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Fernando se arrojó a sus pies, le llamó padre divino; abrazó a Godoy, considerándole como el salvador de España; declaró que jamás se separaría de ambos, y prometió que sus amigos no se moverían para nada; y en tanto que Godoy marchaba a acelerar el viaje, Fernando corría a prevenir a sus amigos. ¿S e r á cierto? -preguntó l a condesita. -i ¡Pero éso era conspirar contra su mismo padre! -añadió Pepita. ¿Acaso era l a primera vez? -dijo don Luis. -L o s fernandistas comenzaron a propalar por A r a n juez que los Reyes, por consejo de Godoy, iban a cruzar los mares, llevándose a la fuerza a su hijo Fernando, provocando así una agitación que el Rey calmó con una proclama, negando el viaje. E l día 18, al ver que salía parte de l a guarnición, el pueblo comenzó de nuevo a inquietarse, movido por un gran número de forasteros de mala catadura, mezclados con los palafreneros del infante don Antonio y los criados del conde de Montijo y de otros nobles. Llegada l a noche, los Reyes, confiados en l a palabra de su hijo, se retiran a descansar, y lo propio hizo Godoy, a quien los demás ministros le aseguraron que todo estaba tranquilo. Dícese que al aparecer una luz en una de las ventanas del cuarto del príncipe, sonó un tiro, luego u n toque de corneta, y estallo el motín. Grupos numerosos salían de las tabernas, casas de comidas y posadas, en que se veían mezclados madrileños, arrieros toledanos, trajineros de la M a n cha, vecinos de Aranjuez, los criados del infante don Antonio, del conde de Montijo y otros grandes, y algunos soldados, y a la v o z de un tío Pedro, nombre popular con que se disfrazó el conde de Montijo, acudieron unos a tomar las salidas de P a lacio para impedir l a marcha, y otros a apoderarse del palacio de Godoy, sólo guardado por nueve hombres. r Mientras le buscaban con empeño y destrozaban sus muebles, joyas y papeles, sacaban a su esposa y a su hija, y casi en triunfo las acompañaban a ¡Palacio... ¡prueba clara que el motín estaba d i r i gido por altos personajes, y no era obra del pueblo... í ¿Y los- Reyes? -preguntó la condesita. -S e levantaron al primer grito, y Carlos I V i n tentó salir, cosa que no permitieron sus servidores... ¿Y el motín terminó así? -preguntó Pepita. -P o r entonces, y merced a las súplicas de los Reyes a su hijo. Y Godoy? -preguntó don Luis. -A los Reyes les dijeron que se había fugado, y les aconsejaron que, para salvarle de las iras del ¡pueblo, lo destituyeran, como así l o hicieron. De nuevo se presentó Caballero al Rey a noticiarle que se preparaba otro motín, y que sólo el príncipe podía impedirlo. ¡Qué vergüenza! -exclamó el señor Pas. Qué iniquidad! -dijo el abad. -L o s fernandistas no han hecho más que atemorizar y humillar a los Reyes. T a n t o como eso... -dijo el señor Borja. -E s a es l a verdad, amigo don Valero, sin que sus opiniones de usted, que yo respeto, puedan desmentir los hechos. E l tumulto anunciado por Caballero estalló al fin. Godoy no había salido de Aranjuez. Refugiado en las buhardillas de su palacio, una horrorosa calentura, producida por el hambre y l a sed, le obligaron a salir de s u escondite, cayendo en poder de las turbas, que le hubieran asesinado sin l a llegada de lun piquete de guardias que le colocó entre los cahallos, a pesar de l o cual recibió una grave herida n l a frente y muchas contusiones. L o s Reyes tuvieron que suplicar a Fernando que corriera en su auxilio, y éste, al llegar a l cuartel de Guardias a que había sido conducido, dispersó a los amotinados, asegurando que sería urontamente juzgado. ¡Infeliz! -dijo Pepita. ¿Y- así concluyó todo? -preguntó el abad. -N o señor; el plan de los fernandistas era má 5 rór, y a las pocas horas de hallarse preso Godoy ge presentó a l a puerta del cuartel un coche dé L 1