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A B C. J U E V E S 29 D E M A Y O siempre de esmeralda, pero en la Corte de los Sultanes agota tonos y mezclas, confundiendo a las m á s ricas paletas policromas. Granada, ciudad fantástica, h u r í del P a raíso de M a h o m a! ¿Q u é maravilla es ajena a tu hermosura? Y para probar tesis tan rimbombante voy a referir cierta e x t r a ñ a aventura de que; fui testigo: Pues, señor... estaba yo hace años, a la hora del bochorno, aspirando la fresca brisa de Sierra Nevada, bajo el cedro centenario que domina el misterioso patio, que en el Generalife guarda como prenda histórica- el laurel de l a Sultana, cuya leyenda amorosa agotó el numen de cien poetas, cuando llegó Miguel, el jardinero, acompañado de un hombre de rostro sombrío y aspecto alocado. -S e ñ o r- -m e dijo Miguel por vía de presentación- este hombre es m i hermano; cultiva en arriendo el j a r d í n de T o r r e Bermeja y asegura que, estando ahora mismo regando un campo de hortalizas, rosas. y claveles, yió con asombro que cierto albaricoquero de cuatro metros de altura se hundió de repente en tierra, desapareciendo de su vista tronco y ramas como por encanto. N i mi hermano ni yo creemos en brujas, pero. que las brujas andan en el escamoteó d e í damasco es indudable. ¿N o habrá exageración en l a referencia? -N o s e ñ o r podemos ir a l instante a verlo. E s t á cerca. A l frutal se lo engulló l a tierra sin dejar rastre; -argüyó el hermano de Miguel. -i Se hallaba usted, solo cuando ocurrió ls maravilla? -Algunos gañanes trabajaban conmigo, pero todos huyeron despavoridos al ver que el árbol desaparecía en un decir ¡J e s ú s! J D E 193 Ó. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. P A G 6 ta con el misterio. M á s fácil es, entré mentecatos, ser mago que rey. -Deseo- -dije, dirigiéndome a todos los allí presentes- deseo examinar por mí mismo este pozo. Acercaos sin temor y ayudadme; quizá descubramos algún camino cubierto que nos lleve a la A l h a m b r a obra de moros es obra de sorpresas, pero de hoirn bres, no de seres fantásticos. ¡Sí, s í! pero en todo esto andan mezclados los mengues- -saltó un cateto, que tema su cordobés entre las manos y mordía el fieltro en las forzosas pausas del diálogo para discurrir a cliente la contestación. -Yo v i mejor que nadie- -añadió otro- -cómo, sin balancearse ni estremecerse, el damasco se fué a los abismos. P o r cierto que cuando se hundió la última hoja salió una llamarada que por poco me deja ciego. -Eso son necedades- -repliqué- vamos, sin preocupaciones ni mentiras, a descubrir la causa de este estropicio. Y o respondo de que el demonio no anda aquí. ¿Y si el diablo, para vengarse del desprecio, nos da dos tizonazos en salva sea la parte! -observó un insolente con ribetes de gracioso. -E l diablo no necesita tanto aparato y preparación para llevarse al infierno a un... ¡alma m í a! tan inocente como tú- -contesté jocosamente, siguiendo ej aire de broma anunciado. ¿Y si se hunde, todo el campo y nos engullen los mengues? -preguntó u n tímido, que no alzaba, los ojos del suelo. ¿Y si la Torre Bermeja se hunde de pronto y nos mata? -repliqué- ¡E a! ¿Somos hombres o ratones caseros? Saquemos el árbol cuyas ramas no nos permiten escudriñar el agujero y luego esclarecemos lo que haya de verdad. 1 ¿Se acercó usted a la grieta o al pozo que, sir duda, se abrió en el bancal? -No, señor; me eché a temblar, tuve miedo y. vine corriendo a darle la noticia a mi hermano Miguel. Cogí un palasán y el salacot de balignag que traje de Filipinas, y dije a los dos hermanos: -Vamos a ver ese prodigio. T o r r e Bermeja, obra de moros, es un verdadero castillo, con tambores, casamatas y rebellines. F u é cárcel militar, y tenía para mí el recuerdo poético y sentimental de. que a ella acudió durante muchos meses, siendo n i ñ o el: que luego fué D Manuel Fernández, y González, para llevar en una. cesta la comida al autor de sus días, comandante de Carabineros, complicado en un alijo sin fortuna. Por eso E Manuel, siendo de Sevilla, nacido en la calle de Vizcaínos, formó parte de la célebre cuerda granadina. Torre Bermeja conserva alrededor de sus amplios muros algunas hazas de tierra, que el hermano de Miguel explotaba en arriendo. E l hecho asombroso denunciado era cierto; en medio de un campo plantado de hortalizas y flores, removida la tierra vegetal por fuerza titánica se abría un agujero circular, cuya boca estaba revestida de piedra; a un lado, como separada por J a violencia irresistible del accidente, se veía una muela de molino; las últimas ramas del albaricoquero asomaban apenas entre las piedras de mármol que constituían el supuesto brocal de un pozo. A reiterados ruegos míos, los gañanes, que al principio huyeron, se acercaron por curiosidad, cautelosamente, como quien teme un desavío. Nada atrae tanto al pueblo como la b r u j e r í a la vida de los bobos se agigan- cuando adquiera el aceite de olivas que ha de convenirle por su rendimiento, gusto y calidad. No lleve nunca ia marca que le ofrezcan. Exija Vd. la que más conoce, la que emplean en miles de hogares, porque es la que garantiza un sabor exquisito y una economía apreciable. La que solo procede de escogidas y sabrosas olivas de España, y siempre se vende por su precio normal y justo. La que resguardan los envases amarillos del Únicamente en l o s me jo r e s Ultramarinos y Mantequerías ijos de Luca de Tena imTimnTainimiflginnmilH lüEinm 1 1
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