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NUMERO CONMEMORATIVO DE LAS BODAS DE PLATA D E A B C P A G 49 tración, en los talleres... Llegó, por fin, el momento ansiado, y en las primeras horas de una alegre mañana de sol el A B C diario era voceado en las calles de la corte. ¡Para qué decir m á s! E l público, a quien siempre pretendió servir lealmente el periódico, es quien lo ha dicho todo en estos c i n co lustros. Nos falta él, como nos faltan otros muchos hermanos que fueron cayendo a lo largo del camino. De todos llevamos el recuerdo y de é l nos queda además l a norma en que supo educarnos, y que consiste: en no desfigurar la verdad; en no envenenar las pasiones; en no silenciar arteramente ni abultar con fin perverso; en no moverse por intereses bastardos y que no puedan ser confesados a la luz del día, y en amar a España sobre todas las cosas. Así es como el periodismo se eleva a l a categoría de sacerdocio. A. RAMÍREZ TOME E veinticinco años, A B C ha escrito muchas palabras. Y cuando muchas palabras se escriben resulta inevitable que un espíritu se forme. Esta alma del periódico, que ya todos los españoles conocen como amplia, comprensiva, tolerante, no es así por cómodo electicismo. por prudencia de término medio; sino por síntesis entre tradición e ilustración; por síntesis que tiene y busca sus enemigos t a m b i é n el tercer elemento de los fijados en la composición del siglo XVIII: la masa amorfa, la prehistoria, la barbarie. C) Menéndez y Pelayo, en la ciencia. Estas hojas, en la prensa. ¿Quién vendrá a representar- -urge- -el mismo espíritu, en nuestra política EUGENIO D ORS mera vez en la Prensa española darse una información auténtica y directa de acontecimientos exteriores de aquella magnitud; y los ilustres cantaradas que por A B C, lo mismo que yo, realizaban esa tarea, lograron facilidades que ni los mismos agregados militares obtenían en los países combatientes, no por nuestra habilidad personal, sino por la autoridad de nuestro periódico, y porque los medios de que disponíamos nos permitieron desempeñar con plena dignidad nuestra misión. JUAN P U J O L U N GRAN SERVICIO A ESPAÑA Todas las pasiones de la bestia humana se desencadenaren de pronto en una de las más bellas y apacibles regiones de España. Incendios, matanzas, infames ultrajes a pobres religiosas, asaltos a asilos en que la caridad recogía los niños y ancianos, desenterramiento de los que dormían eternamente... Y ello sin que lo atenuase siquiera la nota de la temeridad en los sicarios. T a n cobardes como criminales, aprovecharon el desguarneci miento militar que requería la defensa de la Patria en otro punto, para satisfacer su ansia de sangre. Dentro de la más estricta legalidad, los promotores de los sucesos increíbles fueron condenados. U n alarido de fiera resonó sobre el haz del globo terrestre. L a chusma- -lo mismo la analfabeta que la literaria- -pretendió arrancar al castigo a los siniestros criminales. Los intelectuales del mundo, con untuosas maneras, tuvieron e l atrevimiento de querer imponer a España las normas de su organización judicial. H a b í a entre los nacionales quienes aprobaban... Contra todos alzóse una voz: la de A B C No era poco, pero no fué todo. L a voz no temblaba, excusando; la voz vibraba irritada, acusando. E l alarido de la fiera bajó de tono, los intelectuales callaron avergonzados... ¡Q u é servicio a la n a c i ó n! Pero los partidos políticos que necesitaban, para vivir, del estiércol se apresuraron a recoger el que A B C había devuelto a su procedencia. N i una hora m á s gritaron enronquecidos al Gobierno que. por excepción, no se había sobrecogido. Y dieron con él en tierra. Y A B C puso en ellos este estigma, que, como el de Dios sobre la frente de Caín, será eterno: Sube al P o der (Moret) empujado por los republicanos, que le darán el pago; sube dando el ejemplo triste de que en España se mudan los Gobiernos por las protestas del anarquismo i n ternacional i Qué advertencia a los españoles... r A B C Y LA GUERRA MUNDIAL 1914 L a guerra acababa de estallar cuando yo llevaba apenas tres meses de corresponsal de A B C en Londres. Quise ir al frente inglés. N o me permitió el Gobierno, que en aquel momento no tenía nada interesante que mostrar a los extranjeros. T r a t é de acercarme al frente alemán, y, apenas solicité la autorización del periódico, la obtuve con las instrucciones precisas para ir a Holanda y de allí a Bélgica, desde donde informé de cuanto vi. A l volver a Londres, la suspicacia explicable de las