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sen encontrado onzas de o r o las detienen, examinan sus cofias. sus collares, sus hijos, las hebillas de sus zapatos; inmovilizan p a l pos y disparan contra ellos sus máquinas fotográficas. Toda la luz de Middelburgo está picada millares de veces al día por el He, tic de los K o d a k s E l burgomaestre se disgusta un poco porque los campesinos que fosan admiten propinas de los turistas fot ó g r a f o s pero hay que creer que sin este pequeño negocio no serían tantos los que acudiesen con sus trajes domingueros a embellecer las calles de la ciudad. -Debemos i r al mercado de la manteca- -m e dice m i guía. M i guía es una amable dama que pertenece al Comité local del Turismo. Su estatura y su fortaleza flamenca hacen que a su lado me sienta un poco incómodo con m i delgadez y mi talla de 1,74 metros. P o r fortuna, mi condición de español parece i n teresar su curiosidad, y casi estoy seguro de que me observa con la misma extrañeza que en mí suscitan los campesinos de W a l cheren. E n otras ocasiones ha acompañado a! través de la isla a gentes de diversos países del mundo, nunca a un español. h s el primer español que veo- -me dice. Y yo murmuro, sintiendo pesar sobre mí la responsabilidad de esquematizar un pueblo de veinticuatro millones de almas: -L o s hay mejores. Y o tengo poca vista. L p s hay mejores. H e tenido, no obstante, el honor de ser presentado a varias personas- -camino del mercado- -en mi calidad de español. S i n embargo, estoy seguro de que por las venas de estas bellas aldeanitas airosas y morenas- -l a s más hermosas mujeres de H o l a n d a- -corre, en proporción apreciable, sangre tan española como la mía, mezclada con la flamenca desde los tiempos en que Zeelandia era uno de nuestros dominios. Pero aquel tiempo está muy lejano ya y nadie lo añora. E n el pequeño recinto de! mercado de la manteca los turistas se apelotonan. U n a verj a aisla de la calle el local; los otros tres lados tienen la protección de un tejadillo, y en el centro hay un espacio libre en el que crece un enorme y viejo árbol frondoso. E n un ángulo del mercado pudo formarse un grupo artístico en el que varios campesinos y campesinas, con su típica vestimenta, fingen comprar y vender la tierna mercancía, y los turistas, desplegados en arco, preparan sus máquinas. Inglesas de trajes estrafalarios, danesas de ojos color LA CASA AYUNTAMIENTO DE MÍUDELBURGO miosotis, olor al tabaco de V i r g i n i a que queman las pipas de los extranjeros, c h i quillas con impermeables, recién casados, gentes maduras, esas viejas británicas que se encuentra uno en todas partes... y cada cual con su máquina fotográfica: máquinas grandes, pequeñas, estrechas, abultadas, parecidas a un acordeón, semejantes a unos gemelos, estereoscópicas, con trípode, sin trípode y también dos tomavistas cinematográficos. Ojos que se guiñan, manos que se aperciben. Este se arrodilla, el otro se encorva, aquél se sube a las gruesas raíces del árbol y levanta su máquina sobre las cabezas de los demás. M i guía me ha llevado hasta el grupo de campesinos para que contemple la escena a mi sabor. U n guardia que vela por el orden en el mercado quiere hacernos retroceder. L a dama le notifica mi condición de español. E l guardia y yo nos miramos. Sonrío. R a tifico con cierta modestia: -Spanjc. Y me señalo con un dedo. Entonces el guardia me empuja hacia el grupo de aldeanos amablemente, como un encanto exótico más ofrecido a los ojos voraces de las máquinas. E l tropel de turistas grita en seis o siete idiomas: -f. h h, eh! i Qué hace ahí ese caballero? M i guía y el guardia explican a algunas personas próximas que no comprenden cómo se puede perder la ocasión infrecuente de retratar a un español auténtico. W. F E R N A N D E Z FEOREZ UN P U E R T E C I L L O E N L A I S L A W E w A l C I I E R E N
 // Cambio Nodo4-Sevilla