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NUMERO CONMEMORATIVO D E LAS BODAS DE PLATA D E A B C. P A G que 15 pesetas representaban la cuarta parte de sueldo señalado (con el dedo, cotnc decía Julio Camba al redactor- jefe. A u n que El Globo no pagaba, yo tenía un sitio cerca del brasero, con Ribera, Rosón, Jardiel, redactores de El Imparcial, El Liberal. La Correspondencia... Cierta noche se detuvo un carruaje en la puerta del Centro. A l principio no dimos importancia al acontecimiento: supusimos que era un coche de los que allí encerraban, de vuelta de un servicio extraordinario. Oímos luego llamar al sereno. U n señorito juerguista pensamos entonces. Pero la misma voz p r e g u n t ó ¿E s aquí el Centro de Reporters Judiciales? Nos asomamos al balcón y sólo pudimos ver dibujada, por la luz vacilante del farolillo la silueta de un hombre y, m á s devorada por la noche obscura, la del carruaje. ¿Quién será? -nos preguntábamos- ¿A c a s o uno de nuestros d i rectores, en visita de inspección? ¿O bien un asesino fino y amable, que venía a darnos todos los detalles de suceso? E l sereno abrió la puerta de la cuadra al tiempo que le advertía: -Tenga el señorito cuidado con la escalera. ¡A g á r r e s e a la maroma que hace de pasamano! Todos salimos a recibir al que llegaba. Subía con miedo, asegurando bien el pie en cada escalón. Por fin alcanzó la puertecita del Centro. F u é Ribera quien le conoció: -i Hombre, M u r o! ¿T ú por aquí? Rómulo Muro tardó algún tiempo en reponerse del susto de la ascensión. Le acosábamos a preguntas; ¿A qué vienes? ¿T r a e s alguna noticia? ¿Y ese coche? ¿E s que ha habido algún suceso fuera de radio. Muro, sin querer humillarnos, pero un tanto orgulloso, d i j o -Es el coche de A B C. Como hago los sucesos y la Redacción está tan lejos... Me traerá y vendrá a recogerme... ¡U n vehículo con ruedas de goma para el repórter de sucesos... ¡Y yo que había de ir trotando detrás del coche del juez de guardia... Todas las noches llegaba Rómulo Muro en su berlina y de madrugada se iba de la misma manera. Y M u r o tenía un buen gabán y bufanda de lana. Para mí era el representante de aquella sociedad elegante que se reunía los lunes de moda en la Princesa y vivía en el barrio de Salamanca, el primer barrio de Madrid que olió a cera de parquet. Y mi envidia admirativa creció de punto cuando M u r o dijo una noche: -E l sueldo mínimo establecido por el director de A B C es de cincuenta duros, y se cobra puntualmente el día último de cada mes... L a Casa de A B C se ha construido expresamente para Redacción y talleres del periódico... H a y cabinas telefónicas, taquígrafos para tomar conferencias que duran un cuarto de hora o más... A B C tiene corresponsales de verdad en P a r í s L o n dres... U n compañero le interrumpió: -E s un periódico de monos (aludía a la información gráfica) y no da un artículo de fondo cada día. N o había comprendido que acababa de nacer el periodismo moderno en España. Diez años más tarde D Torcuato Luca de Tena me tendía la mano al tiempo que decía: -V a usted a demostrar que es un periodista europeo: infórmenos de la guerra. Tiene usted carta blanca para moverse como mejor crea para el servicio de nuestros lectores. M i s instrucciones son éstas: veracidad, interés y rapidez. E n camino hacia Berlín, yo evocaba la noche de mis veinte años cuando tuve la primera noticia del nacimiento del periódico moderno en España. ANTONIO AZPEITUA Ginebra, mayo, 1930. 3 0 i REMEMBRANZAS. EX ABUNDANT 1 A CORD 1 S Se me invita, con ocasión del vigésimoquinto aniversario de la fundación de A B C, a decir algo sobre su historia. Esta puede ser condensada en pocas palabras: una gran autoridad sobre la opinión y una tirada desconocida hasta ahora, por lo considerable, en nuestro periodismo. E l esclarecido español a quien debemos el honor de exponer nuestras ideas desde esta tribuna no tuvo necesidad de estrujarse los sesos planteándose operaciones aritméticas para llegar a este resultado; dejó a su patriotismo en libertad de acción, y ese sentimiento le condujo al triunfo. E l dogma intangible de su honrosa vida de trabajador fué España. Pero la subordinación del esfuerzo cotidiano a un ideal no es empresa tan fácil como parece. Requiere una inteligencia amplia y sin eclipses y la inmolación del interés visible e inmediato a posibilidades dudosas y lejanas. E n toda existencia, por virtuosa que sea, se presenta Mefistófeles alguna vez ofreciéndonos algo muy tentador a trueque de nuestro espíritu. A unos les brinda con honores, a otros con dinero, a éste con el éxito en amor, y si no trata de conquistarnos con una prórroga de la juventud, es porque, contra lo que sostiene Goethe, ese elixir no ha sido inventado ni en el infierno. H a y que resignarse, pues, a envejecer con el menor v i l i pendio posible. ¿F u é tentado el ilustre fundador de A B C alguna vez? Por supuesto. Y él no lo ocultaba. Por su lado pasaron el financiero que envuelve el cheque en la sonrisa para que la capitulación de l