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MUERTOS ILUSTRES COJÍTEMPORANEOS E oído decir a varios libreros que obras de Alarcón se venden hoy m u cho más que cuando él vivía. Ñ o me extraña. L a literatura alarconiana es de las que se acendran con los años, como el buen vino, y, habiendo aumentado extraordinariamente la afición a la lectura, es lógico y natural que sean preferidas las novelas que más distraigan al lector sin herir ninguno de sus puntos vulnerables. O t r o tanto le sucede a Palacio Valdés y a todos los que cultivan la amenidad inocua en el relato y la claridad en la forma. A m e n i d a d y claridad. H e aquí las piedras angulares de la nove sii ca. Y a sé yo que algún A r i s t a r c o torcerá el gesto ante estas afirmaciones. ¡B a h! U n escritor ameno! P s é! y habría que dec i r l e P e r o señor mío, si la novela no tiene más objeto que distraer al lector. E l novelista que no sea ameno puede dedicarse a vender bollos. También sé que la claridad tiene un peligro: el de que todo el mundo entienda fácilmente lo que se e s c r i b e ¿E s t o es u n p e l i g r o? -s e me dirá- ¡Y de los mayores! E público de buena fe desconfía de su propia opinión. S i comprende sin esfuerzo a un escritor, piensa que es una vulgaridad lo que ha leído. E n cambio, si se encuentra ante una prosa abstrasa y laberíntica, hábilmente espolvoreada de palabras anticuadas o fuera de uso, de las que requieren un diccionario para seguir la ilación- -el mismo diccionario que empleó el autor para componer el g a l i m a t í a s- -d i r á muy convencido: E s t o debe ser cosa rica, cuando no está a mi alcance. C l a r o que se aburre y bosteza, y acaba so tando el l i b r o pero se guardará muy m u cho de confesárselo a nadie. 1 H EL NOVELISTA DON PEDRO ANTONIO DE ALARCON, TODO AMENIDAD Y ESPAÑOLISMO Castelar. Cristino Martos, obscurecido entre el montón amorfo hasta entonces, subió de u n ¡alto a las cumbres tribunicias. P i y M a r g a l! mostró ante el asombro público las múltiples facetas de su cerebro privilegiado Otros muchos trepaban también. E n tre ellos, Alarcón, que, de buenas a primeras, vióse de director de El Látigo, semanario satírico, más bien libelo antimonárciuico, en el que escribía Martínez V i l l e r gas, sin otra misión que arremeter contra las instituciones y contra todo lo que tuquín A r j o n a el 5 de noviembre de 1 S 57, el estreno de El hijo pródigo, el cotarro teatral estremecióse, v se frotaron las manos de gusto los estrenistas que van a las p r i meras representaciones en busca de hide, o sea el noventa por ciento de los concurrentes. Y en efecto, El hijo pródigo, comedia honradamente escrita, que pudo ser Un éxi to si llevase otra firma, pasó a duras penas, y la crítica se encargó de h u n d i d a en el foso, envuejta en diatribas. Digamos, en disculpa esta vez de los enterradores, que Alarcón había ejercido la crítica teatral, fustigando sin duelo a los autores que cayeron bajo su férula. E l l o es que no fué nadie a ver la obra. Fernández y González se encontró por aquellos días a Alarcón, y le dijo, con su tono g r a n d i locuente, al verle cabizbajo: -i N o te apures, hombre! T u obra, ante la H u m a n i d a d ha tenido un éxito formidable. -Sí- -le contestó Alarcón, mol l i n o- pero, ante la taquilla, hay doscientos reales, por junto. Naturalmente, retiraron la comedia a las poquísimas representaciones, y Alarcón no volvió a escribir para el teatro. Fué lástima, porque había en él, potencialmente, un estupendo d r a m a turgo. Confesándolo o no, m u chas de sus obras se han adaptado a la escena, y en todas ellas hay situaciones teatrales a p o r r i llo. E n lindísimas comedias pudieran trocarse El capitán Veneno y El sombrero de tres picos; El niño de la bola convirtióse en formidable drama lírico, y El escándalo contiene una cantera i n explotada de e f e c t o s m u l t i formes. U n a de las obras de Alarcón que más popular le hizo fué el Diario de un testigo de la guerra de