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de las palmeras, sombras de violeta cobalto, entrelazadas, armoniosas y vivas como los árboles que reflejan. Otro lienzo que ha de llamar la atención en los Estados Unidos es el retrato del alcalde de Torrente. Contra una pared blanqueada de interior de casa levantina se yergue la figura de la autoridad del pueblo; el alcalde de Torrente nos mira. ¡Y cuan extraña es la mirada de este buen hombre de Valencia! Cara llena de desconfianza, de ojos penetrantes y expresión ladina; carnes enjutas de campesino español, hombre hecho de raíces de árboles, como decía San Juan de la Cruz. Viste el alcalde a la antigua usanza valenciana, ropas cue en los tiempos isabelinos aún se llevaban: sombrero alto de fieltro, chaquetilla corta de paño, chaleco tejido de florecillas de colores, que si fuese bordado habría podido lucirse en la Corte de Carlos I V faja y capa. L a faja es de las que sólo en Torrente pueden ahora verse; anchura y color de Torrente. L a capa, amplia y larga, es de magnífica seda otomán; su color es de frambuesa avioletada. L a armonía del color es asombrosa; en todo parece reflejarse algo del color de la capa del alcalde; llega incluso hasta aquel nicho en el fondo de la pared donde un cuadrito antiguo de azulejos de Mani- ses nos presenta un San Rafael de ton- js suaves: azul y malva es la figura, amarillos la mitra y el librajo. Mezquita llegó justo a tiempo a Torrente aún pudo hacer revivir en unos horas a un antiguo alcalde muerto hace media centuria; aún encontró en aquel paraje un auténtico San Rafael de Marüses, respetado o quizá ignorado por anticuarios rapaces, y consiguió una faja de color de rosa y una magnífica capa de seda otomán. ¡Cosas raras del destino de los hombres! Levantóse y resucitó la antigua autoridad de Torrente; pero fué para embarcarse hacia el Nuevo Mundo, para ser arran cado desde su rincón tranquilo de Valencia y transportado al bullicio y los rascacielos de Nueva York. ¡A España ya no volverá; le perdimos para siempre y, lo que es peor, quizá le olvidemos! Varios otros cuadros pintó López Mezquita desde noviembre a abril: el histórico castillo de los condes de Altamira en E l che, teatro de luchas y de intrigas entre partidarios de Austrias y Borbones y lugar de aposento y descanso donde a muchos reyes y príncipes brindaron hospitalidad estos poderosos señores. L a casa de la familia de Jorge Juan, de líneas y colorido tan moruna, que en aquel bosque de pal- meras y bajo ese cielo tan azul diria. se que de no ser Elche en España pudiera ser Marrakech en África. Otros lienzos m á s cuadros de costumbres tipicas con calabazas y sandías, porrones y zaragüelles, tipos y trajes de colores sobrios de Jijona y alegres de Elche. No entro en su descripción porque el artículo resultaría interminable. Pero hay algo que nos llama la atención en esta colección de cuadros. Conocíamos al Mezquita de Avila, el pintor de las piedras grises, de las obscuras beatas rezando ante un antiguo retablo, de las viejas fuertes y arrugadas quemadas por un sol y un frío sin piedad: el Mezquita sombrío que ante Avila y sus beatitudes austeras se inclina con amor. Pero ahora hemos visto un pintor luminoso, paisajista de cielos límpidos; pintor de tierras soleadas y vestimenta de rico colorido. Un Mezquita mediterráneo que a América del Norte lleva el último recuerdo de trajes y costumbres de una España que pasó, una España que está pasando tan de prisa que pronto de lo que fué no nos quedará más que la luz; pero, después de todo, perdurando ella, ¿podrá dejar de ser bella? EL LAZARILLO DE MADRID MUJERES Y MURALLAS D E AVILA (FOTOS MORENO)
 // Cambio Nodo4-Sevilla