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MADRID- SEVILLA 17 DE MAYO DE 1 930. NUMERO 10 C T S CERCANA A T E T U A N SEVILLA que no soy, un crítico? Quede para otros la exégesis pictórica y literaria- -literaria también, ¿cómo no? 3 e su obra, y para otros dará el caso- -que quieran Sobre la tumba de Julio Romero más- -seamaneramiento el vigor deconfundir con el una personalidad yo sólo quiero decir que cada de Torres lienzo suyo era poesía, como una copla con Julio Romero de Torres duerme ya su buena literatura; yo sólo sé que era mi amiúltimo sueño en el regazo de la Sultana que go... ¡y se me ha ido! tanto amó, y tierra de Córdoba, la blanca, cubre como un sudario el cuerpo yacente ¿Y Pacheco, el galgo negro? ¿Dónde estadel hijo predilecto. rá Pacheco? H a b r á curvado dolorosamente el Por amor de Córdoba, romana y sarra ébano vivo de su cuerpo, ágil como un arco cena; por el recuerdo de tantas horas- -las de ballesta, sobre la tumba de su amo. ¡P o postreras acaso de mi juventud inolvidable- -bre Pacheco Es un poco mi hermano, porque como viví entre la selva pétrea de su mez mi dolor también aulla como un perro en la quita, y bajo los clásicos olivos, y en la noche. agreste y bucólica soledad de sus ermitas, y por entre los jardincillos italianizantes del- ¡Adiós, maestro J u l i o! A l darle el péMuseo, y junto a la estatua del Gran Capi tan, y a la sombra clara de la vela de sus same a tu ciudad, Córdoba de maravilla, patios, sonoros y aromados, cristal de las donde floreciste y duermes, sale este artículo fuentes y porcelana viva de las flores, y por entrecortado por los sollozos. T e doy lo únisus callejas huidizas y sinuosas, y a lo lar- co que tengo, mi pobre pluma, que, en esta go de la de Gondomar, donde en su Club, carrera, cada vez más lenta y cada vez m á s divaga, como un don Juan taurómaco, Gue- solo, y cada vez con m á s ilusiones marchi, rrita entre las disecadas testas de sus víc- tas, y cada vez con menos brillo el oro falso timas, sean los ojos de la romana fuente de la mediocridad, apenas me va sirviendo como los tornavoces de mi llanto y llegue ¡y aún doy gracias a Dios! para llorar gota mi pésame a la ciudad. a gota por los amigos de mi corazón. DIARIO ILUSTRADO. A Ñ O VI G É iB IB S 1 MOSEXTO N 8.546 SUELTO REDACCIÓN: PRADO DE SAN SEBASTIAN. SUSCRIPCIONES Y ANUNCIOS; MUÑOZ OLIVE. IN MEMOR 1 AM Hace veintidós años, en el, café del Gato Negro, en el teatro de la Comedia- ¡ay, otros tiempos, cuando Jacinto Benavente era el autor de la casa! D Ramón del V a l l e Inclán, todavía de endrina las barbas bajo el rostro iluminado y ascético, llegó como un personaje del Greco del brazo del pintor moderno, y me lo presentó. E r a la hora del gran triunfo de El retablo del amor. Desde aquel día me empeñé en ser amigo de Julio Romero de Torres y lo conseguí muy pronto de su cordialidad. Y o extranjero. en la tierra que adoraba, sentía que, acercándome a él, acercábame a lo que España tiene de más pintoresco, de más hondamente sentimental, de m á s inconfundible y singular en Europa, y, acaso, de más antiguo. E l traía ya en sus pinceles la línea de los primitivos italianos, y en su paleta los fondos de Leonardo, el divino; pero seguía profundamente andaluz, y andaluz de Córdoba, grave como Séneca y majestuoso como Lagartijo, con sentencias de filósofo en los labios y largas toreras en el ademán. E r a el pintor de una mujer, que a veces tenía bajo el mant ó n una actitud de La Gioconda, y en la lumbre negra de los ojos la sonrisa enigmática que a la otra le vagaba en la boca, y era siempre distinta, y era siempre la misma, pero no una mujer real como la de Rubens, sino su cordobesa ideal, la del cálido tono moreno, barro de amor soñado con el alma de nardo del árabe español que perfuma unos versos de Manolo Machado. ¡Adiós, maestro Romero! ¡Adiós, maestro Sassone! E l me respondía en broma por restarle importancia a la sinceridad de mi homenaje, y nos íbamos juntos a su estudio, ávido yo de contemplar otro retrato de mujer que. era siempre la misma y era siempre nueva. Y un día me pintó el amor de m i vida. E l me lo puso fuera del tiempo; él lo regaló a mis ojos por siempre, para que lo vieran inmutable; él aquietó en mi recuerdo la visión de mi juventud. ¿Q u é puedo yo d xir de su arte? ¿Q u é pudiera, escribir, aunque fuese lo FELIPE S A S S O N E ABC EN CHILE Confesiones americanas U n escritor cubano, escribiendo para los rotativos chilenos, y argentinos, se extiende en amargas quejas contra el comportamiento francés singularmente, y europeo en general, con los hispanoamericanos que recorren las