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CATEDRAL D E CATTARO los pedregales rojizos, sobre las cumbres yermas y se perdían tras los c o r t a d o s y las nubes. Cuando nuestro barco viró hacia babor y dio vista a C a t t a r o lo que pudo ser expansión gozosa del espíritu, porque el cam i n o se ensanchaba de nuevo, y allá, en la lejanía, la ciudad se abrigaba entre un ropón de verdura, fué nueva i m p r e s i ó n de inquietud e x t r a ñ a y penosa. E l horizonte a b r í a o t r a vez sus brazos, mas para cerrarlos luego, definitivamente, sobre nosotros, como un amigo traidor. Más allá del puerto no había caminos libres por donde salir, al libre mar Adriático... Cattaro es el término de una marcha zigzagueante, sobre aguas muertas de acerados reflejos entre montañas sin árboles, entre precipicios de pesadilla. Parece como si e! camino estuviera creado sólo para preparar el ánimo del viajero, y que, después de atravesarlo, la c i u d a d le parezca menos sombría... Mas para nosotros fué preparación insuficiente. Cattaro es triste; más triste aún que las aguas inmóviles del g o l f o más triste que los quebrados de las montañas, por donde asoma u n matujo raquítico y ret o r c i d o m á s triste que el cielo brumoso, donde la luz del. mediodía es luz de crepúsculo. -Aquí- -me dice el guía que nos acompaña- en invierno, sólo tenemos sol durante tunas cuatro o cinco horas. L a s montañas lo ocultan por la mañ a n a y lo esconden por la tarde; y los más de los días, como hoy, ni aun esto, porque son las nubes quienes nos lo roban. Y ello es, acaso, lo de mayo- r importan- cia que puede decirnos el guía; porque la ciudad apenas guarda memoria de sus múltiples señores, de su vida en continuas luchas por una independencia conseguida en breves lapsos de tiempo y a costa de sacrificios inmensos. L a Catedral es su monumento más notable, y sólo nos parece interesante porque añade otra nota de tristeza