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L a boca, pequeña y suavemente cerrada, indicaba un espíritu firme, reflexivo (V juicioso; los labios, bien proporcionados, acusaban un alma bondadosa, y la viveza de sus movimientos, era señal de su temperamento excitable y nervioso. Notábase en su rostro una expresión de triste melancolía, y, a la verdad, que con justicia. Luis era inclusero, y debía el apellido Peñaranda al sabio doctor de este nombre, que le sacó del benéfico asilo. Encerrado su protector en los calabozos de Ea Inquisición, acusado de francmasón y de hereje, L u i s mendigaba por las calles, para llevarle algún alimento. E 1 doctor comía... y el niño ayunaba! Muerto el doctor en los calabozos del Santo Oficio, L u i s que había tomado gran afición a la Medicina, prosiguió los estudios en que su protector le había iniciado, y a fuerza de miserias, de noches sin sueño, de días sin pan, llegó a recibirse de médico. Sin familia a quien amar, consagraba todo su c a r i ñ o a los niños, que le representaban su triste historia. N o culpaba a sus padres por su abandono, pensando que cuando dos seres humanos, cuando los autores de l a vida de un ser le abandonan, deben tener razones gravísimas para realizar un acto tan ¡cruel. Pensador y filántropo, siguiendo las ideas del sabio doctor Peñaranda, era lo que la condesita llamaba un iluso. L u i s soñaba, en efecto, con el reinado del derecho. Para él- Godoy era un medio, no un fin. Reconocía 1 lo bueno que había hecho en pro de la cultura nacional, pero soñaba en algo m á s grande. A fines del siglo pasado, Benegasi, el, padre Concepción y Arroyal se mofaban de la nobleza y ensalzaban las ideas democráticas, y en 1796 se descubrió una conspiración en España para derribar la Monarquía y formar una República, creando una Junta legislativa y ejecutiva, por la que fueron condenados a muerte varios individuos; sentencia que se les conmutó por reclusión perpetúa en los castillos de Pórtobelo, Puerto Cabello y Panamá (1) A pesar de las rigurosas medidas adoptadas para impedir la entrada de libros extranjeros, el doctor P e ñ a r a n d a los poseía todos, y las ideas filosóficas de Condorcet, el escepticismo de Voltaire y la democracia platónica de Rousseau, habían sido propagadas en España por Marchena, Gallardo, Blanco ÁVÍiite y Olavide. Para Luis, con Fernando. el pueblo seguiría oprimido y víctima, de la nobleza y del clero; quería, pues, no un cambio de personas, sino d e i d e a s una gran revolución c. e ilustrara al pueblo, destruyera los abusos y regenerara al país. Espiritual y soñador, en ciertos momentos caía en un éxtasis absoluto, dejando vagar. su pensamien- to por regiones superiores. Contra la afeminación y las exageraciones de los petimetres, currutacos y lómeos de la época, L u i s vestía el frac de solapa y l a bota alta, un traje a. la vez d i g n o y serio. Hemos dicho que había concentrado todo su car i ñ o en los niños, y, a la verdad, no es cierto. L u i s adoraba secretamente a la condesita. A l verla por la vez primera sintió a modo de una fascinación, algo como luz que alumbra y ciega. ¡Cuánto habría deseado que Isabel tuviera otros sentimientos y le ayudara con su influencia, su posición y su cariño a socorrer al niño y a defender al pueblo, dos niños en realidad! Harto sabía él que la condesita no p o d í a- s e r su esposa; pero habría dado gustoso l a mitad de su vida por atraerla a su causa, y la condesita, lejos de participar de sus opiniones, se burlaba de ellas... (1) feafuente. Historia de España.