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E s p a ñ a y los Estados Unidos. LÓPEZ MEZQUITA N día es ArbÓBj otro día Falla e Iturbi, untes fué Sorolla, luego Zuloaga, ahora Mezquita. Estos son los españoles ciue merecen el nombre de verdaderos españoles; -por no citar más que algunos- por no decir grandes. Hombres geniales que tras años de lucha moral y material llegan a ser, cuando la hora suena, los portadores de la antorcha que nos alumbra ante el mundo civilizado. Frente a la actividad destructora de tantos españoles que no salen de su pueblo, y dentro de su pueblo del corrillo o café, actividad roedora como la de la polilla o gusano y dedicada tínicamente a la critica maldiciente, existe la actividad renovadora y fuerte del español que trabaja y lucha para fiar a conocer su país y su obra. V a para cinco años que López Mezquita se fué a América, y en este tiempo ha sabido, como era de suponer, hacerse reconocer en aquella tierra hospitalaria como uno de los artistas de mayor fuerza de la España contemporánea. He tenido la suerte de ver los cuadros que desde hace varios meses viene pintando el artista granadino en la costa de Levante. Estos lienzos están destinados a la Hispanic Society de Nueva York. Huntington, cuya curiosidad pictórica todo lo abarca con la misma espontaneidad Capu- U l í A Í U L E N AS AVILA A LA VISTA chosa que inspiraba a los reyes y a los mecenas de otros tiempos, ha querido r e recrearse en N u e v a York con pedazos de sol, luz, trajes y costumbres del mediterráneo e s p a ñ o l D e Valencia a Málaga va trazando el pincel de Mezquita manchas de sol y colorido que, de no ser de España levantina, bien p u d i e ran ser de África mediterránea. Uno de los cuadros más interesantes que de este v i a j e salen para la Hispanic Society es un p a i s a j e de Elche. Las altísimas palmeras forman u n encaje ligero y oriental contra un cielo azul, de ese azul que sólo se ve en la región l e v a n t i n a azul graduado que, según va cerrándose en bóveda sobre nuestras cabezas, intensifica su color, pasando de la aguamarina a l a turquesa, hasta llegar al índigo del zafiro. Pero lo que más i n t e r e s a en e l lienzo es la parte inferior la tierra. Esa tierra alicantina carnosa y recia como el cuerpo de una r u b i a quemada por el sol, y sobre ella, entrecruzándose cual grandes venas de pura sangre repletas, las
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