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A B C. JUEVES 5 DE JUNIO DE 1930. EDICIÓN D E ANDALUCÍA. PAG. 10 LA RECIPROCIDAD TEATRAL C O N AMERICA Ignoro, porque no leo asiduamente nuestros periódicos, qué trato ha recibido C a mila Quiroga en España. M e refiero a la critica. H a y entre los escritores que la cultivan más de un espíritu penetrante e i n ¡forinado que procura sacar ileso su juicio sin abrumar al dramaturgo ni a sus intérprete? con el peso de su severidad. A qué designarlos más claramente, si todo el mundo los conoce? Años atrás nos ocurría lo mismo. H a b i a entonces entre los revisteros de teatros un señor que hacía lo posible por justificar su apellido maltratando a los autores con una desconsideración que en algunos casos bordeaba ia grosería. P o r aquella época estrenó un escritor argentino una traducción en la Comedia, y aunque su pasado literario le daba derecho a l máximo respeto recibió de aquel revistero un tal vapuleo, que resolvió no volver a autorizar la inserción de su nombre en el cartel. Recuerdo que el pobre dramaturgo vino a verme, no para protestar, sino para dolerse de aquella desaforada agresión. -M i r e usted- -le dije- no tome usted muy a pecho ese proceder, que soy el primero en reprobar. Ese sujeto es un pobre majadero, que ignora a lo que obliga la hospitalidad. Olvide usted su indelicadeza, y téngase usted por desagraviado con lo que han dicho de usted otros críticos más inteligentes y circunspectos. M i ruego fué ocioso. E l ilustre escritor argentino no ha vuelto a comparecer ante ¿nuestro público, a lo menos en un cartel español. ¿Ha representado Camila Quiroga alguna de sus obras? E s posible. Ausente de Madrid, no he seguido puntualmente los pasos de la ilustre actriz, y no sé, por lo tanto, si en su repertorio actual figura aquel noble y simpático literato, que, por más señas, es hijo de padres españoles. ¿Qué se ha hecho del revistero que motivó aquella penosa deserción ¿Se habrá humanizado al adquirir la costumbre, que desconocía entonces, de comer seguido? A veces el rigor de tin crítico depende de sus vicisitudes privadas. N o es que su gusto se muestre exigente; es que o está enfermo sin darse cuenta de ello, o que se siente ofendido por la i n justicia del ambiente. Otras veces el crítico imagina que la autoridad es incompatible con la satisfacción, y que para adquirirla es indispensable desentonar violentamente de los demás. Y o he pasado por esa forma de ofuscación, de la que me he curado, como de otras vanidades, en cuanto me hice cargo de lo difícil que es producir y de la desproporción que hay entre un juicio demasiado solemne y una obra destinada a divertir al público durante unos días. A menudo nuestras intransigencias apenas si reflejan nuestro criterio personal. Suelen ser los ecos de despechos ajenos que nos sugestionan, y en esos momentos nos hacemos voluntariamente los intérpretes de malas pasiones que nos son extrañas. Pero, en fin; la severidad crítica se puede admitir si se reviste de precauciones urbanas. U n revistero bien educado puede mostrarse duro sin herir. L o intolerable es la agresividad sin comedimiento y sin i n genio. Felizmente, en esos casos la violencia, por lo ruda, pierde todo poder ofensivo. L a otra noche tuve el placer de asistir en el Poliorama al estreno de una obra de autor argentino, que me entretuvo sin deslumhrarme. E l dramaturgo sostiene en ella una tesis que habrá satisfecho a los maridos: la de que si el hombre claudica en el hogar la mujer sólo tiene derecho, como represalias, a la resignación. Ese principio moral, la verdad, me pareció abusivo. L i- apartados lugares. Y ese generoso celo, que no deja de tener sus riesgos, puesto que, pareciendo excesivo, pudiera enajenarla ciertas simpatías, no ha sido, que yo sepa, bastante alabado. MANUEL BUENO Barcelona, mayo, 193 a SOBREMESA Y ALIVIO DE COMEDIANTES Las tres vanguardias. -Todo aquel rebur 1 icio alzado en torno a las vanguardias es 1 cénicas todos aquellos isinos agresivos y petulantes que se aventaron en las columnas de los periódicos, y en los corrillos de gente de teatro, y en los teatros mismos, con más ímpetu en pro o en contra que recto conocimiento todo, todo ha quedado, en un lapso de dos años, reducido a la inevitable y tumefacta cifra del tres. Tres son hoy las vanguardias. Como las hijas de Elena. Como los elementos filosóficos que integran la personalidad humana: soma, psique y neuma. Como la vida misma: vegetativa, intelectiva, sensitiva. E n la prisión del tres, conocida entre los cultos por tricotomía, han quedado, por fin, encerradas las vanguardias escénicas. Y el triángulo, triada y tricotomía