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ABC. S Á B A D O 31 D E M A Y O D E 1930. E D I C I Ó N D E A N D A L U C Í A P A G 11 nerse: piensos para el ganado, aceite de almendras, gases y líquidos combustibles, pinturas y barnices celulósicos, alcoholes, vinagres... y hasta un substitutivo del cacao? ¿Cómo abonar intensamente con estiércoles, si en las regiones verdaderamente olivareras desprovistas de otras producciones agrarias no hay más ganado que el estrictamente necesario para la labor y no puede alimentarse animal alguno a expensas de los olivos? ¡Grandes fábricas aceiteras, de tanta importancia como las azucareras actuales! Esta es la verdadera solución del problema. Con grandes fábricas podrá aprovecharse cuanto la oliva contiene o es capaz de producir, y con los piensos que dichas fábricas producirán, no sólo se alimentarán muchos animales de renta, cuya riqueza pecuaria transformaría hondamente al país, sino que los estiércoles de estos animales permitirían e l abono de los olivos en la forma deseada. Pero las grandes fábricas han de simplificar la extracción actual del aceite; han de prescindir de los capachos, que tanto la encarecen; han de aprovechar el alpechín, los huesos y la almendra de la oliva; todo ello con nuevos métodos, en que se obtenga de la masa de ia aceituna, por cualquier sencillo y rápido procedimiento, el 80 por 100 de su aceite, sin substraer el agua de vegetación, dejando el resto para obtenerlo por los disolventes; pero, ¿COMO EMPRENEER ESTOS DERROTEROS SI LOS FROPIOS OLIVICULTORES SE OPONEN A TAN PRECISO Y RACIONAL PROGRESO, DECRETANDO LA NO COMESTIBILIDAD DE LOS ACEITES EN TAL FORMA FABRICADOS? ado el volumen de aceite de orujo que prácticamente puede refinarse (hoy el 7 por 100 de la producción total aceitera) cuyo volumen consideraban los propios olivareros hace escasamente cuatro años que debía aumentarse, aumentando el número e importancia de las fábricas de aceite de orujo para que, trabajando éstas residuos al día y en estado fresco, pudieran refinarse y destinarse a la alimentación casi todos los aceites de ellos obtenidos. O lo que es lo mismo: pensaban los olivareros, cuando el aceite de oliva estaba artificialmente caro y no supieron prever el derrumbamiento de los precios, que debían alentar y alentaron instalaciones de nuevas fábricas de aceites de orujo, para que, valiendo más estos aceites secundarios, subieran de precio los orujos, que ¡legaron a valer 1.200 pesetas el vagón; así se cobraba caro el aceite y se vendía bien el orujo, lo cual considero justo, pues de todos los productos naturales estamos obligados a obtener el máximo de materias alimenticias. Pero hoy han cambiado las cosas; no se preocupan de que queden sin efecto útil la mayor parte de las fábricas de aceite de orujo cuya instalación recomendaron, n i de que sean capitales muertos los- que en ellas se invirtieron, porque abrigan la esperanza de que, substrayendo del consumo el 7 por 100 de aceite antes indicado! han de elevarse los precios de su principal artículo, aunque bajen necesariamente los del orujo, que constituye su producción secundaria. Ñ o vacilan en cometer una injusticia y soportar un perjuicio cierto ante la ventaja probable (en mi opinión completamente i n fundada) de que con ella se eleven los precios del aceite. Olviden, los olivareros. la Gaceta; dej en tranquilos a los Gobiernos, no les obliguen a que cada día, y según sus conveniencias, alteren el régimen de la industria y del comercio, con lo cual nadie va ganando nada; no pongan dique a las corrientes naturales de Ja economía nacional; consideren su posición privilegiada como propietarios de la tierra, estando seguros de que en un plazo más o menos largo todas las ventajas que consigan los orujeros, o cualquier otro i n dustrial del aceite, redundarán en su beneficio; no pidan tasas, que a nada práctico conducirían si no se conceden primas a la exportación, que no consentirían los consumidores y contribuyentes, quesen definitiva habían de pagarlas; y hagan, por último, examen de conciencia respecto a su actuación en estos últimos años, durante los cuales ejercieron una verdadera dictadura. Mantuvieron la política de sostener los precios absurdos creados por la desmoralización económica de la guerra, como si esto pudiera conseguirse en un artículo de necesaria exportación, que ha de. atenerse a los dictados del mercado exterior; fueron inspiradores de la ley de junio de 1926, que contra todo derecho clausuró las fábricas de aceites de semillas, recomendando a sus propietarios que las convirtiesen en refinerías, que ahora desean también restringir o clausurar; elevaron forzosamente los precios en el interior a costa del consumidor nacional, derivando la exportación en favor de otros países productores, que aprovecharon las circunstancias para vencer solos, situando sus precios un poco más bajos que los nuestros, pero siempre en régimen de altura que no permitía se consumiese en el extranjero más que lo estrictamente indispensable para sostener las marcas acreditadas, cuya demanda disminuyó también; y al amparo de estas circunstancias se crearon en los pueblos consumidores numerosas fábricas de aceites de ¡semillas, cuyos intereses han de sostener y proteger ahora Jos Gobiernos respectivos, dando un certero golpe a nuestro producto nacional. Mientras tanto, crecían y crecían nuestras existencias, no se vendía más que el 50 por 100 de nuestras