autoridades británicas me determinó a regresar a España. Y o no conocía a D Torcuata Luca de T e n a pero la idea del prestigio social que disfrutaba en nuestro país y la de la importancia de ABC me intimidaban un tanto. Hasta que tuve con él la primera conversación, que fué el comienzo de un afecto y una adhesión para siempre inquebrantables. Su simpatía, su don de gentes, su llaneza de gran señor, no eran obstáculo para que conservase i n tacta- -sin emplear m á s que palabras amables- -una autoridad que bastaba para mantener a cada uno en su puesto. E n este ejercicio de la autoridad tenía ese arte difícil con el que únicamente se logran las cooperaciones cordiales, y que consiste en consultar y pedir lo que puede ordenarse, de suerte que al obedecerle uno imaginaba ser su colaborador m á s que su subordinado. Y la destreza de sugerir las iniciativas para que su interlocutor las adoptase como propias y las ejecutase con entusiasmo. -A h o r a tengo entendido- -me dijo después de su bondadosa acogida- -que desea usted volver a Alemania. Y o no había pensado en ello, la verdad, e h icc un gesto ambiguo. -L a guerra va a ser larga- -prosiguió- y se ve que usted es aficionado a esas aventuras por la vivacidad con que las describe. Puesto que lo desea i r á a Italia, de allí a Suiza y Berlín, visitará los frentes orientales. V a usted a tener un éxito. ¿Sabe usted que la Reina Cristina quiere conocerle y encargarle que salude a los archiduques, sus hermanos, si se decide a ir allá? -Todo eso va a ser muy costoso... -insinué, habituado al periodismo de café con media tostada. -Claro que sí. Pero usted vayase tranquilo. Tendrá una cuenta abierta en un Banco, y gaste cuanto sea necesario, sin olvidar nunca que en todos esos países representa usted al primer periódico de España. Salí entusiasmado, casi convencido, por otra parte, de que el proyecte de aquel viaje tí ci a mí a quien se le había ocurrido. Y así, por la idea generosa y orgullosa que Luca de Tena tenía del periodismo, pudo por pri- A B C A N T E L A OPINIÓN I N T E R N A C I O NAL Por deberes profesionales leo diariamente numerosos periódicos de ocho o diez países. Puedo, pues, afirmar que conozco bastante bien la Prensa internacional. Y con conocimiento de causa me at; evo a declarar que, desde el punto de vista técnico, no ha) diario que supere a A B C. Afortunadamente para mí, el prestigio i n ternacional de A B C es muy elevado. V i a jo mucho y por todas partes he encontrado las puertas abiertas en mi calidad de redactor de política exterior de A B C. Debo declarar con toda sinceridad que j a más he encontrado la menor dificultad por parte de mis jefes para exponer el punto de vista que consideraba justo e imparcialj j a más se ha pretendido influir en mis comentarios creo que hay pocos periódicos cuyo redactor de política internacional se encuentre en el mismo caso privilegiado. E s justo, pues, que exprese mi agradecimiento a l a memoria del fundador de A B C y a las personas que lo dirigen actualmente. ANDRÉS REVÉSZ P O R L A ACCIÓN PRIVADA A L PRECEPTO LEGISLATIVO L a costumbre suele ser vanguardia del derecho. Anuncia su aparición. Llega a tomar a veces la vestidura jurídica. ABC estableció en sus páginas una costumbre: la de abrir suscripciones. Fueron ellas galardón de los actos heroicos. Demostró prácticamente cómo podía realizarse la doctrina del derecho premial, que no ha pasado, entre nosotros, de la ciencia pura a la letra de la ley. A la contracción de un mérito extraordinario por el individuo corresponden mercedes extraordinarias que debe otorgarle el Poder público en nombre de la sociedad a quien representa. Convertir tal obligación ética en uso social es preparar el advenimiento del día en que sea reconocida y proclamada como obligación jurídicamente exigible. Así, el hecho podrá ufanarse con las galanías del derecho, y los actos de m i sericordia serán actos de justicia. JOSÉ R O C A M O R A 1 ¡VICTOS P R A D E R A EL SACERDOCIO D E L PERIODISMO. L A SANCIÓN D E L PÚBLICO ¡Qué semanas de febril actividad las que precedieron a aquel i. de junio del a ñ o 5! Y o estaba allí desde febrero. Después de la instalación de las máquinas y de ultimar el acoplamiento de los diversos servicios, v i nieron las pruebas parciales, luego de conjunto y, por último, las definitivas. ¡Y sí que fueron días de prueba aquéllos! E l personal, en sus puestos; las máquinas, rodando sin cesar, y él, el director, nuestro don Torcuata inspeccionando todo, en la Redacción, en la fotografía, eu la adminis-