a conciencia no salga de los límites de la amistad los honores que otorga la política cuando pretende asegurarse ciertas valiosas cooperaciones, sin exigir la m á s mínima declaración doctrinal y los oropeles con que regala el mundo a los que se avienen a adularle servilmente. Todos los fuertes encuentran a Mefistófeles en su camino, porque el espíritu de negación que encarna el diablo no soporta el espectáculo de una vida honesta. ¿L e costó mucho resistir? A lo positivo y ventajoso, nada. H a y hombres que, por un privilegio providencial, ven siempre claro dentro y fuera de sí mismos. Otros, menos favorecidos poi el cielo, pierden el equilibrio espiritual cuando m á s les importaría conservarlo, y comprometen irremediablemente su destino. E n un medio social como el nuestro, duro, apasionado, en el que el respeto mutuo no tiene otras garantías que el humor del momento y el interés inmediato, un fc ombre de aquel temple tuvo forzosamente que chocar con todas las hipocresías y los egoísmos de una sociedad en la cual pocos ocupan su puesto por méritos propios. A nadie puede sorprenderle, pues, que aquella existencia se consumiera en un combate que no da la victoria solamente a los que tienen razón, sino que exige energías físicas sobrehumanas para sostenerla. Cuando dudo sobre la justicia de lo que estoy haciendo, el recuerdo de España basta para devolverme la tranquilidad solía decir. Y es lo curioso que aquel hombre de acero, de quien h tentación de lo temporal acabó por huir, como huye el zorro del león, se dejaba ganar fácilmente de la amistad. Ahora bien; nada tan peligroso como andarle con ambigüedades y circunloquios. Como los médicos, exigía la exposición puntual y sin tapujos del caso. S i percibía algo obscuro o dudoso en el interlocutor, fruncía el ceño, se callaba y se inhibía voluntariamente de aquella realidad. Además, era i n útil fingir con él, porque se sabía de memoria todas las vidas de sus contemporáneos. ¿Se me obligará a evocar hechos y anécdotas? N o es necesario. L o que puedo asegurar, sin caer en indiscreciones, por ser eco de mi experiencia personal, es que lo que él quería estaba defendido siempre por su fogosa generosidad. ...De cuando en cuando oigo sonar en conversaciones privadas, o veo impresos en los periódicos, los nombres de nos cuantos octogenarios, que no han hecho en este mundo m á s que administrar con cautela su egoísmo, y la verdad, al saber que andan por ahí todavía sin ofrecernos otra compensación que el espectáculo de sus canas y de sus vanidades, me siento un poco defraudado. P a r a eso del tránsito a la otra vida debiera h aber un turno preferente reservado a los egoístas, que no han servido m á s que para demostrar la resistencia orgánica del mamífero vertical. L o s otros, los que han agotado la juventud y la madurez en los combates por el ideal, debieran tener derecho a elegir la hora de la partida suprema. E l rigor igualitario de la muerte me parece, en ciertas ocasiones, irritante... MANUEL BUENO A B C EN INGLATERRA Desde el país donde l a Prensa diaria es una fuerza que halla su más alta expresión como ó r g a n o de opinión nacional es m á s fácil apreciar en su totalidad la importancia de la obra que se conmemora en este n ú mero extraordinario. E n su labor diaria, situado en este grandioso panorama de las actividades humanas, el representante de la Prensa extranjera, frente a la constante lluvia de periódicos de todos los idiomas y de todas las latitudes, que desde el amanecer cae sobre su mesa de trabajo, hace comparaciones, al contrastar los valores de la Prensa mundial, hasta en sus m á s pequeños detalles. Celebro por ello la oportunidad que se me presenta hoy para decir una vez m á s que el españolísimo A B C es motivo de orgullo para los españoles que vivimos lejos de la Patria. Dentro de sus características y dentro de las justas proporciones del número de sus lectores, cabe afirmar que A B C, no sólo no desmerece, sino que destácase entre los m i les de periódicos de dichas procedencias qua pasan por mis manos. E l madrileñísimo A B C por su forma tan simpática y de fácil manejo, ofrece las ventajas de sus s i milares ingleses que circulan por millones en esta capital. Con sus nutridas páginas de variada información, sus ilustraciones de arte exquisito, sus editoriales comentando con elegante sobriedad la nota del día, sus artículos que llevan la firma de nuestros mejores escritores describiendo, con linda prosa, la actualidad española- -política, social, artística, económica y deportista- su i n formación telegráfica y, por último, su sección de anuncios, constituye un conjunto d vida española e internacional que le lian conquistado el prestigio dentro y fuera de E s paña. Más de una vez me ha sido expresada la admiración de los lectores ingleses de A P C. Entre los muchos que cultivan las letras españolas en este país, el cotidiano madrileño contribuye no poco a extender la afición por las cosas españolas con la difusión de nuestras costumbres y la consiguiente elñnina-