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A B C. S Á B A D O 31 D E M A Y O D E 1930. E D I C I Ó N D E ANDALUCÍA. PAG. 7 tad ajena, y que sólo debe comprar quien buenamente quiera hacerlo. A h o r a que M a drid está lleno de turistas venidos con ocasión de diversos Congresos internacionales, tengo la seguridad de que esa reputación de hombres sobrios, desdeñosos de las riquezas materiales, que los españoles disfrutamos, se va a acrecentar considerablemente viendo la displicencia con que en las tiendas de la villa y corte se acoge a todo el que se aventura en ellas con el intento de realizar alguna adquisición. Realmente, la afabilidad de los horteras franceses o italianos es empalagosa. E n nada se les asemejan sus camaradas de aquí. H e ido de tiendas acompañando a un turista que no había tenido la previsión de proveerse de lo necesario en su país. L a primera vez fué por la mañana. Los jóvenes émulos de Estupiñá, que conversaban apaciblemente en el local solitario, nos consideraron con extrañeza y nos dejaron m i rarlos largo rato sin inquirir la causa de que hubiéramos entrado allí. Pasado un momento nos decidimos a interrogar al más cercano ¿H a y alguien que pueda atendernos? ¿Q u é quieren ustedes? -nos dijo, al fin, ¡con gesto poco propicio. -Parece- -murmuró mi amigo, un tanto intimidado- -que nuestra presencia les disgusta. -S e r á porque no le hemos sido presentados- -le expliqué. Pedí lo que m i acompañante deseaba. U n a prenda de vestir, parecida a otras que habíamos visto en la vitrina. E l joven se quedó perplejo, calculando si valía la pena molestarse por dos seres como nosotros, y al fin se decidió por l a negativa. -N o tenemos. -E s t á n ahí, en el escaparate- -objeté con timidez. M e examinó frunciendo el ceño. ¿S i sabría él lo que había y lo que no había en ¡a casa? -L a s que usted ha visto en el escaparate- -m e replicó lacónicamente- -no son de l a talla del señor. -Q u i z á haya otras que puedan convenirle. -N o las hay. Pero su réplica parecía dar ya al asunto el sesgo de una cuestión personal que no deseábamos, y así, nos marchamos con precipitación. M i amigo, que tenía una idea equivocada de la facundia española, estaba más sorprendido que vejado. L a sobriedad de expresión del mancebo, sus frases escuetas le habían maravillado. Y más todavía ta indiferencia con que nos había visto partir sin ofrecernos cosa alguna análoga a la que pedíamos sin hacer el menor intento para permutar sus mercaderías por algún dinero del que positivamente estábamos provistos. L a experiencia se repitió en diversos lugares. E n unas tiendas los jóvenes nos daban la impresión de hidalgos obligados a ejercer un menester que estimaban humillante, y su sequedad era como una afirmación de su dignidad puesta en guardia. E n otras, las señoritas empleadas nos hacían comprender con su silencio que ellas eran honradísimas, y que, para probárnoslo- -aunque, es claro, no lo habíamos puesto en duda- no iban a mostrar el más nimio interés en vendernos ninguno de los objetos que estaban en la obligación de expender. N i m i amigo n i yo ofrecíamos la menor apariencia donjuanesca. Nuestro deseo era puramente adquisitivo de algunas prendas de indumentaria. N o i m porta. L a s virtuosas criaturas estimaban que la presencia de dos desconocidos en el almacén les daba ocasión para evidenciar, con su esquivez, la fortaleza de su honestidad, que nadie intentaba poner a prueba en. aquella modesta transacción mercantil. -E s t a s personas que están en las tiendas, ia lo que parece con la misión de vender- -me preguntó m i amigo- ¿son realmente dependientes de comercio o chicas y muchachos de familias acaudaladas castigados a e, star ahí por algunas travesuras, y que, por lo tanto, procuran alejar a ¡os clientes con su mutismo? -S o n verdaderos dependientes. ¿E s t á usted seguro -P o r lo menos, así lo creo. ¿Y venden algo? -Supongo que cuando no tienen más remedio. Por ejemplo, cuando entra algún homicida dispuesto a comprar por la fuerza. Habitualmente, no. Fuede usted hacer idéntica experiencia en muchos comercios de Madrid. N o se da jamás el caso de que en ninguno de, ellos ofrezcan a un posible comprador objeto alguno que no esté a la vista o que no haya pedido concretamente. D i g nidad, amigo mío, y nada más. E n España hay u n aforismo que resume todo el espíritu de nuestro comerc o, y es el que dice que, el buen paño en el arca se vende -E s un aforismo magnífico. -A q u í no se le acogerá en ninguna tienda con cara sonriente. E l mercader creería cometer una bajeza. A lo mejor es un hombre bondadoso, dispuesto a servir a sus amigos, desinteresado, desde