cosechas, se alentaba a los olivareros para la resistencia, se pedían créditos al Gobierno y a los Bancos (que uno y otros concedían) para fomentar este estado de cosas, y así hemos llegado a un momento en que, llenas todas las vasijas y agotados todos los recursos, hay que vender necesariamente, aceptando la lucha con tantas y tantas semillas productoras de aceite como en el mundo existen, y aún tenemos que vender más barato, porque está muy descuidada nuestra elaboración y producimos, especialmente en los años de gran cosecha, una enormidad de aceites impotables, mucho peores que los aceites de semillas bien elaborados. Desdeñamos hace cuatro o seis años a un enemigo con quien hemos de luchar ahora, cuando, con la tregua equivocadamente concedida, le hemos dado tiempo a que se fortifique en sus posiciones. H a y que desalojarlo de ellas y hay que reeducar el gusto extranjero concuna activa propaganda, mediante una organización comercial sabiamente preparada, a base de fabricantes y exportadores, apartando a los clientes cuanto sea posible del aceite refinado e inclinándolos cuanto más se pueda al aceite fino y virgen de oliva. Su superioridad pertenece a algo imponderable, casi imposible de imitar con toda la química que poseemos, por grandes que sean sus recursos, y que le hace ser preferido por quienes lo conocen, existiendo entre este aceite y los de semillas o de otros frutos una diferencia del mismo orden de la que existe entre los vinos de diferentes regiones, que, teniendo la misma graduación alcohólica y sensiblemente la misma composición, cuentan cada uno, entre lo que pudiéramos llamar impurezas o materias accesorias, y accidentales, determinados elementos que le dan el olor y gusto específico que tanto se aprecia en los productos naturales, -constituyendo unos la aristocracia y quedando otros en la categoría de ordinarios o plebeyos. E l aceite de oliva es ciertamente, por este concepto, e l m á s supremo de los aceites; pero para conseguir fuertes demandas de él, que nos permitan elevar los precios, precisa que lo conozcan los poderosos, haciéndole llegar ahora hasta, ellos con un precio r a zonable, y; esto exige, algunos sacrificios achuales, siendo el primero que los propietarios disminuyan un poco sus rentas, que gravan hoy la producción del aceite con un peso extraordinario, nacido al amparo de los precios de la guerra, que hasta hace poco, y de un modo artificial, fueron sosteniéndose. H a y que abaratar además la producción, llegando al aprovechamiento integral de la oliva, fruto del que sólo aceite se obtiene hoy, y precisa también forzar la producción de los olivares abonando intensamente, con estiércoles mejor que con productos químicos, no sólo porque aportan aquéllos la materia orgánica indispensable a la verdadera mejora de las; tierras, sino porque contienen en sí los gérmenes de destrucción de la materia animal, origen de la vida vegetal en el ciclo establecido por la Naturaleza. E n el aprovechamiento total de la oliva y en el abono intenso de los olivares está la solución de este trascendental problema nacional, porque por el primer camino podrá aumentarse en tres o cuatro pesetas la utilidad por cada arroba de aceite, y tal vez se reduzca en más de un 25 por 100 el costo de la producción. por el simple empleo de los abonos. Pero, Jcómo obtener dei preciado fruto en las modestas fábricas actuales los múltiples productos que de él pueden qbte- i Créanme los olivareros, que los hablo con toda sinceridad; y alguna fe han de tener en, quien llevó al Congreso Nacional, de I n geniería, en el año 1919, después dé cerca de diez años dedicado al asunto, su primer trabajo, que fué aprobado, sobre la industria del aceite. H a n de volver de su acuerdo, como cosa injusta y fracasada, ya qué no lograron detener el. rápido derrumbamiento de los precios y, en cambio, vieron depreciados sus orujos, que son sus aceitunas y su renta, en última palabra. E n buena hora que concedan. un premio a quienes cultiven el sport científico de distinguir los aceites de oliva de los de orujo después de unos y otros refinados; pero concedan más importancia a- quienes creen grandes cooperativas de fabricación, introdu ciendo en ellas todos los progresos necesarios para llegar al total aprovechamiento, del fruto y abono intenso de los olivares. Premíense también los trabajos que estudien y tiendan- a propagar nuevos productos a base de aceite de oliva que aumenten su consumo, como jabones Castilla, pastas y jabones dentífricos, grasas alimenticias y lubrificantes, etc. etc. S i precisan proteccicp mientras, encausan por nuevos derroteros su comercio, su industria y su cultivo, p ii- in una subvención transitoria por cada árbol, que se conceda en forma progresiva, cesando en cuanto se llegue a un cierto numeró máximo de plantas; pero nada de tasas iríi otras medidas que alteren el régimen comercial, que siempre benefician a los más hábiles y que ciertamente no beneficiarán esife año a los pequeños propietarios, que ya vendieron sus aceitunas, sino á los poderosos y a los comerciantes que acapararon el aceite. Tales son, a mi juicio, los únicos remedios para resolver la crisis que atravesamos, sin daño para los consumidores, creando una firme y gran riqueza nacional, no expuesta a las veleidades del mercado ni a las de los Gobiernos, a que hoy lo está toda nuestra riqueza olivarera. JUAN MORENO LUQUE
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