más reputadas naciones del viejo mundo en plan de turistas o en misiones de arte. Y llega, después de sus lamentaciones, a la conclusión de que E s p a ñ a es nuestro hogar en Europa respetando su texto. Hacía falta que los americanos, hijos de los españoles, se fueran desprendiendo de sus aficiones a mirar con desdén, o con total desinterés, a la tierra española, creyéndola algo inferior o indigno de ser tomado en cuenta como elemento de novedad, progreso y cultura. Pero no quiero sermonear por mi cuenta. Prefiero tomarme el trabajo de reproducir algo de lo escrito para estos grandes periódicos, porque las palabras de ese periodista criollo son una confesión paladina que conviene recoger. Relata que unos artistas argentinos han visitado l a Habana, y, conversando con ellos, se expresaron de esta suerte: Dijeron los trovadores argentinos que en P a r í s existe un nacionalismo feroz, una ciega hostilidad contra todo lo extranjero, lo mismo en los negocios que en la ciencia y que en el arte. Los. doctores criollos que salen muy orgullosos de la, Sorbona, sólo pueden ejercer en las colonias... N o sólo los arristas criollos, todos los artistas extranjeros que se aventuran en París, aunque lleven, como nosotros, música autóctona, que sólo pueden interpretar con toda fidelidad los argentinpsi deben prepararse al boycoteo de la vieja Lutecia. ¿T a n g o argentino. jarabes tapatlos, rumba cubana, jorobo de Venezuela, bambuco de Colombia, tonadas o cuecas chilenas... No- -gritan los empresarios- aquí tenemos todo eso. Los mutilados de ¡a guerra y los no mutilados- -acunas veces los gigolos- son los únicos que tienen el derecho, el privilegio de las orquestas, de l a música... Mientras tanto, nosotros, en nuestra América, padecemos de extranjerismo agudo, de hibridismo... E l barco en que nosotros veníamos desde F r a n cia estaba lleno de artistas venezolanos, mejicanos, argentinos, chilenos... Venían, en su mayor parte, en derrota. Y no se diga que eso lo exige el refinamiento de París. Mentira. Porque hasta en los m á s humildes menesteres el extranjero es sordamente hostilizado. Allá es preciso v i v i r como humilde tributario de Francia con los dineros que manda América. De lo contrario, no hay otra solución que el retorno. Ante tan concluyentes declaraciones de los argentinos, confirmadas por otros testimonios, él corresponsal comenta: S o n doiorosas estas manifestaciones, pero no nos sorprenden. Duelen, pero son verdades hace tiempo sabidas por todos. Los franceses ejercen su derecho porque están en su casa. Y los hispanoamericanos no tienen derecho a quejarse porque van a donde se les desprecia, a donde se les hace objeto de diferencias irritantes. L o s franceses sólo nos quieren por nuestro dinero y no sienten por nosotros la menor simpatía. E s t á n muy orgullosos de su cultura vetusta, de su i n fluencia en las artes, de ser los consagradores los. que dan el espaldarazo. A nosotros, pueblos jóvenes, nos consideran obligados a rendirles el tributo de nuestra admiración y pagarles espléndidamente el honor que nos dispensan al recibirnos en la ville lumiére. L a culpa es nuestra. L a mayoría padecemos delirio de parisismo, y nuestra ambición es podernos pasear por los bulevares, aunque el tiempo sea h ú m e do y el clima nos perjudique. Los que han logrado destacarse y ser considerados en ese ambiente hostil ha sido por su gran talento. Y en seguida expone: ¡Q u é d i ferencia entre el trato francés y el trato español! E n Madrid, en Barcelona, en cualquiera de las ciudades españolas basta decir que uno es cubano, chileno, argentino, colombiano, etc. para que en seguida se! e reciba con los brazos abiertos y se disputen el honor de obsequiarlo y atenderlo. E l hispanoamericano es visto cordialmentc, con simpatía, y la gente le asedia a preguntas sobre un país que a veces conoce someramente. H a y además, la comunidad del idioma, que nos hace sentirnos como en nuestro país, y la facilidad de las amistades desinteresadas, que se crean inmediatamente. España desea el turismo como negocio, como lo deseamos nosotros, pero a los visitantes de su raza los trata de modo especial. H e presenciado el caso de un caballero argentino que, a pesar de tener pagada la pensión completa en un buen hotel de Barcelona, no pudo comer en él ¡ni una sola vez! L a causa fué una recomendación que llevó para una familia residente en. la ciudad condal y las relaciones que el trato le hizo adquirir con otras familias. ¿T e n e mos necesidad de ir a Europa? Pues vayaios a España. Sus bellezas, que son incontables, las podremos alabar en nuestro pro-