luego. Como el Estupiñá de Galdós. Pero la tienda le fastidia. E s una obligación penosa, una ocupación prosaica. Estupiñá, que haría discursos en la tribuna parlamentaria, y que los hace en la mesa del café, enmudece con displicencia ante el mostrador. E n l fone do se siente víctima de una injusticia del destino, de l a sociedad personificada en el transeúnte que tiene la inadvertencia de entrar en su comercio. Y por eso emplea con él esa concisión espartana, que es la forma con que puede, sin esfuerzo, manifestarle su desdén. JUAN P U J O L LA CULTURA CA ARTÍSTI- D E L PÚBLICO Antiguos criterios y Museos E n tiempos pasados, el arte se manifestaba orientado hacia ideales bien definidos, en un país o durante una época. Esos caracteres se difundían hasta las manifestaciones más humildes de un arte; era un signo revelador de que existía igual unidad de sentimientos y de ideas artísticas en el público. Entonces, como ahora, había una educación del público: antaño, sencilla, constante y podríamos asegurar que bilateral; h oy, compleja, confusa y desordenada, rápidamente mudable y de orientaciones múltiples. Antiguamente, el artista producía sólo cuanto el público le pedía, estableciéndose una estrecha relación de aquél con éste, y viceversa. E l artista educaba a la muched u m b r e p e r o a su vez, recibía inspiraciones de ésta. Como el arte es vida, y la vida es mudanza, ésta se realizaba en. una acción bilateral. E l público sufría una evolución en sus costumbres, ideas y sentimientos, y los artistas recogían esas transformaciones, y por ellas encauzaban su arte. A su vez, los artistas, en aquellas individualidades más excelsas, producían nuevas formas artísticas, y por la relación íntima de convivencia que tenían con el público iban, peco a poco, imponiéndolas a éste, pues todo cambio artístico se operaba con lentitud. Permitidme que os recuerde algunos hechos históricos... Cuando en un Museo (el B r i tánico, por ejemplo) se contemplan los mármoles partenonianos, o. aquellos otros del Templo de las Nereidas, y luego las figulinas y vasos griegos, vemos, en todas esas obras, una unidad de ideal y de criterio artístico, y no hallamos un ejemplar malo, antiartístico, en las esculturas populares, como no le hay en las estatuas y relieves; varía la calidad de excejsitud por la condición humilde, pero no existe un desacuerdo artístico. Cuando recorremos una vieja ciudad castellana o un Museo que guarde obras d i versas y de toda condición social de la Edad Media, podemos observar igual fenómeno. Frente a una reja suntuosa del maestro A l fonso, construida para un templo, hallaremos otra, humilde, para cerrar la ventana de, una casa; espiritualmente son hermanas, nacidas de un mismo ideal y de un criterio idéntico sobre el arte. L a educación presente de nuestro público es un todo distinta. H o y actúan sobre éste fuerzas varias, y la menor de todas, ellas es la de los artistas, y aun ésta corrompida por un nuevo órgano de cultura artística, que nació vicioso y que, hasta el, presente, no se ha visto redimido de su pecado original; me refiero a las Exposiciones de arte. Tres son las fuerzas que actúan hoy sobre el público para producir en él una falsa educación artística: los Museos de A r t e A n tiguo, la Prensa y las Exposiciones. Los Museos comenzaron a organizarse como depósitos de obras antiguas, y con- frecuencia para evitar la dispersión de los objetos y la posibilidad de ser destruidos por el abandono o la ignorancia de las gentes. Luego se procuró agrupar esas obras en un sentido puramente erudito- histórico y, cuando fué posible, en edificios suntuosos. Este es el tipo almacén, modesto o lujoso, caótico u ordenado. D e todos modos, las obras de arte están fuera de su ambiente y todas ellas instaladas en la misma condición: tanto importará que el cuadro sea profano y aun erótico como religioso; con frecuencia andan los dos juntos en una continua DE Novela admirable d e EL CABALLERO AUDAZ S u pratagonisla, Sagrario M e letr, l a a r t i s t a d e r e n o m b r e u n i versal e n e l escenario y e n l a parataSla c i n e m a t o g r á f i c a a p a rece e n esta o b r a p r o d i g i o s a m e n t e descrita. S u v i d a a m o rosa, s u calvario espiritual, sus dramáticas aventuras, f o r m a n Ba t r a m a d e e s t a n o v e l a i n s u perable d e verismo, d e arte y d e emoción. 5 PESETAS UenaclmSento, Ciap. Librería Fernando Fe, Puerta del Sol, 15; Librería Renacimiento, P. Callao. 1. Madrid. perfecto. MARIANO SANCHO, S. A. Martínez Campos, 9 Tel. S 2623, Madrid El automóvil americano ISSEL
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