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L o s franceses maniobraban a metralla, y los paisanos avanzaban a pecho descubierto a disparar un fusil p escopeta. -Señor Bergamota- -decía el Zurdo- hoy acabamos con toa la Francia. -C o n toa la Francia, y con París, además- -contestó el peluquero. ¡Serán chabacanos... -decía el gallofo- ¿Pues no se esconden detrás de los cañones? N o me quiero irritar, porque estoy resíriao, que si no... -Míalos, corren más que un calesín- -dijo el lacayo. Jesús! -gritó el gallofo, cayendo a l suelo. ¡Pobre gallofo... A l hospital- -dijo el lacayo. -N o- -r e p u s o el peluquero- a la eterniá. -M u e r e tranquilo- -dijo el Zurdo, cargando su ifusil- porque he visto al que ta muerto, y voy a enviarle a jugar a la taba al infierno, que es tierra caliente. ¿Y sabes que estos vulcanos, como tú llamabas a los chisperos, son valentones? Casi tanto como nosotros, los curtidores! -respondió el Zurdo- L o maté- -gritó de pronto, con alegría- ¡Y a estás vengao, pobre gallofo F u e r a del Parque se luchaba igualmente. A l final de la calle A n c h a de San Bernardo, un heroico paisano, llamado Malasaña, ayudado por una hija, que le traía las municiones, combatía casi solo contra los imperiales, sin que le arredrase la muerte de su querida hija, ocurrida a su vista, y sin dejar el puesto, hasta que los franceses le hicieron caer sin vida. ¡B r a v a s mujeres! ¡Mirad! -dijo Velarde. Todos se volvieron a mirar hacia la calle de San José, donde un puñado de valerosas mujeres servían la piezas, por muerte de todos los artilleros. ¡Midieres heroicas! C o r r o en su auxilio- -dijo el abate. ¿Qué habrá sido de m i Paca? -preguntó el Zurdo. -S e refugiaría en alguna casa. -N o lo creas; le gusta l a algazara. ¿Si la habrán muerto? E n esta lucha desigual, en este combate heroico, el teniente Ruiz fué gravemente herido por u n ex- ceso de bravura, y poco después lo fué Daoiz en un muslo; sin embargo, apoyado en una cureña, y casi solo, cargó dos veces el cañón con piedras de chispa que le trajo Velarde, porque todas las m u niciones se habían concluido. Los franceses hacen señal de parlamento; avanza Lagrange con un piquete, y a las pocas palabras exclama D a o i z -S i fuerais capaz de hablar con vuestro sable, 110 me trataríais así. Cruzan las espadas, y Lagrange g r i t a ¡Granaderos, socorred a vuestro general... Cien bayonetas se clavan en el pecho de Daoiz, C n tanto que la columna penetra en el Parque por traición y a la carrera, y Velarde, que volvía con nuevas municiones para Daoiz, recibe u n pistoletazo por la espalda de un oficial polaco, que le hace caer ¡sin vida. C o n la muerte de ambos, el Parque fué tomado y la lucha concluida. E l capitán de Voluntarios del Estado, don Rafael Goicoechea, capituló para salvar l a vida de los pocos soldados que le quedaban. ¿Y el pueblo? E l pueblo se desparramó por las calles buscando donde pelear, o al menos donde morir. r A l tiempo que estos sucesos ocurrían en los barrios altos, en los bajos, los curtidores se mostraban tan valientes como los chisperos. De un grupo que mandaba el maulero sólo quedaba el en el Portillo de Embajadores, y tenia por toda defensa una cachiporra. A l ver llegar u n coracero, de los enviados por Murat a las tropas de los cantones para que acudieran en su auxilio, le cierra el paso, esquiva con gran habilidad los sablazos del coracero, y de pronto descarga tan fuerte palo en la cabeza del caballo, que el animal cae a tierra, arrastrando al jinete; el maulero se lanza sobre él y lo mata a cachiporrazos. Repara que vienen un oficial y otros dos coraceros, y montando en el caballo del soldado muerto, y esgrimiendo su sable, se dirigió a ellos gritando: Allá voy, cobardes... aguardarme... ¡Pero ellos, sin esperarle, huyen per los derrumbar 1