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T e l é f o n o 1 S 7. m UlA PESETA en 3o dra España S o c i e d a d C o o p e r a t i v a ele C r é d i t o H i p o t e c a r i o- M a d r i d P r é s t a m o s a i n t e r é s m ó d i c o dando facilidades para tos d e c o n s t r u c c i ó n A g e n c i a s en B a r c e l o n a M a l l o r c a 198, y e n S E V I L L A C A L L E Z A R A G O Z A 19. EL HOGAR ESPAÑOL U 4 E R O D R T G U E Z- S OLÍ S L O S G U E R R I L L E R O S D E 1 S 0 S ¡113 sentantes del Ejército, tres de las Universidades, 14 de las provincias exentas de Asturias, 14 de las islas adyacentes y colonias y 25 del estado llano. E l día 25 publicó Napoieón su célebre proclama, ¡en que decía: Vuestros príncipes me han cedido sus derechos... Vuestra Monarquía es vieja; mi misión es renovarla... H e convocado una Asamblea de vuestras Diputaciones y provincias, para conocer vuestros deseos y necesidades. O s garantizo una Constitución que concille l a autoridad del Soberano con las libertades del pueblo. Recordad lo que han sido vuestros- padres, y contemplad vuestro estado. N o es vuestra la culpa del mal Gobierno que os ha regido... ¡Y lo triste es que en gran parte tenía razón! Escribió a Murat que interrogase a l a Junta y al Consejo sobre el individuo de l a Familia Imperial que más les agradase para ocupar el Trono, y el Consejo, que al prinicipio había tenido el noble arranque de declarar nulas las renuncias de Bayona, se sometió a l a voluntad del Emperador, y contestó a l a consulta de Murat indicando a José Bonaparte, Rey de Ñapóles, para ocupar el Trono de España. Vamos a reseñar el levantamiento de España en 1808, el más grande que registra la Historia de país ninguno pero antes de hacerlo, séanos permitido invocar l a benevolencia de nuestros lectores, tan necesaria cuando se trata de libros construidos a fuerza de paciencia y de laboriosidad, en libros escritos sin pretensiones y de buena fe, según decía M o n taigne, y en los cuales, como indica el señor A l m i rante, sería inhumano que la crítica se ensañase; libros en los cuales todo buen lector debe tolerar las faltas de ejecución ante lo vasto y fecundo del pensamiento, mitigando el encono con que suele castigar al malaventurado autor qué no acierta a satisfacerle por completo Réstanos consignar, que si la guerra es la premeditación y la ejecución de innumerables homicidios, Napoleón fué el más grande homicida de su siglo; y que si la independencia y l a libertad son 1 las primeras condiciones de todo pueblo, España merece, con justicia, ser considerado como el primero de todos. A l asombro que en provincias causaron los horrores del sangriento 2 de mayo, y las increíbles renuncias de Bayona, sucedió un movimiento grande, avasallador, imperioso. E l pueblo español, recordando sus antiguas y purísimas glorias, se lanzó al combate para reconquistar su libertad hollada y su independencia escarnecida. Napoleón soñó con esclavizar al pueblo español, sin pensar que, como dijo el poeta, N u n c a esclavo p o d r á sel pueblo que sabe m o r i r E n las ciudades, en los campos, en las montañas, en los valles, tan sólo se escuchó este grito aterrador que entonces lo resumía todo: ¡Guerra a los franceses! Los hombres corrieron al combate, las mujeres prendieron fuego a los cañones, los ancianos guardaron los pueblos, los niños llevaron pólvora y balas a ios guerrilleros. N o acobardó a los pueblos no tener murallas que los defendiesen de sus terribles enemigos... ¿Para qué, si tenían los pechos de sus valerosos hijos, cien veces más fuertes que las duras piedras? No contó España el número de sus invasores. ¿Para qué... ¡L o mejor era contarlos después de muertos! N o poseía la nación jefes experimentados que colocar frente a los invencibles caudillos del Capitán del siglo, n i pertrechos de guerra que oponer a las perfeccionadas armas de los franceses... ¿Pero qué importaba? Los jefes ya saldrían, y para hacer l a guerra bastaba con la navaja, con el chuzo, con l a honda... E l pastor y el marino, el montañés y el ciudadano, todos hicieron suya l a ofensa inferida a España, a su idolatrada madre, tanto más querida cuanto más desgraciada... E l despertar de España produjo en todos los pue píos un asombro imponderable... Con efecto, ¿quién podría creer que l a nación qus;
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