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Delegación en MADRID: Calle Medinaceli, 12 83 E. RODRIGUEZ- SOLIS L O S G U E R R I L L E R O S D E 1808 87 -Deseos- -añadió el petimetre, golpeando el suelo con ei bastón- -no faltan. -Pues si hay deseos- -replicó el Zurdo con voz ronca- basta y sobra. i- -E n la calle hay almendras- -dijo el paje... ¿Q u i e r e s convidar a los franceses? -preguntó é l erudito. -Piedras he dicho. ¿P i e d r a s? -e x c l a m ó el abate- ¡A h buen h i j o! Y poniéndole la mano sobre l a cabeza e x c l a m ó I Tu es Petras, et super hanc petram osdificabo Ecclesiam meam... ¿Q u é quieren decir esas palabrotas? -preguntó l a Morena. -Son las palabras de Jesús a San Pedro. Este paje es piedra, y sobre él edificaremos la lucha, y los franceses que él no perdone aquí abajo, no serán perdonados allá arriba... -E n la duda, yo he afilao mi navaja- -dijo el Zurdo. i- -Y yo mi cuchillo- -añadió el maulero. i- -Y yo el mío- -exclamaron los otros. -Pero los franceses tienen cañones, y los cañones ¡no se ganan a navajazos- -dijo el erudito. ¿Y por q u é no? Para ganarlos es preciso acercarse, y para acercarse, lo mejor es un corazón grande y un arma pequeña- -exclamó la manóla. ¡V i v a la Paca I -gritaron todos. -i Qué mujer tan salitrada! -dijo el Zurdo- i Y Serás capaz de salir? ¿A escalabrar franceses? T a n capaz como la primera. -Poco ha de vivir el que no lo vea- -contestó el Zurdo. 1 El 2 de m a y o Desde las primeras horas del memorable 2 de laayo, el pueblo acudió a las puertas de Palacio, deJante de las cuales b. abía preparados tres coches de camino. L a actitud de los madrileños era sombría. S i M u- rat no hubiese estado cegado por l a soberbia, habría reflexionado antes de provocar la lucha. E l bullicioso Zurdo, con l a inquieta Morena, que no había querido abandonarle, se hallaban al frente tíe un numeroso grupo, de que formaban parte el pajecito, el mozo de muías, el gallofo, el carbonero, el lacayo y el maulero. -E l primer coche- -dijo el Zurdo- -es pa esa Reina de la Trusca... ¿P a esa desgalichá que trata con los franchutes? -preguntó la Paca. -S í E l otro es pa el infante don Antonio... ¿P a el presidente de la Junta? -preguntó el gallofo. -Justo... Pero, ¿y el otro? E n esto sale de Palacio un palafrenero, conocido de nuestro lacayo, y descubre que el tercer, coche es para el infante don Francisco, a quién tratan de llevarse a l a fuerza, amenazándole con azotes, porque el pobrecito niño no quiere salir de su querido Madrid. E l Zurdo transmite la noticia, que se comunica a todos los grupos. Las mujeres lloran y los hombres se enfurecen. Aparece el ayudante de Murat, monsieur Augusto Lagrange, a informarse de l a actitud del pueblo, y n o de los grupos, suponiendo que viene, para obligar a marchar al infante, se arroja sobre él, y le habría muerto de seguro, sin l a protección del oficial de guardias españolas don Miguel D Flórez. L a atmósfera popular se había cargado de electricidad, y sólo faltaba la chispa que había de producir l a explosión. Sale la Reina de Etruria con sus hijos, y el pueblo l a ve partir con l a mayor indiferencia. De pronto, se opera un movimento de los grupos hacia Palacio. ¿Q u é pasa? -pregunta la Morena. -N o sé- -responde el Zurdo, empinándose sobre la punta de los pies. -A ver, tú, pequeño, dinos lo que pasa- -exclamó ¡el lacayo, alzando al pajecito sobre sus robustos Jiombros. ¡H a y mucha gente a l a puerta... i Y arrastran a l g o i i j A un sino... i
 // Cambio Nodo4-Sevilla