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RODRIGUEZ- SOLIS LOS G U E R R I L L E R O S D E 1 S 0 B ¡Y yo también! dijo riendo el marqués- ¡V a- mos, señor Miranda, que comparar a los héroes de Covadonga y Granada con el Zwdilto y el tío Mandinga, los héroes del Lavapiés y del Barquillo, retratados por el chistoso clon Ramón de la Cruz, me parece algo fuerte! -N o es sólo en Madrid, sino también en las provincias donde el pueblo se agita- -dijo el señor Peña randa- E n Toledo, la llegada de un oficial francés pidiendo raciones para el ejército de Dupont, y sts declaración de que Bonaparte no reconocería a Fernando, han producido un tumulto en que el pueblo, colocando el retrato de Fernando en una bandera, lo ha paseado en triunfo por las calles, obligando a españoles y franceses a vitorearle. E n Burgos, la sola detención de un correo español ha producido una sangrienta lucha... ¿E n Burgos? -preguntó alarmado el señor Mi randa- Allí están mi hermana Teresa y su hijo. -D i o s mío- -exclamó Pepita- si a Carlos le ocurriese alguna desgracia, mi pobre hermana, que no tiene más hijo que él, y que le adora, se moriría de pena. ¿E s muy niño? -preguntó la condesa. -T i e n e quince años... pero si tú le conocieras... es tan guapo, tan instruido, tan cariñoso, ¡Pobre hermana... E s preciso escribirla, Juan Antonio... -M e j o r será- -dijo el señor Miranda- -que yo mismo vaya en su busca. E n estos momentos quisiera teneros a todos a mi lado, y que la suerte de uno fuera la de todos. -Y o iré, si usted quiere- -dijo el señor Pas. -N o hay que alarmarse sin motivo- -repuso don ÍValero. -Temo mucho por mi sobrino, cuyo noble corazón y altivo carácter le hacen peligroso en estos momentos. ¿A c a s o el señor abad no iba a pasar unos días con ellos? -N o tan sólo quería detenerse en Burgos e! tiempo preciso para darles un abrazo y marchar a Galicia. ¿Conque al fin se ausentó el bueno de don N i colás -preguntó el marqués. -S i señor. E l cambio de Rey y de Gobierno ha entorpecido las pretensiones que le habían traído a M a d r i d sus feligreses le llamaban, y yo he quedado encargado de lograr la más pronta resolución de sus asuntos. -Murat- -prosiguió don Luis- -se queja de estos hechos que ellos provocan. ¡N o t i c i a! -d i j o el señor Eoharri entrando- Esta tarde ha oficiado a la Junta el gran duque de Berg, a fin de que salgan mañana para Francia la Reina de Etruria y sus hijos, y el infante don F r a n cisco. ¿Y la Junta ha accedido? -preguntó el señor Miranda. -Y hasta le ha prometido que las tropas españolas reprimirán cualquier motín, que, dada la silba de esta tarde, es muy de temer. ¿Y no sería mejor resistir? -preguntó don Luis. -I Resistir, con 3.000 hombres escasos, al ejército de M u r a t! -d i j o el marqués. -Y o creo- -repuso don Valero- -que algo podría hacerse si la Junta se pusiera a la cabeza... -E s a es mi opinión- -dijo el señor Pas. -N o digan ustedes locuras. Murat cuenta en M a drid con toda la Guardia Imperial de a pie y a caballo, ¡Brava gente, se lo aseguro a ustedes... Con la división Mussnier y una brigada de Caballería; con numerosa artillería en el Buen Retiro; con 25.000 hombres de las divisiones de Moncey, situadas en la Casa de Campo, convento de San Bernardino, Chamartín, Fuencarral y Pozuelo, y con el ejército de Dupont en E l Escorial, Aranjuez y T o ledo, es decir... ¡60.000 hombres, los primeros soldados del mundo... -L a nobleza, ¿no combatirá? -L a nobleza no es enemiga de Napoleón, a quien ha visto crear una en Francia, donde se hallaba proscripta. ¿Y el clero? -preguntó don Valero. -E l clero- -respondió el señor Miranda- -confía en que Napoleón, que ha levantado los altares en Francia, y que le necesita para dominar a España, le respetará. -Pero, ¿y los militares? -preguntó el señor Pas. -L o s militares, yo se lo he píciq a mi sobrino, ca
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