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R O D R I G U E Z- S O L I S ¡Tratado de San Ildefonso, y no la permitía venir a España hasta que terminase la causa dd Escorial. -Y en efecto, ¿Godoy pensó en retirarse? -preguntó el señor Pas. -Godoy parece gue aconsejó al Rey que tomase el mando de los ejércitos que debían penetrar en Portugal, a lo cual le autorizaba el Tratado, llevando a Fernando al mando de algunas fuerzas, halagándole así y- librándole de sus intrigantes amigos y de las asechanzas de Napoleón; en tanto que él se retiraría del Gobierno para que entrasen a formarlo hombres nuevos, ajenos a las discordias de Palacio, inaccesibles a las intrigas, valerosos, y sin odios de Francia ni de Inglaterra. ¡B u e n a idea! -dijo el señor Echarri. -Pero el Rey se negó, a pretexto de sus achaques, por temor de no ser bien obedecido por los franceses, y porque si formaba nuevo Gobierno, la nación que no pudiera ganarlo trataría de derrocarlo. ¿Y qué resultó de la causa del Escorial? -E l fiscal pidió la pena de los traidores para Escoiquiz y el duque del Infantado; pero el T r i bunal los absolvió libremente, y el Rey se contentó con desterrarlos, en unión del duque de San Carlos y de algún otro de sus cómplices. Como Godoy insistiera en la necesidad de mantener unidos a Carlos I V y a su hijo para impedir que Napoleón... ¡al fin, empezaba a conocerlo! tomase pretexto de sus discordias para intervenir en E s p a ñ a el Rey llamó a su hijo y le preguntó si creía que la facción que tomaba su nombre por bandera se mantendría tranquila, o si para ello sería preciso que Godoy abandonase el Poder, como deseaba, a lo que Fernando respondió, con los ojos arrasados en l á g r i m a s E l que me ha devuelto a vuestra gracia no ptte de j a m á s separarse de nosotros y cogiendo la mano a Godoyí le dijo que sólo él, que por tantos años había librado a E s p a ñ a de las asechanzas de F r a n cia, podía salvarnos ahora... En cuanto a ese partido de que Vuestra Majestad habla- -añadió- ¿qué puede hacer, estando nosotros unidos, y cuando yo lo he denunciado y reclamado su castigo P ¡Rúen cómico! -dijo don Luis. -i N i el mismo Máiqaez! -añadió el marqués, 1 L O S G U E R R I L L E R O S D E iStiS 43 Juicio de la época. ¡Y esto ha sufrido la noble España, í ¿éa otro tiempo Reina de dos mundos! -dijo, con pena, el abad. -Aquella era otra generación- -contestó el marqués. -L a sociedad actual, bajo apariencias santurronas, está devorada por una horrorosa depravación -dijo el señor Miranda. ¡Triste verdad! -respondió el abad. -Corrompida en ideas- -prosiguió el señor M i randa- en costumbres y hasta en gusto literario; pues mientras canta y se entusiasma con las glorias de un torero, se olvida de nuestros valerosos marinos muertos heroicamente en Trafalgar. -Agregue usted- -dijo el señor Echarri- -la intolerancia de la Iglesia, que considera como herético todo lo que viene de Roma... -Tanto corrió eso... -dijo el abad. -Usted lo sabe mejor que yo, señor don Nicolás. L a religión vive hoy en España de exterioridades. Somos cristianos en el nombre y gentiles en las costumbres. Pan y toros, como dijo- Jovellanos- -exclamó el marqués, sorbiendo un polvo. -Mucha riqueza en las imágenes- -añadió el se ¡ñor Echarri- y mucha miseria en el pueblo. E l culto primitivo, tan hermoso en su sencillez, lo ha convertido l a Iglesia en lujoso y teatral, para fascinar- v seducir. -N o negarán ustedes- -contestó, sonriendo, el abad- -que son filósofos, enciclopedistas y jacobinos. -L a verdad- -dijo el señor Miranda- -tro tiene m á s que un camino. Examinemos el estado del país. Para probar que las opiniones. se hallan divididas, basta consignar que en Palacio hay fernandistas y guardias; en política, españoles y honapartistas; en literatura, la escuela clasico- francesa, ele Moratín, frente a la española, de Quintana; en el teatro, chorizos y polacos; en las modas, los adornos franceses sobreponiéndose a los trajes españoles. Todo ei comercio de M a d r i d se reduce a unas
 // Cambio Nodo4-Sevilla