Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Un centenario. Teofrasto Renaudot, médico y periodista. Teofrasto Renaudot llegó a París, en los comienzos del siglo x v i i la ciudad empezaba a cambiar de aspecto. E l puente Nuevo, ideado por E n r i q u e I V y acabado en 1603, era el centro de la animación urbana, uniendo ambas orillas del Sena. Mientras los otros puentes de París estaban, como el V i e j o de Florencia sobre el A m o bordeados de edificios que ¡imitaban la vista, el puente Nuevo había sido planeado sin casas laterales; únicamente se habían dejado, sobre las p i lastras, plazoletas semicirculares que los arquitectos llamaban mediaslunas, a modo de balcones sobre el río, en las que se instalaban con sus mercaderías vistosas los comerciantes y buhoneros de la época. E n aquella vía reciente se concentraba la animación del París, amurallado, cuyo núcleo era la isla de la Cité, por la que el puente pasaba. Desde sus parapetos se veían las torres de Nuestra Señora y la aguja de la Santa Capilla. Y en el mismo lugar donde la estatua ecuestre del Bearnés domina ahora el tráfico de vapores, tranvías y automóviles, se apiñaba la muchedumbre para oír las canciones de los mendigos ciegos, las arengas de los charlatanes, los pregones de los mercaderes o se apartaba para dejar paso a las carrozas que désele San Germán de los Prados venían a la Cité, o a los escuadrones de guardias del cardenal o de mosqueteros deí Rey. UANDO C Renaudot, mozo todavía, llevaba de su tierra meridional una carta para cierto sangrador, compatriota suyo, bajo cuya dirección aspiraba a comenzar sus estudios de c i rugía. Acogióle complacido el barbero, y pronto le adiestró en aquel arte, que hizo más tarde, en nuestra Patria, la gloria del doctor Sangredo. Teofrasto aprendió a ma- TEOFKASTO RENAUDOT LOS L E C T O R E S D E I- OS PRIMEROS PERIÓDICOS DIARIOS nejar la lanceta al mismo tiempo que a r a surar con destreza a los clientes que iban a la barbería. Pero pronto comenzó a sentir la comezón de los viajes y la ambición de más altas empresas. -Me voy a M o n t p e l l i e r- -d i j o un dia a su maestro. ¿N o estás contento aquí? -M e quiero hacer médico. ¿P o r qué no lo intentas en la Sorbona? -P r e f i e r o volver a ver el cielo de nuestro país- -se excusó el mancebo. Pocos a ñ o s después- -exactamente en 1606- -se graduó en Montpellier de doctor, en efecto. Luego anduvo por Italia ávido de novedades. L o s españoles y los portugueses ensanchaban por entonces los ámbitos del mundo conocido. Y de estas aventuras, como de otros sucesos maravillosos e insólitos, Renaudot se enteraba por las Floglie d Avissi con que Venecia informaba al resto de la península de todos los sucesos dignos de referirse. U n a de ellas, por la moneda en que se pagaba en la Señoría, se llamaba La Gasetta. Y Renaudot encontraba singular placer en leer la hoja impresa, que le traía todas las semanas como un hálito de los países desconocidos y remotos. Pero el ejer-