vanguardista presenta hoy las caras siguientes Primera. Vanguardia flamenca. Segunda. Vanguardia melodramática. Tercera. Vanguardia plutocrática. Siguiendo el orden guroso que impone el triunfo, corresponde la primacía a Vanguardia flamenca. -L a vanguardia flamenca, lector ilustre, no ha nacido, cemo cualquier otra vanguardia espúrea, por generación espontánea. Dicen que viene de Grecia, del coro trágico y dionisíaco. Dicen que la guitarra de hoy fué flauta en Atenas y que el actual acento andaluz fué el dórico de los tiempos áticos. Dicen que su tradición lleva, como aureola, los nombres de Eurípides, Sófocles y Aristófanes- -Quintero, G u i llen, Granada, Sobrevila- y dicen, en fin, que es cosa muy moderna y muy antigua, como todas las vanguardias bien nacidas. Su técnica va ganando sufragios en este y en el otro mundo- -en el mundo de Amér i c a- N o hay acción dramática, cómica o sentimental que se resista a la prueba de la copla y del baile flamencos. Cuando el autor no sabe qué hacer con sus personajes y la hosca musa calla gesticulando, el coro dionisíaco de los flamencos substituye ventajosamente a la palabra, y el jipío al sollozo, excitando en la imaginación del espectador un negro desfile de cárceles, tabernas, colmados y mancebías. E l triunfo final está siempre asegurado. L a copia tiene una ascendencia gloriosa, y suyo ha de ser el porvenir en los teatros, porque suyo es el pasado y el presente. Vanguardia melodramática. -Lleva los colorines de Jonathan, y ha nacido en la feria de Nueva Y o r k ante un concurso de negros, en Harlem Street. Su tradición, gloriosa como ninguna. E d i p o Shakespeare, Conan Doyle... Policías y ladrones: juegos de chicos traviesos en los suburbios de una gran ciudad, a la sombra de los rascacielos. H i s torias espeluznantes de Chicago y de M a n hattan. Historias taylorizadas, almacenadas en lo más hondo del alma yanqui. Accesos de neurastenia y demencia: disparos de revólver, puñetazos. Focos de luces en gavilla y sombras densas y patéticas. Cinematógrafo. L a vanguardia melodramática necesita, por lo menos, un cerebro absoluta y exclusivamente infantil. Que es algo más raro que l i maestro Pablo Luna, autor de la partitura ¡M o r e n a y s e v i l l a n a! obra de Paso y Borras, estrenada en el Gran Teatro Metropolitano. breme Dios de sostener que el abandono del deber, por parte de cualquiera de los cónyuges, baste a justificar una huelga general de la dignidad en el hogar. U n a indecencia no se borra con una inf. delidad ni es posible que dos seres que se han asociado para constituir una familia liquiden sus desacuerdos engañándose. L a reciprocidad en la afrenta es execrable. Pero la tesis del autor, que consagra el sultanaje del hombre, no me parece menos odiosa, y así se lo dije a la eminente actriz argentina en uno de Los entreactos. S i n que prohijemos la pretensión de aquella heroína de una comedia de Bjornson que exige del hombre la misma pureza inicial con que iban antaño las mujeres al matrimonio, el derecho masculino al libertinaje es indefendible. Como todavía la moral cristiana no ha sido derogada, y menos en España, donde el apego a la tradición la incomunica con esa forma del progreso que la entrega inerme, desnuda y en ocasiones complacida a los apetitos de todos los hombres, el marido está obligado a contentarse con lo que tengan de paradisíacas las intimidades conyugales. Sobre ese punto la Iglesia es inflexible. Que hay depravados y neuróticas que disienten de ese principio? Allá ellos y ellas... Debemos felicitarnos de que- una actriz de la filia sensibilidad de Camila Quiroga haya establecido entre la América de abolengo español y nosotros una comunicación que, no sólo no se ha interrumpido desde que se inició, sino que tiende a ser más frecuente cada día. Si aquel continente ha sido hospitalario y aun generoso con el arte dramático español, lo natural es que aquí se les dispense la misma consideración a los autores que lo enriquecen por el solo hecho de producir en nuestro idioma. Do iit des... Menospreciar lo que viene del otro lado del océano sería proceder con dudosa corrección. Camila Quiroga no se ha limitado a darnos a conocer lo mejor de aquel caudal dramático ultramarino, del que la originalidad se destaca con frecuencia. H a honrado a nuestros autores paseando sus obras bajo todos los cumas. Sus homenajes a España se han hecho- ostensibles por la sonoridad de su entusiasmo. E n Colombia, en Puerto Rico, en Cuba y en Nueva Y o r k ha patentizado la eximia actriz su identificación con el espíritu de nuestra raza, haciendo aplaudir comedias que, a no ser por ella, hubiesen quedado inéditas en aquellos