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Unos saltan a la grupa de los caballos y clavan sus cuchillos en el cuello del jinete... Otros se deslizan por entre las patas de los caballos y les hunden la navaja en el vientre, rodando por el suelo el caballo, el jinete y el paisano. Los vecinos disparan desde los tejados sus armas, o lanzan piedras sobre los soldados, y las mujeres arrojan por las ventanas agua hirviendo... L a infantería, y hasta la artillería, disparan contra los balcones y ventanas en vista de aquel diluvio tíe proyectiles. Nuestro amigo el carbonero, exclama: -M í a Zurdo, aquel es Murat... Dale por muerto. -Pero si no tienes arma- -le grita el Zurdo. -Tengo mi palo, y basta- -responde. Y abriéndose paso por entre los caballos franceses llega hasta un oficial que, por su rico uniforme y vistoso plumero, le pareció M u r a t al primer golpe lo derriba al suelo, y con los sucesivos logra darle inuerte, entre los aplausos de los manólos; ya se volvía con sus amigos, cuando fué alcanzado por dos mamelucos y muerto a sablazos. E n lo m á s terrible del combate, el pueblo no perdía Su buen humor, y a los tiros respondía con la burla y a los cañonazos con l a risa. Sobre las célebres gradas de San Felipe, la Morena y el paje luchaban con gran denuedo. L a Paca, con un retaco en la mano, que había cogido a un paisano muerto, gritaba: ¡C o b a r d e s ¿Cuándo pensabais pelearos con una mujer de mi linaje, que ha hecho correr a tres ministriles que valen más que todos los franchutes? ¡P a e c e que huyen, seña Paca! -dijo el paje, descargando l a pistola, w 1 ¡A r r o z ¡Y qué buen ojo tienes, rapaz... (E r e s un Gerineldo... ¡C r e o que le he muerto. -respondió el niño con alegría, buscando por el suelo balas y pólvora. -Pues al basurero de las Vistillas con él... Tengo ganas de matar a uno de esos mamelucos... -Dicen que no beben vino... -Y a ves... ¿Q u é hombre será el que no beba vino... Algún monago... ¡A r r e p a r a chico; le he descacharrao! -gritó la Paca, con entusiasmo. Los mamelucos y los polacos se distinguían por su ferocidad, devolviendo al pueblo el odio que éste les profesaba, y en este día asaltaron las casas de que sospechaban salían tiros, y fusilaron en l a calle a sus moradores, delante de sus madres y de sus hijas. Las descargas redoblaban. L o s franceses recibie. ron nuevos refuerzos, y el pueblo comenzó a retroceder y a desparramarse por las calles adyacentes, mientras los imperiales se iban haciendo dueños de 3 a Puerta del Sol. ¡Repudría estoy! -gritaba la Morena- Me paece ¡que nos ganan... -Seña Paca, vamonos p o r l a calle d e l Correo... ¡H u i r de estos peales... ¡Que vienen! Con efecto; un pelotón de caballería se acercaba Sable en mano para barrer las gradas de San Felipe, ¡en cuyas escaleras y vestíbulo, que daba a las calles del Correo y Esparteros, se batían algunos paisanos. -Que vengan... ¡Y a me hacen joroba de tanto aguardarlos... Los soldados llegaron, y los escasos manólos que allí había resistieron heroicamente. ¡M e da hipo- -gritaba la Paca- -veros tan grandes y tan cobardes... ¡B a j a r del caballo y venir a luchar puño a puño si tenéis c o r a z ó n E l combate iba perdiendo su intensidad... Los paisanos morían matando, ¡pero m o r í a n -Venid, soplones- -decía el paje, amenazándolescon una navaj illa. -Venid, infelices- -grita la Morena. E n esto, un soldado levantó su sable y fué a descargarlo sobre la P a c a el paje se interpuso y secjbjó. una cuchillada moría! gue le hizo caer sin
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