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I, A BATALLA D E VII. LAVICIOSA. (LITOGRAFÍA DE GIMÉNEZ) conde de Aguilar, contra la opinión de este experto militar, que retirase la infantería antes de que la derrota llegase al último trance y no quedase un solo soldado con vida. No se comprende el pánico que se apoderó del generalísimo francés, por cuanto, si era cierto que el ala derecha había sido rota, los generales San E s t e b a n y Valdecañas se cobraban muy bien de aquel percance castigando duramente a las tropas austríacas; por si ello fuera poco, el conde de M a lioni había copado a la artillería enemiga y recuperado gran parte de las riquezas que los aliados saquearon en los templos de M a drid y de Toledo. E l mariscal austríaco S t a r e m b e r g fué puesto en huida por los regimientos mandados por Bracamonte y A m é z a g a mas todo ello no tuvo poder bastante para sacar a Vencióme de su obsesión derrotista, siendo lo cierto que el sargento mavor de lns tropas leales, D. Juan de Morí, había intimado la rendición a S t a r e m b e r g e) cua! agradeciendo mucho los términos corteses en que la rendición le fué intimada, pidió una tregua hasta el amanecer de! nuevo día, ofreciendo que si al reconocer nuestro campo había en él treinta batallones y cincuenta escuadrones, como el general español le decía, entrega! ia- se con lo poco que le restaba de sus tropas. Transcurrió la noche en paz, pero también en la mayor abstinencia, pues el mismo Felipe V no tuvo ni un cantero de pan con que distraer el hambre. Para consolar al Monarca y soldados de tan mísera parvedad, un frío intensísimo y una densa niebla envolvían el campamento. Staremberg aprovechó la obscuridad de la noche para irse retirando en silencio; mas advertidos los españoles, mandaron en su seguimiento a Vallejo y a Rra: amonte; en tanto iban llegando aí campamento real oficiales y soldados con gran parte del botín que abandonara el enemigo, puesto en fuga. Inmediatamente envió el Rey un correo a la Reina, su esposa, y otro a su abuelo, Luis X I V dándoles! a buenanueva de la gran victoria conseguida en los campos de Villaviciosa, que era tanto como decirle que la Casa de Borbón había echado raices en el Trono de España. Reconoció luego Su M a jestad el campo de batalla, y, pasando a ia inmediata villa de Fuentes, a poco de llegar tuvo íioticia de que el bravo Bracamonte había hecho tres mil prisioneros entre los a iados fugitivos. EL ARCHIDUQUE DK AUSTRIA linceo S A N J O S É
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