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N U M E R O EXTRAORD I N A R I O 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMO W SEXTO. ABC N U M E R O EXTRAORD I N A R I O 20 C E N T S AÑO VIGÉSIMO SEXTO. W Wlé CATTARO. NUESTRA SEÑORA D E L SCARPELLO Paseos por Europa. C A T TA R O L A ducas, de donde ha desaparecido todo verdor de esperanza. Y el cielo azul se iba ocultando entre crespones de niebla obscura; y aquel mar, de una inquietud dulce y triscadora- -o ias niñas que llegaban a jugar con las arenas de la playa y saltaban. unas sobre otras, y de unas a otras se pasaban la plata cincelada de su menuda corona de espumas- aquel mar de Ragusa, era, después, esta agua inmóvil, negra, sin vida, de las bocas de Cattaro... N o yo no creo que fuera culpa de nuestra memoria, que aún nos traía a, la retina el paisaje lleno de luz. Era culpa de estas altísimas montañas, y de este cielo velado, y de este mar que, con mayor razón que a otro ninguno. podría llamarse muerto. Sillos fueron los que nos ayudaron a motejar a Cattaro. Cattaro, la sombría. E l barco, desde el libre mar Adriático, se entraba por tuta sinuosa, caminando sobre aguas prisioneras entre montañas sin árboles. En un largo espacio, el mar se ensanchó de nuevo; se abrió ante nues- SOMBRÍA U E la culpa de aquel día, nebuloso y frío, d últimos de invierno; en que llegamos a Cattaro... ¿O sólo fué que aún teníamos la memoria llena de sotillos verdes, entre los que el agua corre cantarína o se detiene transparente, de pradosi con flores tempranas y olivares, sobre los que, de trecho en trecho, se desplegaba el abanico de una palmera o se alzaba, solemne, la aguja gótica de un ciprés... Veníamos desde Ragusa, y el paisaje risueño, rico en matices y en contornos graciosos, paisaje de juventud de los campos, y del cielo, y del mar, iba envejeciendo... El campo verde, de aristas suaves, se elevaba bruscamente en montañas rugosas y desnudas: de los montículos, coronados de mirtos y laureles- -mocedad del mundo que aún ve, entre las siluetas de los árboles inquietos de brisa, los fantasmas rijosos de faunos y sátiros- se pagaba sin transición a los calveros. donde sólo emergía entre las quebradas algún matujo raquítico, lentiscos y retamas- -de un gris obscuro- ¡tierras ca- F tras miradas y se perdió en el horizonte, para darnos sensación de mar sin límites; a nuestra derecha, surgió una isla, que nos recordaba la isla de Lacoma, frente a Ragusa entre una maraña verde, grata a los ojos, se alzaban torres y campaniles... Por un momento creímos que aquellas tierras áridas, que estas aguas de inmóvil acero, se quedaban atrás para siempre, y que, frente a la isla conventual, despertábamos de un mal sueño... Pero la islita risueña quedó atrás, perdida entre la bruma. E l golfo se estrechó otra vez, y ahora con límites angustiosos; parecía que el horizonte se cerraba para detenernos, que las montañas, cada vez más ai tas. y más áridas, se iban a desplomar sobre nosotros, y el cielo se hacía más bajo, más bajo... En la hora temprana, entre las angosturas del estrecho y entre nubarrones negros, flotaba una luz triste y vaga, de anochecer; los vaporcitos que se cruzaban con el nuestro nos saludaban con un gemido ronco, cuyos ecos saltaban sobre el agua acerada, sobre
 // Cambio Nodo4-Sevilla