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escuela, la barbería, los cuartos de baño. E n realidad, se ha obtenido el mejor partido posible de los locales y nada falt. t en estas instalaciones cíe conveniente, a no ser acaso lo más necesario: un poco le sol y de alegría. E n t r a r en ios dormitorios- es sumergirse en la m ú l t i p l e sombra de u n viejo callejón madrileño, de unos muros espejos, de u n ámbito húmedo y frío. L a limpieza- -una limpieza sin b r i l l o- -e s e n verdad, el único ángel tutelar que suaviza l a gris melancolía de estos interiores. Trafagando por el caserón laberíntico van y vienen los inválidos. L o s cojos lo parecen mucho más subiendo y bajando por los desniveles de un edificio tan pródigo en escaleras y revueltas. L o s anémicos D a r e c e n más pálidos ante l a penumbra perpetua del fondo. C o n emoción, con simpatía, nos aproximamos a un grupo en el que charlan cabos y sargentos. E l comandante don Blas Pérez- -un bello espíritu militar, que trata como a hermanos a estos soldados- -nos sirve de intermediario. -C a b o G r a u acércate. Este nació para la pelea. ¿E l bautismo de fuego, en B a r celona, no? ¡Aquellos Sindicatos... Luego al Tercio. N i se acuerda de cuando oyó la primer descarga. -D e l a primera, n o pero de la última, ¡y a lo creo que me acuerdo! Seis balazos de un golpe... -Y el próximo domingo se casa. -A seguir peleando, m i comandante. Del grupo surge otro acribillado; un a u téntico medio hombre, al que no falta más que un ojo, varias costillas, una pierna y un brazo. -i L a Dohrosa! -exclama uno del corro. -S o r i buenos muchachos- -nos dice el co- EL INGRESO mandante- obedientes, disciplinados. L o s que el año pasado me dieron que hacer, hasta tener que expulsarlos, fueron un ruso y un negrito procedentes del Tercio. E l negrito, al que faltaba un brazo y tenía el otro casi- paralitico, me pidió un día permiso para i r a Marsella. ¿Sabe usted a qué? Pues a pegarle a uno que se había metido con su hermano. M a s a pesar de estas bizarrías y de la alegre y consabida despreocupación de la tropa, que donde esté retoña, la emoción de este cuartel silencioso, sin músicas ni canciones, contrista el ánimo. P a r a los que han leído las últimas novelas de la guerra, ahora en boga, se diría que reproduce el gusto amargo, la desolación humana que agobia al cuadro del día siguiente del combate y ensombrece el epílogo de las batallas. Como la guerra, el cuartel de Inválidos es una mezcla penosa de gloria y de lástima. D e gloria lejana y de lástima presente y poco consolada. Porque es fatal e inevitable; tras de una guerra y al lado del héroe estatuario, y para toda la vida, queda esta multitud dé héroes momentáneos y anónimos, iue sobreviven a una hazaña sin brillo y que pronto pasan a ser algo así como ex héroes, s u p e r v i v i e n t e s ¡inválidos! Solamente para las madres s e r á n h é r o e s para toda l a vida, como los otros. P o r eso la P a t r i a madre de todos, les debe maternal e inagotable reparación y consuelo. N o les falta del todo. A l g o es el pan asegurado. Pero, además del pan, hay el honor, el halago, el cariño, el consuelo, que en este caso sería el cuartel soleado, el parque saludable, el bienestar reparador, la escuela y el taller reeducadores... U n establecimiento, en fin, de otro tipo, que a lo suntuoso y capaz reúna la comodidad y amena situación propia del grandioso objeto a que se destina como acertó a expresar l a propia Reina Gobernadora en su decreto fundador. N o creemos rebasar el tema al pensar que entre esa cruel competencia de infortunios que llama a las puertas de los que pueden permitirse el lujo bello de la fi antropía y la obra benéfica, pocas instancias habría tan atendibles como la de mejorar la suerte de estos héroes del valor desgraciado; pocos motivos tan dignos de condolencia y patriótica contrición como ese silencioso cuartel de Inválidos de la calle de la Cruzada, antesala indiferente y fría, especie de panteón anticipado del soldado desconocido. RAFAEL VILLASECA JEFES Y OFICIALES D E L CUERPO D E INVÁLIDOS E N U N SALÓN D E L A C O M A N D A N C I A