ordené yo desde mi verde balconada, acordándome del martirio del animalejo. Antes de cargar el caimán sobre una canqa resistente, pudimos apreciar que las dos balas dum- dum utilizadas por Paciano habían destrozado el vientre de la asquerosa bestia. Y o hice blanco, pero las balas de la y pretendiendo igualar su calidad inimitable y todas las características que le han hecho indispensable en todos ios hogares y único en el paladar de los gourmets inteligentes. El Exija el bidón amarillo naranja. El Aceite Giralda no se vende a granel. Si asi se lo ofrecen, rechácelo, es falsificado. es siempre purísimo de olivas de España. Afina las salsas y mayonesas y es la base exquisita de todo plato. Es el que Vd. debe emplear. MIJOS DE LUCA DE T E N A SEVILLA A O R TÍT
 // Cambio Nodo4-Sevilla