África. A l estallar el conflicto marroquí, sentó plaza, y, s i guiendo paso a paso las operaciones, escribió ese libro a d m i rable, que produjo a sus editores u n beneficio líquido de medio millón de pesetas. La Alpwjarra, con no ser de las más leídas, es de sus mejores obras, como también lo es De Madrid a Ñapóles, en que narra con cálido estilo las impresiones de un viaje a Italia. E l público reclama con creciente interés El sombrero de tres picos y El escándalo, admirables por todos conceptos. U n a y o t r a- -c o m o casi todo lo que Alarcón escribiera- -están inspiradas en hechos rtaíes, que él revistió luego con los primores de su fantasía. El clai 0 es una causa célebre. El niño de la bola, u n d r a m a vivido en las Alpujarras. El sombrero de tres picos, u n romance de ciego, trasunto de un suceso picaresco narrado por la musa popular. El escándalo, u n c o n junto de intrigas y de tipos presenciadas y conocidos por el autor. Alarcón es, en suma, un adepto del naturalismo, no del que necesita hozar e n inmundicias, sino de! que se inspira en l a realidad para remontarse luego. L a fórmula admirable de E c a de Queiroz, suma y compendio del arte de novelar y del A r t e todo: L a sublime desnudez de la verdad, cubierta por el velo de l a fantasía Ancusí M A R T Í N E Z OLMEDILLA Pedro A n t o n i o de Alarcón es el escritor ameno por excelencia. L o fué siempre, en todas las m a nifestaciones de su producción variadísima, que comprende tan distintos géneros literar i o s poesía, periodismo, crítica, artículo de costumbres, cuento, novela. N u n c a se cae de las manos lo que lleve la firma de Alarcón. Desde os flagelantes artículos de El Látigo, encendidos en juvenil ardor revolucionario, hasta las páginas de EL escóndalo, impregnadas en el más fervoroso misticismo. P o r que Alarcón recorrió toda la gama del pensamiento en su vida intensa de luchador vehementísimo desde la hora roja de La Discusión a la plácida hora azul de El capitán Veneno, escrito en plena madurez, en el r e manso de la paz hogareña. Veinte años contaba escasamente- -había nacido en G u a d i x el 10 de marzo de 1833- -cuando vino a M a d r i d p a r a luchar y abrirse paso. Había y a fundado y dirigido por entonces La Redención, en Granada, y El Eco de Occidente, en Cádiz, que le dieron a conocer ventajosamente en tierras andaluzas. P e r o aquello era poco. L a celebridad ganada en M a d r i d irradiaría a toda E s p a ña. Y a M a d r i d vino, dispuesto a conquistarlo. L a empresa, siempre ardua, éralo en aquel instante algo menos. U n a revolución triunfante abría campo a l a juventud l u chadora. Descubrióse, gracias a l momento propicio, COÍIÍO rador farmiásMe. Emilio DON P E D R O ANTONIO D E ALARCON viese apariencias de orden. L a s campañas furibundas que emprendió motivaron un duelo, que pudo costarle al director la vida, y ¡e valió el retorno a la sensatez. Dejó de ser periodista batallador para convertirse en literato. Determinación acertadísima, sin la cual fácilmente hubieran dejado de escribirse las novelas admirables que consolidaron su fama. D e aquella época es El final de Norma, una de las más leídas, aunque no de las mejores, y gran número de cuentos y novelas cortas, que coleccionó más tarde en tres volúmenes con los títulos de Cuentos amatorios, Historietas nacionales y Cuentos imierosímiles, entre los que figuran tan lindas joyas como El clavo, Moros y cristianos, El afrancesado, El ángel de la guarda, Buena pesca, La mujer alta, La comendadora. E n pleno disfrute del renombre ganado en el libro y en la Prensa, ocurriósele abordar el teatro. N a d a más lógico. Parece natural que quien sabe escribir cuentos y novelas tenga mucho adelantado para adentrarse en el mundo de las bambalinas. S i n embargo, tradicionalmente se consideran i n compatibles ambos géneros literarios, entre los cuales se trata de establecer una absurda muralla de ¡a China. Cuando se anunció en el teatro ftel C i r c o y ¿ra beneficio de J o a-